El Viaje del Condottiero, André Suarés

[Le voyage du condottiere]. Obra de André Suarés (Félix-A. Yves Scantrel, 1866-1948), publicada en 1932. Entre los grandes via­jeros de la literatura, Suarés ocupa un lu­gar original. Es todo lo contrario del obser­vador minucioso y voluntariamente imper­sonal, como Gautier (cfr. Viajes de Gautier).

Y no es ni mucho menos para reposar o distraerse por lo que él recorre Italia, de Florencia a Venecia y a Siena: realiza una verdadera expedición, pone en ella toda su alma. El Condottiero éste es él, un «hom­bre para quien la más alta potencia no ha sido sino la posesión y el ejercicio del más bello amor». «No se viaja — dice además, — sino para realizar una conquista o ser con­quistado… El Condottiero anhela ser conquis­tado y conquistador». La efervescencia de las pasiones y una elegancia «barresiana» de las frases harán de las ciudades muertas y de los fríos museos presas vivientes y cálidas de las que será preciso apoderarse con gran lucha: Suarés posee el sentido de la materialidad de las cosas, y lo traduce perfectamente. Pero también, dueño de una rica cultura, jamás se detiene ante el objeto puro y simple o pintoresco: de todo intenta sacar alguna lección espiritual, busca al hombre, a él mismo. Toma partido, y muy frecuentemente con una injusticia que es en él una arraigada costumbre. Pero sus nu­merosos «parti-pris» no impiden en me do alguno que su pasión sea casi siempre lú­cida: si bien admira a Florencia, no duda lo más mínimo en afirmar que la encuen­tra demasiado intelectual, «un poco seca y lineal…»

Naturalmente su Italia pre­dilecta no es precisamente la de la Anti­güedad, sino la tierra febril y coloreada de la Edad Media, la Italia de los místicos, de los príncipes sanguinarios y de los polí­ticos pérfidos que, sin embargo, son a su modo «profesores de energía». Entre las figuras que prefiere se encuentran las del misticismo franciscano y dominico: Santa Catalina de Siena, San Francisco, Santa Clara de Asís. Pues Suarés, si no concibe ninguna perfección en la que la pasión no juegue su papel, no por ello se deja arras­trar por el Romanticismo — que sin embar­go no deja de amenazarle—.Y acaso las líneas que dedica a Botticelli sean las que dan una más pura lección de lo que es su Viaje: « ¡Delicia de tal reserva y de ardor tan continuo! Aquí la pasión murmura: Aléjate, al sueño que ella concita; aquí las personas humanas pueden avanzar por la vida: están envueltas en su propio misterio, como los dioses, y revestidas como ellos de su perfección cuando viajan por la tierra…».