Fragmentos, Epicuro

Colección de sentencias de Epicuro (342-270a.de C.), que nos ha llegado a través de escritores anti­guos y florilegios. El más importante de estos Fragmentos es el grupo de las «83 Sentencias Vaticanas», descubiertas por Wotke en el códice vaticano gr. 1.950 del si­glo XIV, y que están mezcladas con obras estoicas; compilación, hecha tal vez por un ecléctico de la época imperial, de las sen­tencias menos rudas y más simpáticas, para los no epicúreos, «llenas de hierbas y fruta salvaje, y de gozo abstinente» (San Jeró­nimo), testimonio por lo tanto de la admi­ración despertada en el mundo clásico por su ardiente culto de la felicidad, y del atractivo ejercido por sus «remedios del alma» y el carácter íntimo de dirección de conciencias de su enseñanza. He aquí algu­na muestra: «Nuestras costumbres, por ser nuestras, las apreciamos lo mismo si son excelentes y envidiadas por los demás, co­mo si no lo son; así debemos hacerlo con las de nuestros prójimos»; «No violentar la naturaleza, sino obedecerla…»; «No ne­cesitamos tanto la ayuda de los amigos, co­mo el confiar en su ayuda»; «… placer de Venus no aprovecha nunca: y ya es bas­tante que no perjudique»; «En la discusión entre los que gustan de razonar, más gana quien es vencido, porque con ello aprende»; «El mayo bien nacido de la íntima segu­ridad y de la independencia con respecto a los deseos, es el espíritu liberal».

Otro grupo de Fragmentos lo forman los trozos de algunas de sus obras perdidas, citados por varios escritores de la Antigüedad, en su mayor parte adversarios que escogieron cuidadosamente sus rasgos menos simpáti­cos, o discípulos cegados por la admira­ción. Más importantes son los Fragmentos de epístolas dirigidos a Pitocles, a Colotes, a Hermaco, etc., y a otros desconocidos: «Si vives según la naturaleza, no serás nunca pobre; si vives según las opiniones vulga­res, no serás nunca rico»; «Recógete en ti mismo, especialmente cuando te veas obli­gado a estar entre la turba»; «Créeme: más elevado parecerá tu discurso entre andrajos y sobre vil yacija; entonces tus palabras serán, no sólo dichas, sino demostradas». Finalmente, se recuerdan los «Fragmentos de incierta procedencia» en los cuales se pueden encontrar afirmaciones como éstas: «Si Dios hubiese de atender a los votos hu­manos, casi todos los hombres morirían; porque mutuamente se desean muchos ma­les»; «Principio y raíz de toda cosa juiciosa y exquisita es el placer del vientre»; «Los grandes dolores quitan la vida rápida­mente; si perduran es que no son grandes»; «La frugalidad es la máxima riqueza; a quien no le basta poco, no le basta nada»; «Es ridículo correr a la muerte por tedio de la vida, cuando se ha vivido de modo que no hay más remedio que correr a la muerte»; «Es una estupidez por temor a la muerte vernos impelidos a morir»; «Es esen­cial para la felicidad nuestra íntima dispo­sición, de la cual somos dueños nosotros»; «Vive ignorado».

De estos fragmentos, como de toda la obra de Epicuro (v. Máximas ca­pitales y Epístolas), se eleva una aspiración a una felicidad serena y austera, que tiene puntos de contacto con la doctrina budista y con la ascética cristiana, nacida de una profunda fe en el dominio soberano de la voluntad y en una simpática corresponden­cia de la naturaleza con el alma humana. «El afecto recorre toda la tierra lanzando a todos una llamada para que despierten al encomio de la felicidad». Síntesis de ale­gría y tristeza es esa «voluptas dolendi» que también hallamos en el sentimiento que inspira a Epicuro el recuerdo de las últimas palabras de su hermano moribundo: «Me sentí acometido de una congoja de ale­gría, que sólo las lágrimas pueden pro­curar».

G. Pioli