Elementos de Lógica y Teoría del Conocimiento, Wilhelm Schuppe

[Grundriss der Erkenntnistheorie und Logik]. Obra filosó­fica de (1873-1913), pu­blicada en Berlín el 1894, que resume la «filosofía de la inmanencia» afirmada por el filósofo alemán en una anterior Teoría del conocimiento y de la lógica (1878). En la «Introducción» el autor fija los siguien­tes puntos: la lógica, como reflexión, pre­supone el pensamiento como «juicio», ex­presión de lo concreto del conocer, que incluye tanto el mundo de los objetos per­cibidos, como la elaboración del pensamien­to, el cual procede con arreglo a sus propias leyes y se realiza de diversa manera se­gún los sujetos, pero viene luego confir­mado por la experiencia.

La lógica se iden­tifica así con la ontología; ésta nada nos dice sobre el pensamiento puro, carente de objeto (lo que sería absurdo), sino sobre el pensamiento concreto sobre algo, cuyas normas pone en claro. En el juicio está im­plícito el presupuesto de que éste corres­ponde a la realidad, ya que no puede ser separado de su objeto, estando con él en una relación tan evidente que difícilmente sería definible en su naturaleza y en su ori­gen; sería, pues, absurdo hablar de un pen­samiento que se «aferra» a su contenido, pues que, sin este contenido, nada es el pen­samiento. Toda doctrina que quiera explicar el mundo fuera de la conciencia, está con­denada al fracaso; la realidad, ciertamen­te, no es «creada» por el pensamiento, pero para nosotros sería como no existente si no fuera percibida y percibible; ella es siempre la misma aun cuando se la perciba de distinta manera según las variedades subjetivas, las cuales, sin embargo, coinci­den en muchos casos, no accidentalmente ni por intervención de Dios, sino por la «conciencia general».

En el capítulo «El pensamiento como tal», Schuppe afirma que el «tener en la conciencia» es ya pensar en general; esto luego se articula en los diver­sos actos de conciencia, dando así lugar al pensamiento particular. Entonces la activi­dad cogitativa, que se puede prever como siempre la misma, merece la calificación de «a priori»; mientras que el contenido sen­sible, imprevisible, se puede llamar «a posteriori»; como, por otra parte, es «a posteriori» también la primera, por cuanto sólo es posible mediante la reflexión. La acti­vidad cogitativa que da objetividad a lo real se manifiesta en las categorías, en las leyes del pensamiento; de aquí el orden y la unidad que se manifiestan en el discurso, conjunto de juicios. La primera ley es la de la «identidad», que liga el predicado con el sujeto y aparece por primera vez en el ser de la percepción.

Ella es la propia esencia de la conciencia; por eso sólo pue­de distinguirse mediante la reflexión y a la vez postula la exigencia de la «posición» y de la «negación»: lo que es «A», no es «B»; por tanto, a ella se reducen los de­más principios lógicos. No puede haber «identidad» sin que haya «coparticipación»; es decir, sin una relación interna de «cau­salidad». La «identidad» y la «causalidad» constituyen la experiencia concreta: la se­gunda es luego necesidad lógica y objetiva, necesidad que no queda rota por el «azar», que es una necesidad de hecho, descono­cida, pero no menos dependiente de la cau­salidad. El objeto consiste precisamente en estas relaciones de identificación y causali­dad; forma una unidad que se distingue de las relaciones temporales y espacia­les, y constituye un todo con el fenó­meno percibido, precisamente porque el «espacio» y el «tiempo» no son a priori, sino que coexisten con la experiencia. La «cosa» es una unidad formada por relacio­nes necesarias, que, pudiendo ser pensadas independientemente de la cosa, son conocidas sólo en la experiencia.

También son cosas los «acontecimientos» («Zeitdinge»), porque obedecen a las mismas leyes de uni­dad, aun poseyendo caracteres propios (he­chos históricos, jurídicos, sociales, etc.). Gracias a este significado de unidad, las partes de la «cosa» no pueden existir sino por y en la unidad misma. De tal distinción surgen los «conceptos de género y espe­cie», inexistentes por sí mismos, pero pro­ducidos por la reflexión lógica sobre la ley espacial que constituye la cosa. Después de los capítulos sobre la materia, sobre pro­ductos artificiales, sobre organismos, sus propiedades y sobre la actividad lógica que atribuye un predicado a la cosa (llamado por eso «predicado de reflexión») aplican­do las categorías, impensables sin objeto del pensamiento, Schuppe pasa a conside­rar el problema de la verdad que se tiene sólo cuando se supera la representación discontinua («error») o cuando se alcanza la «representación homogénea» («luckenlose»), pensada como «objeto de la conciencia ge­neral». Para Schuppe la verdad es un ideal al que se aspira, y es siempre relativa en este inundo, en el que el yo está subordi­nado a las condiciones subjetivas. Schuppe fundó en alemania una escuela que tuvo como órgano la Revista de Filosofía de la inmanencia [Zeitschrift für immanente Philosophie] y como discípulos a Leclair, Schubert-Soldern, Max Kauffmann.

A. Poggi