Epistolario de Giordani

Constituye la obra principal del escritor Pietro Giordani originario de Piacenza (1774-1848). Cé­lebre en su tiempo, como pocos lo fueron en relación con los más eminentes literatos, rico en amistades, Giordani desarrolló una amplia actividad epistolar. Sus cartas fue­ron recogidas por vez primera, en 1854, por Antonio Gussalli, en siete volúmenes do­cumentados por una larga vida y por un índice. Donde quiera que le condujese la suerte (a Parma, a Piacenza, a Ginebra, a Florencia y otros lugares) Giordani sentía la necesidad de comunicarse con los ami­gos; en sus cartas, siempre afectuosas, todo cuanto dice lleva el sello de las cosas na­rradas inmediatamente después de una pri­mera impresión.

Los destinatarios tan pron­to son hombres ilustrísimos como hombres oscuros: entre los principales, figuran Leopardi, Monti, Rossini, G. Roberti, P. Brighenti, L. Cicognara y, sobre todo, aquel Antonio Gussalli a quien le dedica lo me­jor de su corazón y las confidencias más fraternas. Para Leopardi tiene una admira­ción sin límites: no sólo en las cartas di­rigidas al poeta, sino en los juicios que sobre él expresa al escribir a los demás, siempre compara su propia cortedad con la excelencia de su más joven amigo: «Es admirable Giacomo… Y es poco menos que el único que, al ser leído, apenas poquí­simos y rarísimos son los que pueden darse cuenta de que él escribe. Yo lo siento en mí; y demasiado que lo siento». En sus cartas trata de todo (cartas famosísimas en sus días y difundidas más allá del círculo de los destinatarios): cuestiones literarias, sobre todo, ortográficas y gramaticales. La cultura enciclopédica clásica y moderna, el buen gusto instintivo, le permiten emitir juicios y expresar consejos de admirable precisión. Las cartas son también de suma importancia por la descripción de los dis­tintos ambientes italianos de la época: so­bre todo el del florentino de la «Antología» (v.) de Vieusseux.

Los acontecimientos po­líticos tienen también una notable significa­ción en el Epistolario: el período napo­leónico, especialmente, con las excesivas esperanzas suscitadas y esfumadas, aparece revivido certeramente; asimismo el período siguiente, pleno de mortificaciones y desen­gaños para Giordani, que se lamenta de la opresión a que están sujetos los espíritus en su patria. En 1848, el año de su muer­te, ya viejo, goza con toda su alma de la primavera italiana, si bien sintiendo el pre­sagio de que no verá los días de la liber­tad : la sensación del crepúsculo próximo llena de amargura sus últimas cartas. Otras causas le apasionaron y en las cartas deja una clara huella; por ejemplo, la instruc­ción y la educación infantil, que él deno­minó la «causa de los muchachos». El epis­tolario, en la colección de Gassalli, empieza en 1794: sigue medio siglo de correspondencia diversa de la que se deduce cuál debía ser la actividad de este hombre, pro­digioso lector, rápido asimilador y espíritu inclinado a buscar en cada espíritu, cuanto existiera ^ de más elevado y más digno de admiración. Las cartas de Giordani, desde el punto de vista estilístico, constituyen una obra no despreciable en la literatura ita­liana. A menudo vivaces, y con frecuencia demasiado cuidadas, son siempre interesan­tes para la historia del gusto contemporá­neo, y continúan y continuarán teniendo admiradores. El grupo carducciano, por ejemplo, las honró constantemente.

G. Falco

Toda la obra de Giordani se desenvuelve en temas breves y no siempre fecundos, y en el vasto epistolario, hermoso por la va­guedad del estilo y por alguna que otra expresión de afecto, aunque no rico en ideas y en fantasías poéticas. (F. Flora)