Escritos Astronómicos de Herschel

Están contenidos en las comunicacio­nes que el gran astrónomo Frederick William Herschel (1738-1822) presentó a la Real Sociedad de Londres, y tienen impor­tancia fundamental en la historia de la ciencia de los cielos.

Aunque las prime­ras de estas comunicaciones corresponden a mayo de 1780, hacía muchos años que Herschel se deleitaba en la astronomía du­rante las pocas horas que le quedaban li­bres tras su trabajo profesional como di­rector de una modesta orquesta en la ciudad termal de Bath, y se dedicaba pacien­temente a componer y aun a fabricar te­lescopios, ocupándose él mismo en prepa­rar y pulir los espejos. Cuando en 1774 pudo obtener instrumentos de observación suficientes se consagró al mayor anhelo de su vida: la sistemática observación de los cielos. Las dos primeras memorias que en 1780 presentó a la Royal Society se re­ferían a la estrella variable Mira, de la constelación de Hércules, y a las monta­ñas de la Luna. El fenómeno de la «varia­bilidad» de las estrellas lo relacionaba con el estudio del Sol.

El Sol está dotado de un movimiento de rotación en torno a su eje, que se efectúa en un mes aproxima­damente, y en su fotoesfera presenta man­chas cuyo número y extensión varían pe­riódicamente, pasando por valores máxi­mos y mínimos en un período de tiempo que tiene unos once años de duración. Esto — observa Herschel— podría, en realidad, hacer suponer que el Sol es una «estrella variable». En realidad, nosotros, por el contrario, sabemos hoy que los fenómenos de que depende la variabilidad de las es­trellas son diferentes de las meras varia­ciones de maculación presentadas por el Sol. Con todo, Herschel fijó su atención en las manchas solares, descubiertas por Galileo, y publicó el resultado de estas ob­servaciones en seis extensas memorias apa­recidas entre 1780 y 1801. Al estudiar la influencia de las variaciones periódicas de las manchas en la vida terrestre, siguiendo un camino ya señalado por Riccioli (si­glo XVII), relacionaba tal periodicidad con las causas de los años de carestía o de abundancia registradas en nuestro planeta, que se reflejaban en las variaciones del precio del trigo.

Pero no obtuvo conclu­siones satisfactorias. De 1781 a 1797 Hers­chel presentó a la Academia siete memorias destinadas especialmente al estudio de la duración de la rotación de los planetas y de sus satélites, buscando, por analogía, la manera de establecer si la duración del día (terrestre) experimentaba variaciones; pero tampoco en esto consiguió los concluyentes resultados que fueron después obtenidos por G. H. Darwin por medio del examen de los fenómenos de las mareas, que tien­den a prolongar, aunque en mínima pro­porción, el período de tiempo que nos­otros llamamos día. En cambio, observó incidentalmente las manchas blancas en la proximidad de los polos de Marte, lo que explicó en forma que la ciencia moderna ha confirmado plenamente. Desde 1781 a 1815 Herschel presentó otras siete memo­rias relativas a su importantísimo descu­brimiento del planeta Urano, al que quiso designar con el nombre del rey Jorge de Inglaterra. A Urano le atribuía seis saté­lites, cuando, en realidad, tiene cuatro.

Con su incesante búsqueda de novedades celestes, Herschel consiguió en los últimos años de su vida un descubrimiento de la mayor trascendencia: el de las estrellas dobles, que catalogó en 1782 y en 1785, y emitió las hipótesis de que tales estrellas girasen una alrededor de otra, según las leyes co­munes de la gravitación. Once años des­pués se logró fijar la posición recíproca de tales estrellas, lo que confirmó de manera definitiva la suposición de Herschel. En 1783 publicó su célebre memoria Sobre el movimiento del sistema solar en el espacio, con observaciones de admirable sencillez y precisión, de las que deducía que todo nuestro sistema solar tiende a dirigirse ha­cia la constelación de Hércules. Investiga­ciones posteriores establecieron que la ve­locidad de ese movimiento es veinte veces superior a la de un proyectil de artillería, pues alcanza los 20 kilómetros por segun­do. De 1784 a 1818 desarrolló su «teoría de la rueda de molino», demostrando que el Sol es una estrella situada no lejos de una bifurcación de la Vía Láctea, y que todas las estrellas visibles para nosotros están situadas en un espacio vasto, pero relati­vamente aplanado en una especie de masa que constituye, por decirlo así, nuestro Universo. Pero, además de esta gigantesca nebulosa de estrellas a la que pertenecen el Sol y la Tierra y todo planeta-estrella que nosotros conozcamos individualmente, Herschel descubrió la existencia de otras nebulosas, que son otros tantos universos.

Y así se originó su teoría de los universos-islas. Otra memoria suya importante es la que se refiere a la construcción de su cé­lebre telescopio (refractor) de longitud fo­cal de 40 pies y de 4 pies de obertura. Esta descripción se encuentra en las actas de la Sociedad Real, volumen 85. Con este telescopio apenas terminado, confirmó (agosto de 1789) el descubrimiento que había hecho del sexto satélite de Saturno (los cinco primeros habían sido descubier­tos sucesivamente por C. Huyghens y G. D. Cassini) e inmediatamente después des­cubrió un séptimo satélite (septiembre de 1789). En cambio se le escapó el último: Hiperión.

U. Forti