El Pensamiento de Cervantes, Américo Castro

Estudio de Américo Castro (n. en 1885), pu­blicado en 1925. Apartándose de las usuales visiones del mundo cervantino (fuentes absolutas de Cervantes; vida contemporá­nea; expresión lingüística), Américo Castro se centra en el hombre Cervantes y en su ideología.

Convencido de que Cervantes no es tan sólo un crisol de lecturas ocasiona­les y de saber popular, sino que tiene un riguroso criterio seleccionador, Castro se afana en descubrir su núcleo ideológico. La revelación de Cervantes pensador fue ini­ciada por Castro en 1916 con dos artículos sobre la concepción cervantina del honor. En ellos como en el presente libro descubre rasgos renacentistas en Cervantes, que le diferencian netamente del pensamiento de los dramaturgos sobre el mismo tema. Cer­vantes es, según este estudio, pensador vigo­roso y consciente, discípulo de Erasmo y del Renacimiento.

El que casi nadie lo consi­dere así se debería entre otras cosas: al vivo interés literario que despierta la obra de Cervantes; al propio estilo en que este pensamiento se presenta, donde a menudo hay que leer entre líneas y desvelar la hipo­cresía del autor; a su biografía, que induce a ver en Cervantes un simple hombre de su época, sin tiempo ni capacidad para elabo­rar un pensamiento crítico. El libro estudia con detención aspectos tales como: la orien­tación literaria; el análisis del sujeto y crítica de la realidad; el error y la armo­nía como temas literarios… los cuales constituyen los diversos capítulos. En general y sobre todo en lo tocante a ideas religio­sas, el Cervantes de Castro aparece como un espíritu reflexivo, que sólo transige en parte con la tradición dogmática.

Un hom­bre que conociendo la sinceridad interna y valorándola por encima de la fórmula (ideas sobre el matrimonio y la virtud a la fuerza) no se decide a manifestarlo como Erasmo. La fe y las obras por encima de la Teología adormecida; el amor que dis­pensa del adulterio y del matrimonio indu­cido; la íntima duda frente a lo popular y lo histórico. Pero todo sin estridencias. «Yo, socarrón; yo, poetón ya viejo…»

R. Jordana