Ensayo sobre los Datos Inmediatos de la Conciencia, Henri Bergson

[Essai sur les données immédiates de la conscience]. Obra publicada en 1889. En ella, Bergson trata de demostrar que de una falsa valo­ración de los estados psicológicos ha naci­do la insalvable oposición entre las doctri­nas que defienden la libertad y las que la niegan. Bergson inicia su estudio con un análisis del concepto «intensidad» de los fenómenos psíquicos, intensidad que la psicología científica consideraba que podía fijar cuantitativamente, o sea, medir. Los fenómenos psíquicos son o estados internos o representaciones.

Pero la intensidad de los estados internos es más bien una mul­tiplicidad de estados «elementales», de emo­ciones sencillas diferenciadas cualitativa­mente: el estado interno más «intenso» es el más rico en matices. Las representacio­nes parecen someterse más fácilmente a valoraciones cuantitativas por la acción objetivante del idioma, que llama a las repre­sentaciones con el nombre de sus causas, es decir de objeto externos mensurables; de ahí que se atribuya mayor intensidad a una sensación, únicamente porque su objeto sea mayor. Pero si la intensidad de los estados internos se reduce a una multipli­cidad de emociones elementales en el seno de un estado fundamental, ¿se trata de una multiplicidad numerable? No.

Es preciso distinguir entre realidad homogénea del espacio y heterogénea de las cualidades sen­sibles. En cambio, tendemos a hacer tam­bién del tiempo un medio homogéneo, su­perponiendo a la «duración» — o tiempo interior, que es sucesión de aspectos cuali­tativamente diversos sin exterioridad recí­proca — la representación del espacio, medio homogéneo consistente en puntos recíproca­mente externos. Así se crean el tiempo y el movimiento,. categorías abstractas de la ciencia, nacidas de la especialización de los estados interiores. De hecho, incluso en lo que respecta al movimiento, cuando se le menciona como símbolo aparente de la duración homogénea y divisible, sólo se miran los puntos de la trayectoria del móvil, es decir, y en último análisis, de la in­movilidad. La multiplicidad de los estados de conciencia no presenta por ello ninguna semejanza con la multiplicidad distinta que forma un número.

Pero nuestro yo, al estar en contacto con el mundo externo en la superficie, acaba adoptando también en su conocimiento interno propio, el criterio es­pacial con que examina las cosas externas, lo cual para la vida social es incluso más útil. Pero de la psicología que se contenta con examinar solamente dichos sentimientos descoloridos y especializados que son pro­pios no del yo real, sino de su representa­ción simbólica, nacen las contradicciones inherentes al problema de la libertad, don­de se oponen los dos sistemas del mecani­cismo y del dinamismo. Este último parte, en efecto, de la idea de una actividad vo­luntaria conducida por la conciencia, aun admitiendo leyes que gobiernan a la ma­teria, mientras el primero somete a dichas leyes también la actividad humana, llegan­do al concepto de la determinación nece­saria bajo la forma del determinismo psi­cológico, que afirma que nuestras acciones están determinadas necesariamente por toda la serie anterior de nuestros estados de conciencia, o bajo ese determinismo físico que denuncia a la libertad como incompa­tible con las propiedades fundamentales de la materia*y en particular con el principio de conservación de la fuerza.

El determi­nismo físico queda en pura hipótesis; se adapta difícilmente a la explicación de los hechos de la conciencia, y, por otra parte, puede reducirse al determinismo psicológi­co que a su vez implica una concepción asociacionista del espíritu y tiende a representarse el yo como un conjunto de esta­dos psicológicos independientes, concepción que, eliminando el elemento cuantitativo, se adapta sólo a las acciones superficiales que raramente son libres: el acto libre es el que surge en el seno de la pura dura­ción, que, al ser evolución continua, ex­cluye ^ cualquier predeterminación. Pero también reducir la libertad a una mera posibilidad de selección entre direccio­nes diversas, como quieren los adversarios del determinismo, es erróneo, pues en el interior del yo no existen direcciones simi­lares, sino la heterogénea fusión de ele­mentos que es la duración. Tampoco es válido, en el campo de ésta, el principio de causalidad: en la vida de la conciencia una misma causa no producirá siempre el mis­mo efecto porque nunca se presentará por sí misma, dada la evolución progresiva de la vida íntima del yo.

El problema de la libertad ha nacido, pues, de la ilusión por la cual se confunden sucesión y simulta­neidad, duración y espacio, calidad y can­tidad. Esta importantísima obra, donde la teoría evolucionista e intuicionista de Berg­son se mantiene en la esfera psicológica y gnoseológica sin quererse enfrentar con el problema metafísico, aporta una nueva luz sobre los problemas del conocimiento y se­ñala una etapa decisiva en la historia del pensamiento. G. Alliney

Todos, incluso los que lo combaten, estos últimos quizá para sentirse más libres de hacerlo, reconocen en Bergson un estilo que no tiene igual. (Du Bos)

La actitud de la ética de Santo Tomás de Aquino es una actitud cósmica; también la de la ética bergsoniana es una actitud cósmica… Ya es hora de decir cuánta gra­titud le debemos por las admirables páginas que ha dedicado a los místicos: revelan una atención maravillosamente fiel y generosa hacia realidades sentidas como presentes y eficaces; Bergson ofrece a los místicos una reivindicación espléndida, cuando insiste sobre la robustez intelectual de dichas al­mas ‘llegadas a una vida que es, en cierto modo, sobrehumana. (J. Maritain)