[La mentalité primitive]. Obra del filósofo Lucien Lévy-Bruhl (1857-1939), publicada en 1922. Se relaciona con una serie de estudios (v. Las funciones mentales en las sociedades inferiores), referentes a la mentalidad de los primitivos, tales como se manifiestan en las instituciones de las sociedades inferiores o las representaciones colectivas de donde aquellas instituciones han nacido.
Estas investigaciones se fundamentan sobre el hecho de que la actividad mental de los primitivos, que no debe ser considerada como una forma rudimentaria de la nuestra, ni como una forma infantil o casi patológica, presenta una complejidad, un desarrollo y una orientación que le son propias. El autor define este carácter particular por la «ley de participación», según la cual los objetos, los seres y los fenómenos pueden ser, de modo incomprensible para nosotros, a la vez ellos mismos y otros. La mentalidad primitiva es esencialmente mística, por su orientación permanente hacia lo oculto, y prelógica, por el hecho de su indiferencia respecto al principio de contradicción. El problema de la causalidad constituye el tema central de la obra. El autor indica la aversión, propia en los primitivos, hacia el pensamiento lógico, abstracto y discursivo. Su modo de pensar, como su lengua, son casi por completo concretos, extraños al análisis, ricos de intuición y, sobre todo, cualitativos. Las relaciones causales, que para nosotros constituyen el fundamento de la realidad, no ofrecen ningún interés a los ojos del primitivo, para quien la naturaleza es una trama compleja de participaciones y exclusiones místicas, en la que el mundo visible y el invisible, lo natural y lo sobrenatural, constituyen un todo idéntico, estando los sucesos del mundo visible constantemente relacionados con las fuerzas del mundo invisible.
De aquí, su hábito en despreciar las «causas segundas» para concentrar su atención sobre la causa primera, siempre de orden místico. Pero estas relaciones causales no tienen nada en común con nuestras deducciones, se trata allí de «prerrelaciones místicas». La relación de causa a efecto es inmediata. No existe el paso, la conclusión, entre una y otra, es un dato inmediato, intuitivo. La causa es extratemporal y extraespacial. Para el primitivo la representación del tiempo ofrece una cierta analogía con el sentimiento subjetivo de la «duración» bergsoniana, aun permaneciendo no obstante muy vaga. La representación del espacio, por el contrario, es más precisa, pero igualmente es más sentida que pensada: sus direcciones están cargadas de propiedades, y por una especie de participación mística, cada una de sus regiones es inseparable de lo que la ocupa habitualmente. Semejante visión mística de la existencia excluye el azar, cualquier accidente se transforma en revelación. De este modo las causas con resultado favorable se benefician de una interpretación mítica (el trabajo de los campos, la fecundidad de la mujer, etc.).
El autor divide en tres categorías las experiencias invisibles que constantemente preocupan a la mentalidad primitiva: el espíritu de los muertos, el espíritu de los animales, de las plantas, de los fenómenos naturales, de los objetos inanimados y, finalmente, las evocaciones y los sortilegios que ponen de manifiesto la actividad de los hechiceros. La influencia de estos elementos sobrenaturales, las funciones propiciatorias, las predicciones, la importancia de la magia, los hábitos y los caracteres de la mentalidad primitiva, las instituciones, las costumbres, etc., son objeto, por parte del autor, de un examen profundo y perfectamente documentado, proporcionando a la obra, además de su interés puramente filosófico, un poderoso atractivo de curiosidad.

