El Progreso de la Conciencia en la Filosofía Occidental, Léon Brunschvicg

[Le pro­grès de la conscience dans la philosophie occidentale]. Obra del filósofo francés Léon Brunschvicg (1869-1944), publicada en 1927 y dedicada a Henri Bergson, la cual, junto con las Etapas de la filosofía matemática (1912) y la Experiencia humana y la cau­salidad física (v.), constituye una especie de trilogía destinada a reflejar la histo­ria de la razón humana.

Para Brunschvicg esta razón no se distingue de su his­toria y, así, sus vicisitudes, desde Egipto y los griegos hasta hoy, la constituyen auténticamente en su realidad concreta, corriendo a cargo del propio análisis de la inteligencia tal como nos es dada en la actualidad, la tarea de trazar un completo cuadro de ella. Léon Brunschvicg comien­za por distinguir cuidadosamente su tenta­tiva de las de Augusto Comte y Hegel, que, según explica, sólo exteriormente se pare­cen a la suya. Él no se propone, efectiva­mente, encontrar el origen, como tampoco enfocar el problema desde el punto termi­nal de la evolución del espíritu. Ninguna posición de este tipo puede ser defendible, y el movimiento de la razón sobrepasará siempre, de manera imprevisible, a todo aquel que la analice en un momento deter­minado.

El Progreso de la conciencia apa­rece dividido en dos partes: en la primera, Brunschvicg estudia las grandes etapas del pensamiento desde Sócrates hasta el siglo XVIII, y, en la segunda, renunciando al or­den cronológico, analiza separadamente las principales corrientes de la moderna inves­tigación, o sea, la evolución de la metafísica alemana (de Kant a Nietzsche), el determinismo psicológico (a partir de Bentham), las síntesis sociológicas (de Montesquieu a Comte) y la filosofía de la conciencia (de Condillac a Bergson y sus contempo­ráneos). Explica que la historia de nuestra razón comienza, en realidad, con Sócra­tes. Él es quien, efectivamente, enfrenta de modo radical la «fortuna», que proviene de los dioses, con la «sabiduría», accesible al hombre, al propio tiempo que infunde a la razón su «auténtica vocación», con­sistente en conocerse a sí misma.

Platón, a su vez, nos mostrará que esta lúcida sa­biduría no pone necesariamente al hombre en contradicción con la ley, y reconciliará la vida cívica y la existencia moral en la primera y gran «filosofía del espíritu». En cambio, Aristóteles y, más tarde, los epi­cúreos y estoicos, sólo elaboraron una «fi­losofía de la naturaleza», al tiempo que Plotino y Filón se alejaban aún más allá de la conciencia al buscar a Dios fuera de la naturaleza y al tratar, correlativamente, de escapar de sí mismos. Seguidamente, Brunschvicg desdeña adentrarse en la Edad Media (uno de los graves defectos de este volumen de 800 páginas, de las cuales sólo diez se consagran al período que va del concilio de Nicea al Renacimiento y en el que también se incluyen numerosas espe­culaciones árabes y judías, aparte de San Buenaventura y Santo Tomás) para volver a encontrarse, al inicio de los tiempos modernos, con el nuevo Sócrates — Mon­taigne — y el nuevo Platón — Descartes —.

Lo fundamental de la revolución operada por este último estriba en su ciencia mate­mática y en la filosofía que de ella supo deducir: «después de Descartes y única­mente después de él, los Números y las Ideas han pasado a ser no sólo algo que se celebra y reverencia, sino que efecti­vamente se comprende». A partir de aquí, se establecen las barreras entre conocimien­to y percepción y se destruye de una vez (sin que Brunschvicg lo lamente) el realis­mo de las cualidades. De esta nueva histo­ria que se inicia, Spinoza viene a ser el jalón más importante al reconciliar mis­ticismo y ciencia y volver a encontrar, tras el peligroso extravío del realismo aristo­télico, el auténtico camino que Platón había señalado. En el siglo XIX, después del estallido de la Revolución, se produce to­davía otro paso en falso con los pseudorracionalistas, cuyas ilusiones termina por disipar Bergson.

Gracias a éste, se aclara y reforma la unidad de la conciencia inte­lectual, moral y religiosa, y la verdad y el amor se nos presentan como dos fines identificables. «Preciso será, pues, sentar — escribe Léon Brunschvicg — que fuera de la presencia unitaria en una conciencia que no sabe permanecer exterior a nada, nada hay, no porque se haya sido incapaz de encontrar algo, sino porque, efectiva­mente, nada había que buscar». Conclusión negativa para una teología de la «participa­ción en el ser» con arreglo al imaginario absoluto de la síntesis; conclusión positiva para una filosofía de la «participación en lo uno», según el «progreso continuo del análi­sis». El espiritualismo de Léon Brunschvicg, muy alejado de la experiencia mística, ha señalado la ruptura con las ideas vitalistas, que encontraremos todavía en Ravaison y Lachelier.