Evolución Creadora, Henri Bergson

[L’évolution créatrice], Es la obra principal del filósofo francés publicada en 1907. En esta obra se plantea directamente el gran problema de la evo­lución del universo, la evolución creadora que ha producido el mundo y también el hombre.

Nuestra facultad de comprender, como Bergson ha mostrado en otras obras, está estrechamente ligada a la facultad de obrar (v. Materia y memoria); por esto, mientras se mueve libremente entre los pro­blemas de la materia inerte a la que es aplicable la geometría, «es incapaz de representarse la verdadera naturaleza de la vida, el significado profundo del movimien­to de la evolución». Producida también por la evolución y como parte de ella, la inte­ligencia no es capaz de entender su con­junto, su totalidad. ¿Deberemos, pues, sacar en conclusión un «ignorabimus»? No, por­que la línea evolutiva que termina en el hombre no es la única; otras líneas diver­gentes de evolución han creado otras fuen­tes de conciencia; integrando estas formas a la luz de la inteligencia se podrá penetrar en la evolución creadora, y esto es posible porque ha quedado «en tomo a nuestro pen­samiento conceptual y lógico una vaga ne­bulosidad, hecha de aquella misma subs­tancia a cuyas expensas se ha formado el núcleo luminoso que llamamos inteligen­cia».

Teoría del conocimiento, o sea, crítica del intelecto, y teoría de la vida son inse­parables una de otra; y sólo su constante unión podrá impedir que se incurra en ese intelectualismo que no nos permite captar la fuerza creadora inmanente en el uni­verso. Planteado así el método general de su investigación, Bergson procede al aná­lisis de los problemas fundamentales. Para comprender la naturaleza en su conjunto, la inteligencia humana dispone de dos cate­gorías fundamentales: el mecanicismo y la finalidad. Uno y otra han nacido de las exigencias de la acción y contribuyen a construir un mundo ficticio, a extender sobre la palpitación real de la vida univer­sal redes que hacen posible la orientación práctica porque esquematizan la vida de la naturaleza. Ambos rompen la «duración» que en sí es continua, y siempre cualitati­vamente heterogénea, pero al mismo tiempo constituida por momentos que se compe­netran en el «tiempo», concepto intelectual que consta de momentos yuxtapuestos a imagen y semejanza del espacio, el espacio de la geometría sobre puesto a la naturale­za por las exigencias del «homo faber».

Una imagen menos deformada de la evolu­ción creadora del universo está constitui­da por el finalismo: pero éste ha de volvérsele a traer desde la especialización y falsificación temporal a la pura duración. Surge así la intuición del «impulso vital» [«élan vital»] que es el principio creador de la evolución; este impulso vital procede a una infinita creación de formas infinita­mente diferenciadas en las que sin embar­go está inmanente una única vida cósmica, una única finalidad interna. La vida no describe una trayectoria única; son diver­sas las expresiones en que se actúa según líneas divergentes y mediante diferencia­ciones continuas cada una con sus perfec­ciones; es falsa, pues, la imagen de una única trayectoria que culmina en el hom­bre y en su intelecto. La vida no es ni adaptación al ambiente ni realización de un plan, porque es creación continua, y continuamente va creando sus metas par­ciales e inmanentes de perfección relativa.

La planta no es un grado preliminar del animal ni tiene por «objeto» producir el animal; la vida vegetativa tiene una per­fección propia, un progreso suyo, una orga­nización suya. También en el mundo ani­mal se encuentran dos líneas de evolución divergentes: el instinto y la inteligencia. Ésta es fundamentalmente geométrica; debe introducir en la naturaleza un orden, un esquematismo al servicio de la acción. Así «materia» y «razón» nacen de un solo par­to: nacen de la misma evolución creadora, en que la inteligencia es impulsada a soli­dificar, por decirlo así, la naturaleza, a encerrarla dentro de los esquemas de rela­ciones fijas, y por lo tanto, a materializarla, y en la medida que esto le da buen resultado crece sobre sí misma junto con aquel mundo que se va materializando. Tiempo, espacio, nada, que son las cate­gorías fundamentales del pensamiento filo­sófico, son, pues, superestructuras ficticias impuestas por la inteligencia a la vida, que en sí es duración pura, impulso vital, crea­ción continua en estado de perpetuo fluir. Poderosa concepción a la cual añade he­chizo la belleza del estilo.

El mérito prin­cipal de esta obra es el de haber vuelto a plantear en su integridad, más allá de las formulaciones dogmáticas del intelectualis­mo, el problema de una filosofía de la naturaleza entendida como la solución del dogmatismo de cada una de las ciencias en una integración que reduce todo el devenir a la unidad de una ley fundamental. Pero a despecho de la belleza y agudeza de los análisis e interpretaciones particulares, el irracionalismo intuicionista va a parar a una insostenible metafísica en que el dile­tantismo y lo arbitrario de la construcción están compensados únicamente por la gran genialidad del autor.

G. Preti

La denuncia de un intelectualismo uni­versal, o sea, de una desidia que consiste en servirse de todo lo que es bello y rápido, ha sido una de las grandes conquistas, la «instauratio magna» de la filosofía bergsoniana. La filosofía bergsoniana quiere que se piense a medida y no según fórmulas «standardizadas». (Péguy)

No creo equivocarme al decir que el nue­vo libro de Bergson tendrá tanta importan­cia en la historia de la filosofía como la Crítica de la Razón Pura. (Sorel)

Como otros idealismos descabellados, el sistema de Bergson no tiene ni sentido co­mún ni rigor, ni claridad ni solidez. Es una brillante tentativa de embrollar las enseñanzas de la experiencia alterando su texto: la tentativa de hacer que nos deten­gamos, por amor de las ilusiones primiti­vas, en medio del camino de la disciplina y de la razón. (G. Santayana)