Experiencia y Naturaleza, John Dewey

[Experience and Nature]. Es la obra más orgá­nica del pensador norteamericano. El libro reúne una serie de conferencias dadas en el invierno 1924-1925, y que tienen como asunto los más candentes problemas de la epistemología moderna.

Para llegar a la filosofía, dice Dewey, hay dos métodos: se puede partir de los hechos crudos de la experiencia para llegar poco a poco a los principios generales de la realidad; o bien se puede partir de los principios generales para descender a los humildes hechos de la existencia diaria. Uno y otro método, tienen sus ventajas y sus peligros. La experiencia, por ejemplo, parece la cosa más inocentemente neutra, y sin embargo, si no se usa de la máxima circunspección, puede llegar a ser el más personal de los conocimientos, creyendo basarse en hechos objetivos, cuando en rea­lidad no se hace más que construir sobre prejuicios. O bien se puede ser tan ma­niático del orden y de la verdad absoluta, que no sepamos razonar más que con prin­cipios que son universales, pero vacíos y abstractos. Ni el filósofo empirista, ni el filósofo idealista, continúa Dewey, muestran el debido respeto por la experiencia.

El pri­mero olvida demasiado la conciencia y termina por reducir la gran variedad de las cosas a una masa informe de sim­ples partículas en movimiento. El segundo olvida la objetividad de las cosas y ter­mina reduciendo toda la realidad al pro­ceso mítico de una conciencia única. Uno y otro mutilan la experiencia de muchos de sus elementos esenciales, impidiendo así toda, posibilidad de una filosofía sana. Tra§ de esta premisa crítica, pasa Dewey a mostrar cuáles deben ser los caracteres de una visión verdaderamente adecuada de la realidad. Más que la exposición de un sis­tema, el libro es una guía en el desolado mundo de la naturaleza. Pero mientras hace que el lector admire los elementos de ésta, estables y contingentes, inmanen­tes y trascendentes, materiales y espiri­tuales, Dewey no olvida nunca que su fin es esencialmente epistemológico.

Por eso se vale de aquellos variados elementos, para procurarse ejemplos concretos de cómo debe ser el saber verdaderamente filosófico. Du­rante este viaje instructivo a través de la naturaleza, aflora a cada paso la dirección pragmatista del pensamiento del autor, se­gún el cual, el valor de los conocimientos no reside en el hecho de que sean verdade­ros, sino en el de poseer un significado práctico, en vista de un fin superior. Pues es precisamente esta utilidad práctica lo que constituye, en último análisis, el propio criterio de verdad. «La teoricidad pura, la sublimidad olímpica, la contemplación ce­nobítica no representan sino cortes arbitra­rios de la realidad». Pero, ¿cuál es el fin superior al que va dirigida la utilidad prác­tica de los conocimientos? Más explícita­mente que en todos sus demás libros, Dewey responde que ese fin es un ideal concreto que el hombre realiza con el arte y con la moral, sin poder jamás agotarles.

Una obra es verdaderamente artística en el sentido superior de la palabra, un acto es verdaderamente moral, cuando no represen­ta nada concluso y definitivo, sino que sirve para estimular en nosotros el deseo de nuevos «significados gozables» de la belleza y del bien. La ciencia por tanto, según Dewey, a pesar de la aureola de superioridad con que la contemplan los modernos, debe ser sin embargo «la criada que dirige los hechos de la naturaleza de la mejor manera posible para conseguir aquel resultado». El libro termina con la afirmación de este pragmatismo espiritual, después de haber expresado, con estilo cla­ro y aparentemente fácil, algunas de las más profundas verdades que jamás ha dicho el pensamiento americano.

A. Dell´Oro