Obra polémica en defensa del libre albedrío, de Erasmo de Rotterdam (Desiderius Erasmus, alrededor de 1466-1536), compuesta en 1526. Incitado especialmente por Adriano VI y Enrique VIII a escribir una obra contra Martín Lutero — cuyas ideas reformadoras él, en parte, compartía —, Erasmo había escogido para el ataque el punto neutral del libre albedrío, definiéndolo, a lo cual Lutero había replicado con el Servil Arbitrio (v.), sosteniendo la absoluta incapacidad del hombre, en su condición de esclavo del pecado, para cumplir actos morales.
El Hyperaspistes (esto es, «protegido por el escudo») es la contrarréplica del gran polemista, escrita en diez días escasos, entre otras tareas y fatigas, porque la réplica de Lutero no había llegado a sus manos, y aun por casualidad, hasta al cabo de un año de estar en circulación, y le urgía contestarle para la próxima feria de Francfort. Se trata en realidad de una obra en dos libros, con un apéndice de respuesta a «la carta calumniosa» de Lutero provocada por ella. Es una respuesta concentrada, personal, en la que el autor se dirige a Lutero en segunda persona, con violento enojo y acrimonia. Punto por punto, las deformaciones que Lutero en el Servil Arbitrio había infligido a su pensamiento, son rectificadas con un rencor que a menudo nos hace pensar que Lutero le hirió en lo vivo por haber adivinado, bajo la máscara ortodoxa, los verdaderos defectos de su adversario: ausencia de seria religiosidad, falta de profundidad especulativa y de interés por las cuestiones teológicas y por la suerte del catolicismo, producida por el amable escepticismo que se ocultaba bajo el brillante ropaje del polemista. Frente al rudo Lutero, Erasmo es un esgrimidor más hábil para esquivar los ataques que para rechazarlos. En el segundo libro, más amplio, encontramos más que una defensa del libre albedrío una defensa de su propia disertación acerca del tema.
Erasmo comienza por exponer la doctrina católica del libre albedrío, oscurecido, herido, debilitado por el pecado original, pero no extinguido como decía Lutero; luego polemiza, separadamente, contra Carlostadio, que afirma que la voluntad humana para hacer el bien es pasiva y movida por la gracia, y contra Lutero, que «niega en absoluto el libre albedrío y afirma que tanto el bien como el mal se cumplen bajo una absoluta necesidad». La demostración es llevada no sólo al terreno de los pasajes bíblicos, común a los dos adversarios, sino también, y ampliamente, al de la patrística, que él repudiaba. Débil, como podía esperarse, y carente de análisis original, es el aspecto racional de la polémica; las distinciones y subdistinciones acerca de la presencia divina y la predestinación y acerca de la posibilidad de conciliarla con la libertad del hombre, y sobre la responsabilidad humana del mal, y la justicia de Dios al castigarlo, aunque previsto «ab aeterno», etcétera, llenan el volumen, que presta amplio testimonio de la inmensa erudición de Erasmo, incluso en materia bíblica y patrística.
El resultado tal vez único de tanto esfuerzo fue el de rehabilitar un poco al autor ante los católicos; Carlos V le escribió, al año siguiente «Gracias a ti solo, la Cristiandad ha conseguido resultados que ni emperadores, ni Papas, ni príncipes, ni Universidades, ni sabios, habían podido alcanzar». Con ello el gran humanista holandés había logrado su objeto, recibiendo el premio ambicionado.
G. Pioli

