[Realis philosophia epilogistica]. Obra enciclopédica de Tommaso Campanella (1568-1639), que en anteriores ediciones italianas de 1594, 1598 y 1601 había sido titulada Compendio de Fisiología, Epílogo Magno, Filosofía epilogística; fue publicada más tarde con el título latino, en una sexta redacción de 1609, recompuesta en la cárcel de Castel dell’Ovo, en Francfurt, en 1623, y en proporciones mucho más amplias en 1637 en París por el mismo Campanella. La obra, en su redacción definitiva, comprende, además de la «Physiologia» y «Ethica» de la redacción italiana de 1601, una «Política» con el apéndice de la Ciudad del sol (v.) y una «Oeconomica». El núcleo fundamental de esta Filosofía epilogistica está constituido por las partes dedicadas a la filosofía y a la ética, distribuidas en seis libros, cuya materia corresponde, en términos modernos, a la física general y astronomía, geografía física y meteorología, mineralogía, botánica, zoología, embriología, anatomía, fisiología, psicología, gnoseología y ética. La cultura científica de Campanella es muy empírica; pero la obra resulta animada por originales intuiciones, característicos puntos de vista filosóficos y estrambóticas hipótesis.
Por ejemplo, el espacio es incorpóreo y vacío; la materia, que en él está, sólo con la imaginación se puede dividir hasta el infinito; en realidad la división acaba con los átomos; el calor y el frío — siguiendo la doctrina telesiana — principios activos u «obreros incorpóreos», por naturaleza enemigos, dan origen a la Tierra y a las estrellas; y la influencia de éstas sobre aquélla, origina la diferenciación de la materia en piedras, agua, plantas y animales. Además: quien entienda en qué grado la virtud celeste es recibida en las cosas y llegue a conocer todas las transformaciones anteriores, podrá predecir el futuro: de aquí la importancia del estudio de las estrellas. El mundo es un organismo viviente, un animal en que el agua ocupa el lugar y desempeña las funciones de la sangre. La marea es el producto de la ebullición del agua del mar a causa del calor del sol: con los vapores se explican los vientos, los terremotos, los cometas. Las piedras crecen como las plantas y los animales; el «espíritu animador» se forma los órganos adecuados: todas las partes del mundo están dotadas de inteligencia y conocen lo que es útil o perjudicial para su vida, y hacen lo posible por imitar, en su ser, al ser divino. Para contemplar la «estatua del mundo» y contener dentro de sí todo lo que se encuentra en el universo como reflejo de la imagen divina, Dios creó al hombre, provisto, además de espíritu animal, de un alma inmaterial e inmortal; el espíritu en el hombre siente las cosas «tocándolas dulcemente»; la sensación es precisamente la percepción de esta transformación subjetiva: pero en ella hay siempre un «juicio de la cosa sensible».
Importante es además la clasificación de las diez «categorías» contrapuestas a las de Aristóteles; singular la teoría de los «universales», «epílogo de los particulares»; por lo que «toda la ciencia humana está en el sentido», en oposición a la teoría aristotélica. Sin embargo, Campanella admite en el hombre también una mente divina, que, cuando el espíritu conoce los universales, también conoce aquélla y percibe que corresponden a las ideas de Dios; concede incluso a los brutos cierto conocimiento de los universales, y por lo tanto un lenguaje con el que «hablan y entienden». Pasando a las pasiones del alma y a la ética, se inicia tal vez la parte más interesante de toda la obra con la tentativa de reducción naturalista de toda la ética a cualidad y propiedad del espíritu animal corpóreo; por lo tanto una ética descriptiva, no normativa, desde un punto de vista fisiológico o físico; por lo que, por ejemplo, la liberalidad es indicio de un «espíritu puro y libre de todo humor infeccioso». La virtud es, por lo tanto «aquella proporción del espíritu que inducirá a tantos y tales efectos : … los que bastan a la conservación y nada más»: es decir, que responde al fin de conservar a quien está provisto de ella. A estos motivos naturalistas se añade, más que juntarse, el sobrenatural, a saber, que «Dios, que regaló el ser y la conservación, es el verdadero bien, digno de ser amado sobre nosotros mismos».
El ideal campaneliano del Estado está expresado en un apostrofe de Dios: «Almas que siembro en los cuerpos humanos, acordaos de hacer una República parecida a la que yo gobierno en el Cielo con mis Ministros y con suma justicia…». Cada libro está dividido en «Discursos», y a éstos siguen unas «Advertencias» a las que están reservadas todas las citas de los autores. Toda la obra está caracterizada por la visión naturalista del mundo y del hombre, por lo que la sociedad ideal ha de realizarse no por una intervención sobrenatural de Dios, sino por la evolución interior de la naturaleza humana, tal como la concibió el Renacimiento.
G. Pioli

