[The meaning of truth]. Colección de catorce artículos polémicos, escritos entre 1885 y 1908 por William James (1842-1910), «leader» del Pragmatismo (v.), publicada en 1909. La verdad es una propiedad de la idea, no del objeto. Ideas verdaderas son aquellas que nosotros podemos asimilar, convalidar, corroborar y verificar; falsas las que no se prestan a estas operaciones.
Lejos de negar la existencia del objeto, ésta es para nosotros la única razón por la cual, siempre que la idea la afirme justificadamente, la idea actúa en innumerables casos con éxito. La realidad en sí queda postulada por el que cree en ella, porque las nociones que de ella tenemos obran de una manera satisfactoria, demostrando que son verdaderas. Pero ninguna idea es la verdadera. Todos creemos que pensamos y conocemos el mismo mundo, porque creemos que nuestras percepciones son comunes, y esta fe descansa sobre la comunidad de reacciones activas. Si dos hombres actúan de una manera igual ante una misma percepción, creen que la perciben de la misma forma; y, sin embargo, pueden decir que la conocen de dos maneras tal vez distintas. Antes de hacer esta prueba, no podemos estar seguros de comprendernos recíprocamente. La multiplicación prodigiosa de teorías en estos últimos años ha dado al traste con cualquier veleidad de atribuir a una más que a otra el carácter de exacta objetividad. Hay varias geometrías, lógicas, hipótesis físicas, cada una de las cuales vale en cierta medida; y se ha abierto camino la idea de que la fórmula más verdadera no tiene acaso más verdad que la que puede tener una invención humana, que no es de ningún modo una transcripción literal de la realidad; y que debemos aceptar el símbolo en lugar de la representación, la aproximación en lugar de la verdad exacta.
Flota en el ambiente la idea de que la superioridad de una de nuestras fórmulas está ligada a las cualidades subjetivas de su utilidad, elegancia, armonía con el resto de nuestras creencias. La única garantía real que tenemos contra la desviación del pensamiento es la misma experiencia que reduce y endereza nuestros errores. El pensamiento puede ser considerado como una parte importantísima de la realidad; pero es posible que el conocimiento no sea más que un medio de entrar en una relación más eficaz con la realidad, tal vez integrándola. Una experiencia, perceptiva o conceptual, debe, para ser verdadera, conformarse a la realidad; pero por realidad no se entiende otra cosa que las experiencias con las cuales una experiencia determinada puede encontrarse mezclada. «Conformarse a ella» significa cuidarla de manera que se obtengan todos los resultados práctica e intelectualmente satisfactorios, que no contradigan otras realidades independientes y que conserven intacta la suma de experiencias posibles, y reducir al mínimum las posibles contradicciones. Si nuestras ideas poseyeran en sí mismas la trascendencia y verdad deseadas por la filosofía trascendentalista, el resultado práctico de tal conocimiento no podría ser otro que el de conducirnos a los efectos más cercanos al objeto, al conocimiento indirecto del método empírico. Según los principios pragmatistas, por lo tanto, una polémica sobre la trascendencia no es más que pura logomaquia. Dios, en esta concepción, no es el Absoluto en donde se concentra toda experiencia, sino simplemente el Ser cuya conciencia abraza la experiencia real más vasta.
Los que creen en una verdad real, auténtica y absolutamente «objetiva» — mientras que la verdad no puede ser más que una relación subjetiva entre nosotros y la realidad (postulado fijo e independiente de la idea que la conoce) —, no consiguen salir de los límites del sistema pragmático, fuera de la frontera formada por los efectos empíricos de las ideas, de las directrices que marcan y de los términos más o menos lejanos a los cuales éstas se remontan. El autor observa que mientras el antipragmatista, postulando la «verdad absoluta», rehúsa dar explicación alguna del significado de sus palabras, el pragmatista la define como «una serie ideal de fórmulas hacia las cuales puede esperarse ver, en el curso de la experiencia, cómo convergen a la larga todas las opiniones». Confutando La verdad del otro lado del Atlántico de B. Russell, precipitada liquidación de la nueva doctrina, James demuestra cómo las buenas consecuencias de una creencia no son, para el pragmatismo, pura y simplemente signos y criterios seguros de verdad, sino los motivos íntimos que contienen toda pretensión, por lo menos subconsciente, de verdad: la razón de ser de una creencia; éstas asignan el único significado práctico inteligible a la diferencia que explica por qué algunas de nuestras creencias son por nosotros llamadas verdaderas y otras falsas. El final de un diálogo que querría reducir a las proporciones del sentido común la idea de la verdad según el pragmatismo, es significativo de las dos actitudes antitéticas que se encuentran frente a frente en el transcurso de todos estos estudios. El antipragmatista opone: «…La verdad es la verdad, y jamás la degradaré identificándola, como vosotros proponéis, con bajos particularismos pragmáticos, con vuestros abominables sofismas y con vuestro gusto de partir un pelo en cuatro partes». El pragmatista: «… Tal vez la generación que nace estará más preparada que nosotros para esta interpretación concreta y empírica de los términos, en la cual consiste el método pragmático. Tal vez entonces se asombrarán de que una teoría de la verdad tan inofensiva y natural haya encontrado tantas dificultades para penetrar en el espíritu de los hombres».
G. Pioli

