El Sello de Los Sellos, Giordano Bruno

[Sigillus sigillorum]. Tratado filosófico en latín de Giordano Bruno (1548-1600), compuesto en 1583, que pertenece, con De las sombras de las ideas (v.), Explicación de los treinta sellos (v.) y Composición de las imágenes y de las ideas (v.), al grupo de las obras neoplatonicomnemónicas.

Tiene cierta afi­nidad con las obras luliapras (v. Lámpara combinatoria luliana, Compendio y comple­mento del arte de Llull), aunque se distin­gue de ellas por la orientación psicológica que informa todo el proceso de indagación de las leyes mnemónicas; es más, en el Sigillus como en el De las sombras, esta orientación se dirige incluso hacia una vi­sión metafísica. Con esta obra, Bruno re­presenta el espíritu del Renacimiento que, liberándose de la acción medieval, se ex­presa especialmente en dos tendencias: la crítica de las fuentes del conocimiento (que conducirá al escepticismo) y la contempla­ción de Dios en la naturaleza (que llevará al Naturalismo). Los sellos son las denomi­naciones abreviadas de las leyes, tanto ló­gicas como psicológicas, sobre las que se basa el artificio mnemotécnico, y el «sigillus sigillorum» es la doctrina ideológica, es decir, el principio supremo de dichas le­yes. La obra está dividida en dos partes: la primera se ocupa de las potencias cog­noscitivas y de su progreso, la segunda de sus productos. El objeto del conocimiento es, según Bruno, la Verdad, el objeto de la Filosofía primera es el Ente, y el de la Ética el sumo Bien: absolutez, por tanto, de la Verdad, del Ser y del Bien.

Pero al supremo conocimiento de la verdad se llega por grados, desde el sentido a la razón, al intelecto, a la mente, es decir, de la percepción sensible a la imaginación, al intelecto y a la segunda memoria, o inte­lecto adquirido y habitual. Los sentidos sirven tan sólo para excitar la razón, no para juzgar o condenar; la verdad empieza con ellos, pero no está en ellos; ellos no pueden ver lo infinito, ya que no son prin­cipio de certidumbre. El sentido, ínfimo grado del conocimiento, se desarrolla en línea recta, desde las cosas exteriores, y presenta dos momentos: el inferior, que no distingue ninguna calidad de las cosas, sino que solamente advierte impresiones, y el superior, que capta tales calidades. La imaginación refleja la verdad como ar­gumentación y discurso, y también puede presentar dos momentos: uno razonable y el otro instintivo; el intelecto aprehende la verdad como principio y conclusión, pero solamente en la segunda memoria, o men­te, la verdad se refleja como en una forma propia y viva. Sólo la mente es capaz de la aprehensión intelectiva del infinito; la profundidad de la mente es la altísima morada en que reside Dios. La diferencia entre la mente y el intelecto estriba en que en éste es la unidad resultante de «muchos»; en la mente hay la unidad in­mediata de «todos los muchos», como uni­dades.

Su proceso es de concentración en sí mismo, en línea circular, al contrario del sentido, que va en línea recta; los otros procesos intermedios participan de una y otra forma, esto es, suceden por vía obli­cua. En esta ascensión consiste el ritmo y el proceso eterno del espíritu: de sí mismo, por sí mismo, a sí mismo. Pero Bruno no considera nunca finito este proceso. No es que no tenga solución (posición de escep­ticismo) o tenga una solución determinada (posición de dogmatismo); es un eterno problema, que es, a la vez, eterna solu­ción, a diferencia de lo que sostendrá Spinoza (eterna solución sin problema) o Kant (eterno problema sin solución). Ahora bien, dada esta concatenación natural de las ideas, si los conocimientos están ordenados y concatenados se conservan; si están desli­gados quedan oscuros y se pierden. Es útil a la memoria que las ideas e imágenes muevan el sentimiento, ya que a una ma­yor fuerza de éste corresponde una mayor tenacidad retentiva y una más pronta acción. Las imágenes centrales de la me­moria deben ser concretas, es decir, sensi­bles, ya que las abstracciones no se retie­nen más que por la conexión con aquéllas. La segunda parte de la obra habla de los productos intelectivos, que son el amor, el arte, las matemáticas y la magia.

El primero nos lleva, en divino furor, hasta la intuición de Dios (v. Heroicos furores); el arte está presente en todas las cosas; las matemáticas son la guía más segura para la contemplación de lo comprensible; la magia es excelente si fortalece los sentidos descubriendo las relaciones entre las cosas, pésima si, basándose en la incredulidad, contribuye a mortificarlos. Según las guías intelectuales, tenemos cuatro objetivos en la mente: la lumbre, el color, la figura, la forma. A pesar de sus muchos artificios, la obra es una de las mejores de este gé­nero; acoge, aunque también critica, la teo­ría platónica, y se inspira en aquel mo­nismo que se desarrollará en el De la causa principio y uno (v.). Marca el paso del oscuro platonismo de las primeras obras lulianas al naturalismo que triunfará en toda la filosofía del Renacimiento. Así, Bru­no anuncia la nueva filosofía y, por la absorción de la gnoseología en la meta­física, anticipa a Leibniz.

M. Maggi

La filosofía en él sigue en estado de fer­mentación. Tiene las oscilaciones del hom­bre nuevo, viviendo aún en el pasado y por el pasado. (De Sanctis)

Mucho, quizá la mayor parte, de los es­critos de Bruno molestará al lector moder­no, ora por su pedante prolijidad, ora por su pasión de dudoso gusto, ora por su ar­bitrariedad fantástica e irregularidad, ora, en fin, por cierta falta juvenil de espíritu científico; sin embargo, considerándolos en conjunto, como quiere el espíritu de su sistema, la plenitud de sus ideas y la gran­diosidad de sus construcciones, son uno de esos monumentos del espíritu humano que irradian a través de los siglos su virtud animadora y fecundadora. (Windelband)