Obra del narrador español Ángel Ganivet (1865-1898). Estas tres interpretaciones (de Lie, de Bjornson, de Ibsen) forman un complemento a las Cartas finlandesas que Ganivet escribía por los años de 1898. Obedecen a su deseo de dar a conocer entre sus paisanos unos hombres a los que España apenas había saludado. Tienen el noble propósito de abrir ventanas a nuestra cultura «cuando el contacto íntimo de unos pueblos con otros tenía aún la frescura de un descubrimiento» (Ortega). Tal es el alcance de los comentarios en torno a esos «hombres del Norte»: desvelar cuanto de extraño o exótico tenían sus formas — tan diversas — de entender el arte para gentes acostumbradas al sol del mediodía.
Precisa Ganivet con gran exactitud la personalidad de Lie; unas pocas palabras le bastan: el carácter terruñero de su obra y la dificultad de apartar sus producciones de la tierra que las inspira. Nos hace ver el fondo de costumbrismo que hay en cada una de sus novelas, fiel reflejo de una vida rica en matices y exuberante, en tipos. Para acercarnos con más «verismo» al autor analizado clasifica sus novelas, narra el argumento de algunas de ellas, traza el parangón con su obra teatral, mediocre sólo, y en unas pocas líneas condensa un juicio de valor ponderado y preciso. En Bjornsterne Bjórnson ve una encarnación de las fuerzas de la Naturaleza de su país. Partiendo de la situación politicocultural de Noruega, delimita la misión de la obra del gran dramaturgo: romántica, nacionalista, variada y fecunda. Todo fruto de un sincero sentimiento religioso, nacido y avivado en el hogar paterno. Unos cuantos argumentos de obras de Bjórnson y una brevísima síntesis completan la imagen del gran dramaturgo. Más largos que éstos son los dos ensayos que Ganivet dedica a Henrik Ibsen.
Parte de la iconografía de los tres escritores para deducir las peculiaridades de cada uno de ellos. Ibsen aparece determinado por su exaltación del individuo y por la perspectiva de que ha dotado a sus obras. Una especie de aristocracia de la fuerza guía los pasos de este hombre, exilado de su patria y a la que acierta a amar y a conocer justamente por la proyección que alcanza con la lejanía. En el segundo ensayo — o segunda parte del ensayo—Ganivet señala el carácter unitario de toda su obra: evolucionada hacia valores universales desde toscos embriones; se apunta, también, el valor simbólico de su teatro y esa rara mezcla «de vulgaridad y de idealismo» que hay en todos sus personajes. De la densa obra de Ibsen, Ganivet salva Hedda Gabler, «porque en el teatro lo bueno y lo que dura es lo psicológico. Las cuestiones sociales pasan». Este juicio esquemático, sirve para conocer con exactitud la postura del escritor granadino ante la producción ibseniana.
M. Alvar

