La Ciencia de las Constituciones, Gian Domenico Romagnosi

[La scienza delle costituzioni]. Obra de Gian Domenico Romagnosi (1761-1835), publica­da póstumamente en Turín en 1847. Com­prende una parte general y una especial. La parte primera había sido ya publicada como anónima por Romagnosi en Filadelfia (Lugano), en 1815, con el título De una monarquía nacional-representativa [Di una monarchia nazionale-rappresentativa]; la se­gunda, con importantes ampliaciones, se componía de manuscritos inéditos, algunos de los cuales fueron publicados en Escritos inéditos [Scritti inediti], en 1862. Para Ro­magnosi, el fin de toda ley constitucional consiste en «la obtención, mediante la mo­deración de los poderes gubernativos, de una buena legislación y una administración fiel». Si el gobierno es monárquico, es decir, con­fiado a uno solo, se hace preciso además que el fin susodicho no lesione las prerrogati­vas reales. La necesidad de la limitación de poderes está fundada sobre otra necesidad: que no le sea permitido a quien ostenta el poder el despojarse de su cualidad de mo­narca, para hacer valer sus intereses pri­vados de hombre, porque en tal caso corre­rían peligro la seguridad y la prosperidad colectivas. Esta limitación puede conciliarse con las prerrogativas reales, no coaccionan­do ni disminuyendo los poderes soberanos, sino «afianzando su ejercicio por medio de la única medida posible, que tanto la presunta como la comprobada necesidad llevan con­sigo; la de hacer concurrir el interés del hombre, con el interés del rey». Por lo tan­to, el cometido del «régimen óptimo» es hacer que el ejercicio del poder satisfaga al propio tiempo las legítimas ambiciones y los intereses personales.

El gobierno repre­sentativo ha de ofrecer una doble garantía: directa, «la de la nación apoyada por sus representantes», e indirecta, «la de la na­ción respecto a sus tutores, apoyada en las leyes de la naturaleza». Reconoce el autor de este modo un «residuo de soberanía ac­tiva» a la nación. Soberanía que ésta ejer­cerá de la manera siguiente: decretando la constitución y controlando la administra­ción; de aquí la libertad indispensable de hablar y de escribir para hacer saber aque­llo a que debe proveer el gobierno. El «imperium» de la soberanía nacional, para Romagnosi surge de un «pacto» o «contrato social»; pero no se trata, como quería Rous­seau, de una enajenación de la libertad, sino, al contrario, de un potenciamiento de ella, mediante el vínculo de sociedad. Después de exponer sistemáticamente la organiza­ción de los poderes internos, pasa Romagnosi a tratar de política exterior. El funda­mento de la política internacional es el equi­librio de las potencias; el fundamento de la potencia reside exclusivamente en la in­dependencia nacional, único factor que per­mite el equilibrio, no de fuerzas materia­les, sino, sobre todo, de fuerzas morales que garantizan el desenvolvimiento pacífico de la vida. Entre las innumerables materias tra­tadas, presenta interés particular la que se refiere al ejército. Éste, afirma el autor, no debe estar compuesto por mercenarios, por­que semejante ejército repugna a la propia esencia del Estado nacional: el soldado debe saber que sirve a su país y no a un patrón cualquiera.

La «leva de armas» debe hacerse por dos medios: voluntario y obligato­rio. Si el ejército permanente es una «cala­midad permanente», también es una nece­sidad y como tal debe adoptarse. Aun te­niendo defectos, esta obra de altas miras y de vastas proporciones es una de las pie­dras miliares de la ciencia constitucionalista moderna. Intérprete genial de las conquis­tas de la Revolución francesa, Romagnosi, discípulo de Vico, ha sabido fundir admira­blemente los principios vivos de la revolu­ción con las exigencias nacionales de aque­llos países que, como Italia, tenían tradicio­nes monárquicas. Por eso su obra constituye una especie de código de las monarquías constitucionales que surgieron en Europa de los movimientos liberales y nacionales del siglo XIX.

A. Répaci