El Viaje del Doctor Katzenberger al Balneario, Jean Paul

[Doktor Katzenbergers Badereise]. Cuento escrito en 1809 por Jean Paul (Jean Paul Friedrich Richter, 1763-1825) en que el fino humorismo de las obras anteriores asume un matiz satírico por medio de su protagonista, el Dr. Katzenberger. Éste ha decidido marchar con su hija Theoda a un cercano balneario para ven­garse personalmente del médico del lugar, quien llegó a criticar duramente algunos de sus libros.

Invitado por el anuncio que ha­bía publicado en el periódico, según el cual disponía de asientos libres en su coche, se presenta el señor Niess, que se hace pasar por un amigo del escritor Theudobach, que Theoda admira. Salen los tres y, después de algunas aventuras alegres y tristes (en­tre ellas una vuelta de campana del coche en una cuneta, y el robo por parte del Dr. Katzenberger de una monstruosa liebre di­secada, de ocho patas y dos cabezas) llegan al balneario. El señor Niess, que es el mis­mo Theudobach de incógnito, decide reve­lar su identidad, conquistando de este modo el amor de la muchacha y la adoración ge­neral. Pero Theudobach es un pseudónimo; precisamente en el momento oportuno entra en escena el verdadero Theudobach, un jo­ven capitán matemático, que a los ojos de la muchacha personifica su ideal de escri­tor, de manera que aun cuando el equívoco se explica, su primer impulso de admira­ción no puede menos que transformarse en amor hacia el capitán; éste corresponde a su amor. Al mismo tiempo, el Dr. Katzen­berger se ha vengado del crítico, amena­zándole al principio con quitarle la vida, dejándosela luego a cambio de una singular pieza anatómica: una mano de seis dedos.

De este modo Katzenberger, de vuelta de su viaje, puede poner en el balance del mismo un marido para su hija, una liebre de ocho patas y dos cabezas, y una mano de seis dedos. Para poder destacar mejor la figura del protagonista, Jean Paul lo compara con la del delicado poeta Theudobach, muy poseído de su valor; entre los dos está la hija, una muchacha sensata, aunque con las necesidades sentimentales propias de su edad. Alrededor de estas fi­guras aparecen los clientes de la estación termal, vistos por el jocoso espíritu del poeta con bondad en el mundo que él mismo ha creado, tan vivo como el real.

M. Mazzoleni