El Pensamiento Europeo del Siglo XVIII desde Montesquieu a Lessing, Paul Hazard

[La pensée européene au XVIII siècle de Montesquieu à Lessing]. Obra crítica de Paul Hazard (1878-1944), publicada des­pués de su muerte en Paris en 1946. Enla­zando con su tratado de la Crisis de la conciencia europea (v.), el autor, que en aquella amplia exposición histórica exami­naba la cultura y la espiritualidad en la lenta pero decisiva transformación de 1680 a 1715 aproximadamente, considera ahora dicha crisis en su difusión y compleja ma­nifestación.

Puesto que precisamente del siglo XVIII desciende la edad moderna (con todas sus luchas contra la tradición y sus aspiraciones hacia el porvenir) es ne­cesario considerar en el siglo de las luces los elementos sustanciales para un juicio de conjunto. El libro se divide en tres grandes partes, dedicada cada una de ellas al examen de una zona de la cultura, del gusto y de la espiritualidad. La primera se titula «El proceso del Cristianismo» [«Le procès du Christianisme»]. Educados en la erudición y la crítica, los hombres no quie­ren seguir perdiéndose en la busca de las causas de las cosas ni discutir eternamente problemas teológicos; tienden, por el con­trario, a valorar las cosas terrestres en su inmediata naturaleza.

La moral cristiana impide disfrutar la felicidad en este mundo que paulatinamente se va conociendo a tra­vés de los descubrimientos geográficos y el comercio. Con mayor razón, en el deseo de paz, quedan consideradas fuera de las leyes de las cosas las guerras de las monar­quías por derecho divino y otras necesida­des extrañas a una condición feliz. Ante la ruina de muchas situaciones históricas (fausto real, miseria de la plebe, gloria de las batallas y decadencia del tráfico) el hombre piensa en la felicidad, quiere cono­cer el mundo, sueña en la perfección y el bien incluso en China o en el Perú, trata de evadirse a lejanas islas de placer: de este anhelo aporta muchos testimonios la literatura de la época.

La misma literatura satírica, la afición al poema heroicocómico, el novelar burlón e incluso irrespetuoso hacia creencias y tradiciones, preparan un público cada vez más amplio para consi­derar desde un nuevo punto de vista incluso la moral del Cristianismo que, opo­niéndose al epicureismo de los antiguos paganos, quita al hombre la posibilidad de disfrutar de las cosas de esta tierra. Len­tamente la moral de los «libertinos» se abre camino en la sensibilidad de las nuevas generaciones; hasta que, al unir en una misma condena el rigorismo de los manda­mientos y las dobleces de una política ul­tramontana, la lucha culminará en toda Europa con la expulsión de los jesuitas y la mueca satírica de Voltaire. La Ilustra­ción (v.) en su lucha sustancial contra la tradición ha combatido, pues, tanto al Ca­tolicismo como a la Reforma; precisamente porque no ha aceptado la solución cristiana de la existencia (con la imagen del reino de los cielos) y ha tenido que impugnar el concepto de una Revelación, por la que el hombre está sometido a Dios (y obligado a obedecer lo que dice su representante en la tierra).

La misma idea de tolerancia religiosa excluye la necesidad de las religiones sacerdotales, que se precipitan a lu­char por la supremacía y el fanatismo, perniciosas para la misma fraternidad entre los hombres, proclamada, por ellas. La se­gunda parte, que ilustra las características sustanciales de la Ilustración, es «La ciudad de los hombres» [«La cité des hommes»]. En la busca de una sistematización de las cosas del mundo los filósofos se dedican al estudio de la sociedad: abandonan los dog­mas y la teología y se dedican a la funda­ción de un nuevo derecho que, sin ser ya divino, organice la sociedad y haga felices a los hombres con leyes adaptadas a su’ existencia. Una nueva moral, construida sobre la naturaleza, dará al hombre la se­guridad de una ciencia que no esté ence­rrada en los volúmenes de los doctos, sino que se difunda en la sociedad.

Así se ex­tenderán a todos los beneficios de la Razón; el nuevo siglo será el de las «luces» y de la victoria sobre las tinieblas. La cultura transformará a los hombres, de súbditos timoratos o falsos, en ciudadanos cons­cientes. Nuevos principios en la educación y en la política formarán a las generacio­nes destinadas a triunfar sobre el error y la maldad humana: el conocimiento de cuanto sirve al hombre (v¿ Enciclopedia), aunque favorezca el contraste cada vez más vivo con los detentores del poder (y ello hasta la Revolución francesa y aún más allá), muestra en Europa un continuo crecimiento hacia nuevas formas de civi­lización. Así, desde las posiciones extre­mas del materialismo y del ateísmo hasta las de un deísmo y una religión naturales, la corriente que arranca de Montesquieu y de su examen de la sociedad y llega hasta Lessing y su nueva concepción de la cul­tura, prepara el surgir de un mundo com­pletamente distinto; incluso en las luchas políticas y en las sucesivas crisis podrá verse un ligamen entre Ilustración y Revo­lución y al mismo tiempo la rotura de un equilibrio que ni en la historia de los si­glos sucesivos se ha restablecido.

La misma literatura participa de dicho estado de co­sas, pero aunque no alcance en las obras propiamente poéticas la altura de la gran escuela clásica, testimonia por lo menos una mayor difusión del conocimiento y la conciencia cada vez más atenta en los es­critores, de una misión social. La tercera parte de la obra — «Disgregaciones» [«Désagrégations»] —muestra cómo el siglo de las luces, en su sed de nuevas conquistas, se lanzó temerariamente contra la tradi­ción; pero las abstracciones y el escaso co­nocimiento de la historia traen pronto graves desengaños en el soñado derroca­miento de las instituciones seculares. No se trata de haber violado las leyes de la Naturaleza, sino de no haberlas compren­dido suficientemente.

Junto a la necesidad de verlo todo desde el punto de vista de la razón, se insinúa la afición por lo vago y lo sentimental que formará la corriente más típica del prerromanticismo y abrirá el camino a nuevas corrientes literarias. El optimismo inicial se ve sustituido por una desconfianza en la actividad humana; in­cluso en la ascensión de las clases se ad­vierte que el vulgo no es siempre digno del lugar que los mejores quieren asignarle en la soñada igualdad social; y por fin que la naturaleza humana — en los reinos tirá­nicos y en las repúblicas ideales — tiene los mismos vicios y las mismas virtudes. Sólo sobre ellos se puede basar una polí­tica: los ciudadanos no pueden vivir mís­ticamente para una sociedad que, al fin y al cabo, está hecha de innumerables seme­jantes suyos, mientras es considerada en cambio como un venturoso mito por los utopistas.

Así nace en muchos la exigen­cia de considerar el siglo de las luces como un gran taller donde se ha empezado por destruir las antiguas herramientas de arriba abajo, en lugar de transformarlas y modificarlas; en la sed de nuevas conquistas se ha pecado, pues, por abstracción, y no siempre el reflejo de una construcción nue­va ha seguido a la ruina de los antiguos ideales. Así, lentamente, incluso ante los hombres de la Ilustración, se ha mostrado inflexible una ley: que cada doctrina, para establecerse en la historia de la sociedad, ha de sufrir inevitablemente las transforma­ciones que la naturaleza humana comporta en su camino, desde las edades primitivas hasta una civilización cada vez mayor. La obra de Paul Hazard, así dividida, tiene, pues, el aspecto de un tratado político llevado’ con gran pericia descriptiva; un volu­men de Notes et référenees, como en la Crisis de la conciencia europea, muestra la larga preparación, predominantemente lite­raria, en el estudio de un tema tan su­gestivo.

C. Cordié