Elementos de Filosofía Moral, Dugald Stewart

[Outlines of Moral Philosophy]. Obra publi­cada en Edimburgo en 1793 por el autor, profesor de filosofía en aquella universidad durante 35 años. Es un resumen de los cursos que profesó, con tanta habilidad expositiva, que ejerció una vasta influencia sobre el pensamiento de sus contemporáneos. En la edición original, los Elementos de Filosofía contenían tam­bién principios de economía política, pero estos capítulos fueron suprimidos en la se­gunda edición, de 1801, porque Stewart dio después un curso separado de economía. Stewart distingue netamente entre faculta­des intelectuales y facultades «activas», en­tendiendo con este nombre las que ejercen una influencia sobre la voluntad.

Lo que no queda claro es qué entiende Stewart por «voluntad», sobre todo porque, después de haber aludido a los «necesitados», o sea, a los que niegan el libre albedrío, no discute la cuestión, y da por sentado, sin más, que la voluntad es libre. Evitando esta cuestión, le es posible hablar de los «principios ac­tivos», o sea los que influyen sobre la voluntad (que hay que entender como nuestra capacidad de decidir), sin demos­trar que la existencia de estos principios, capaces de influir sobre la voluntad, no perjudica a la libertad de decisión de ésta. Así, todo su análisis resulta fundamental­mente falseado. Por otra parte, Stewart su­fre aquí la herencia del empirismo inglés, que había examinado el problema moral siempre desde un punto de vista psicoló­gico, enumerando los estados de ánimo que se refieren al acto humano, sin buscar entre ellos una unidad superior.

La moral ingle­sa había sido siempre un sentimentalismo ético, o sea, la teoría de que la actividad moral no es otra cosa que el juego de los sentimientos o pasiones que mueven al hombre. Stewart sobrepone a estos senti­mientos una voluntad, pero sin definirla mejor: de aquí que también para él el acto moral se reduzca al equilibrio entre los varios sentimientos, de modo que la acción resulta de éstos y la voluntad no es en el fondo más que la capacidad de pesar y confrontar la fuerza respectiva de los mo­tivos morales. Así, el análisis se reduce a la enumeración y descripción de los «princi­pios activos»: apetitos, deseos, afectos, amor propio y «facultad moral». A ésta se reduce finalmente la capacidad verdaderamente ética del hombre; el sentimentalismo ético llevaba a la consecuencia de que al obrar tendemos siempre a satisfacer nuestros sentimientos, y por lo tanto que el bien y la virtud deben tener siempre por móvil el egoísmo, puchos moralistas ingleses ha­bían sido, pues, inducidos a suponer, al lado de los sentimientos egoístas, un espe­cial «sentimiento moral», para explicar nuestras acciones irreductibles a motivos egoístas.

Era una especie de innata sensi­bilidad al aspecto ético de las acciones, que muchos pensadores habían puesto al lado del sentimiento de lo bello. Entre éstos, destaca Hutcheson (v. Estudio sobre el ori­gen de nuestras ideas de belleza y virtud), que se revela una vez más como fundador de la escuela escocesa, ya que Stewart, el más autorizado representante de ésta, pre­supone sin más este sentimiento innato que nos lleva a apreciar acciones que no son inmediatamente gratas a nuestros deseos. Pero Stewart corrige a Hutcheson por cuanto para él el sentido moral no es úni­camente un estado de ánimo subjetivo, sino que se refiere a un estado de hecho, a la existencia real de lo justo y de lo injusto. Aquí, naturalmente, entra en juego el prin­cipio fundamental de la escuela escocesa, la presunción de que «el sentido común» de ciertas verdades prueba su realidad. En la segunda parte, Stewart enumera los de­beres que derivan de esta facultad moral, empezando con la demostración de la exis­tencia de Dios y de una vida futura, que implican toda una serie de deberes para con Dios. Juntamente con los deberes para con los demás hombres y para con nosotros mismos, éstos constituyen una ley única conocida como «virtud», que Stewart, si­guiendo a Aristóteles, define como hábito constante del obrar moral.

M. M. Rossi