Epistolario de Galileo

Con el título de Correspondencia, el epistolario de Galileo Galilei (1564-1642) ocupa los volú­menes X-XVIII de la reimpresión (1920- 1939) de la Edición Nacional de las Obras de Galileo, y se compone de más de 4.000 cartas, de las que sólo 434 son del propio Galileo. Todas las demás son de investiga­dores, discípulos, amigos, parientes, etc., de modo que para muchos asuntos de gran importancia, se puede substituir la palabra directa de Galileo por lo que dice su co­rresponsal. Así por ejemplo, tenemos 215 cartas de Benedetto Castelli y sólo 18 de Galileo, 113 de Bonaventura Cavalieri y 2 de Galileo. Y, aunque entre los afectos hacia la familia paterna y hacia la suya propia, el más profundo por su parte fue el que sintió hacia su hija primogénita, sor María Celeste, Virginia en el siglo, sin embargo, no tenemos ninguna carta suya en respuesta a las 124 de esta angelical criatura, cuyas Cartas (v.), atestiguan un amor filial intenso, acompañado de profun­da admiración y devoción ilimitada; y que ilustran todavía, con vivos y armoniosos colores, los usos y costumbres de los claus­tros en aquel tiempo.

Las lagunas que sobre cada tema y en todo tiempo se notan en el Epistolario, son deplorables, tanto para la historia de las ciencias y para la documen­tación sobre la vida científica y la vida fa­miliar de Galileo como para las relaciones y polémicas que le condujeron ante el San­to Oficio, Particularmente, sus cartas a Ca­valieri nos habrían ilustrado mejor sobre la contribución a la doctrina de los indivi­sibles, con los que Cavalieri (v. Geometría de los indivisibles) se adelantó al descubri­miento de Newton y Leibniz. Además de la correspondencia, pueden incluirse en el Epistolario, escritos que forman parte de las obras y que fueron redactados por Galileo en forma de cartas, como por ejemplo: a Jacopo Mazzoni (30 de mayo de 1597) sobre el movimiento de la Tierra; a Tolomeo Nozzolini (enero 1613) sobre las cosas que flotan en el agua; cuatro cartas sobre cómo interpretar la Escritura Sagrada cuando está en desacuerdo con las conclusiones na­turales; una a Benedetto Castelli (21 di­ciembre 1613), dos a monseñor Piero Dini (16 febrero y 26 marzo 1615) y una a ma- dame Cristina de Lorena (1615); a Fran­cisco Ingoli (1624) sobre el movimiento de la Tierra; al príncipe Leopoldo de Médicis (31 marzo 1640) sobre la piedra fos­fórica en relación con la blancura lunar, y otras que tratan de diferentes asuntos.

Puede hacerse de estas carta la siguiente división: A) las cartas que se refieren a los fundamentos de la dinámica y que cul­minan en 1638 con los Discurso y demostraciones matemáticas (v.), obra maestra de Galileo; B) las que tratan de astrono­mía y del movimiento de la Tierra, estre­chamente vinculadas a los descubrimientos celestes de Galileo compendiados en el Nuncio Sidéreo (v.) y objeto principal de los Diálogos sobre los mayores sistemas (v.); C) las que tratan de asuntos cientí­ficos varios, como la construcción de cata­lejos, el problema de las longitudes, las marcas, los imanes naturales, etc.; D) por último, todas las restantes, viva expresión de su carácter, de sus relaciones científicas, mundanas y familiares; importantísima es la correspondencia que iniciada en 1618 con la cuestión de los cometas, dio lugar a las violentas polémicas que terminaron en el proceso de 1633. Las tres cartas del 4 de mayo, 14 de agosto y 1 de diciembre de 1612, contestando a las de 6 de enero, 1 de junio y 28 de septiembre del mismo año, que le dirigiera Marcos Welser de Augsburgo, no forman parte del Epistola­rio; en ellas refuta las Tres epístolas (1611) de Apeles (Cristóbal Scheiner) junto con el De maculis Solaribus (1612) del mismo Apeles, y con la obra de Galileo, Histo­ria y demostración sobre las manchas so­lares (v.), ocupan el volumen V de la Edición Nacional.

Examinemos algunas de las cartas más importantes. A) De la corres­pondencia científica sobre los fundamentos de la dinámica, las dirigidas a Guidobaldo del Monte (20 noviembre 1602), sobre el isocronismo de los péndulos y sobre la du­ración de la caída a lo largo de las cuerdas de un círculo; a Paolo Sarpi (16 octubre 1604), donde expone el principio que re­gula la caída de los cuerpos, principio que Galileo mismo reconoció más tarde que no era correcto; a Antonio de Médicis (11 fe­brero 1609) sobre el tiempo consumido por los tiros de artillería; a Giovanni Batt, Baliani (12 marzo 1614) y sobre un método suyo para pesar el aire, y que contiene también noticias sobre las manchas solares y sobre la opinión de Copérnico; al mismo (6 agosto 1630), sobre la causa, no exacta­mente formulada, de la elevación del agua por medio de las bombas; a Andrea Arrighetti (27 septiembre 1633), sobre la resis­tencia de materiales; a Antonio de Ville (24 marzo 1635) sobre la resistencia de los materiales: a Camillo Gloriosi (30 octubre 1635), sobre el ángulo del contacto; a Pietro Carcavy (5 junio 1637), sobre la com­posición del movimiento recto descendente, con el movimiento circular; a Giov. Batt.

Baliani (7 enero 1939), sobre la caída de los cuerpos y sobre el movimiento de los proyectiles; al mismo (1 de agosto 1639) sobre el mismo asunto; al mismo (1 sep­tiembre 1639) sobre la oscilación del pén­dulo, sobre la penetración de los cuerpos, sobre el tiro de los proyectiles y sobre la caída a lo largo de planos inclinados; a Benedetto Castelli (19 agosto 1639), acerca del número de gotas que caen sobre una superficie dada; al mismo (3 septiembre 1639), sobre el mismo asunto; al mismo (3 diciembre 1639), sobre un principio de la caída de los cuerpos; a Bonaventura Cava­lieri (24 febrero 1640) donde habla de la cicloide, recordando que hacía ya cincuen­ta años que había comenzado a examinarla. B) Sobre las observaciones y descubrimien­tos astronómicos y el movimiento de la Tie­rra, recordaremos: a Onofrio Castelli (ene­ro 1605), se refiere un número de cartas bastante notable, enviándole una copia de las tres lecciones sobre la estrella nueva del 9 octubre 1604; a Antonio de Médicis (7 enero 1610) informándole del descubri­miento de las montañas lunares y de los satélites de Júpiter, la primera que habla de sus descubrimientos astronómicos; otras a Belisario Vinta (30 de enero, 13 de febre­ro, 13 y 19 de marzo de 1610), al Gran Du­que Cosme II (12 marzo 1610), a Kepler (9 de agosto 1610), a Juan Jorge Brenger (8 noviembre 1610) y a diferentes personas sobre sus descubrimientos astronómicos ob­jeto de correspondencia de muchos cientí­ficos, eruditos y hombres de Estado; la car­ta a Kepler (4 agosto 1597) es la primera en la que confiesa el haberse adherido a la posición de Copérnico. C) Entre las cartas que reflejan temas científicos de diverso carácter, recordamos: las que dan noticias sobre la construcción de los anteojos astro­nómicos y de los vidrios ópticos, tratados especialmente por medio de la correspon­dencia con su amigo Gianfrancesco Sagredo de Venecia; las que tratan de las longitu­des, en correspondencia primero con Espa­ña y bastante más tarde con los Estados Generales de Holanda, negocio interrumpido por la muerte de Galileo y continuado poco después por su discípulo Vincenzio Renieri. D.) Entre las restantes, especial­mente las de índole familiar, es notable la correspondencia, más bien hostil, con los cuñados, y la no siempre afectuosa con su hijo Vincenzio.

La primera carta de Galileo, que nos ha llegado con fecha 8 enero 1588, está dirigida a Clavio, anunciándole una corrección a la demostración del centro de gravedad del conoidal rec­tángulo; y la última, de mano de Evan­gelista Torricelli, dictada por Galileo ciego al querido discípulo el 20 de diciembre de 1641, diecinueve días antes de su muerte (8 enero 1642). está dirigida a Alessandra Bocchineri Buonamici, con la que había sostenido relaciones amistosas. Torricelli, junto con Vincenzio Viviani, otro discípulo afectísimo y fiel, asistieron al anciano has­ta los últimos instantes de su trabajada y gloriosa existencia. La correspondencia escasea hasta 1604; es frecuente de 1609 a 1613; disminuye de 1616 a 1629; se hace frecuente en los años siguientes; llegan­do al máximo en 1633, año del proceso; baja en seguida, especialmente del 1639 al 1642. Las cartas indicadas caracterizan, bien la importancia de los descubrimientos as­tronómicos, bien la preparación y publi­cación de los Diálogos de los máximos sis­temas y de los Diálogos de las dos ciencias nuevas.

Todo el Epistolario deja traslucir una existencia agitada, colmada de grandes satisfacciones y de angustiosas contrarie­dades, debidas, unas y otras, a los méritos intrínsecos de Galileo, a su genio creador y también a su espíritu exuberante, que por la avidez de la investigación y el ansia de que aceptaran los demás espíritus el fru­to de sus fatigas, pasaba a la crítica más acerba, a la polémica, a la ironía. En los últimos años de su vida, privado de la vis­ta, se calmó su ardor, pero no la agudeza de su espíritu, que permaneció vivo hasta sus últimos momentos. El 2 de enero de 1638 escribía a Diodatí: «Piense ahora V. S. cuál será mi aflicción, en tanto considero que el cielo, el mundo y el universo que con mis maravillosas observaciones y claras demostraciones he ampliado ciento y mil veces más  de lo comúnmente visto por los sabios de todos los siglos pasados, ahora para mí se ha disminuido y restringido tan­to, que no es mayor de lo que ocupa mi propio cuerpo».

P. Pagnini

No sé si me engaño, pero de veras me parece ver, tanto en la manera de pensar como en la de escribir de Galileo, un sig­no y un efecto de su noble ser. Aquella franqueza y libertad de pensar, plácida, tranquila, segura y no forzada, la misma agradable a la vez que decorosa sencillez de su estilo, descubren su magnanimidad, fe y laudable estimación de sí mismo, una generosidad de alma, no adquirida con el tiempo y la reflexión, sino casi ingénita, porque la poseyó desde el comienzo de la vida, como nacida de la consideración que los demás le guardaron desde los primeros años, y a la que por tanto se hallaba ha­bituado.

(Leopardi)