[Il Modernismo e i rapporti tra religione e filosofía]. Obra de Giovanni Gentile (1875- 1944), publicada en Bari en 1909, compuesta de ensayos que en su mayoría habían sido anteriormente publicados en la «Crítica» desde 1903 en adelante.
Es una crítica muy estricta del Modernismo (v.) católico enfocada desde el punto de vista de actualidad; crítica que ha sido célebre y ha contribuido no poco, juntamente con la condena eclesiástica, a la rápida decadencia de aquel movimiento. Para Gentile la realidad absoluta es el acto del espíritu; éste se organiza dialécticamente como sujeto, objeto y unidad de sujeto y objeto. Al primer momento corresponde el arte; al segundo, la religión; al tercero, la filosofía. La religión? pues, consiste en poner lo Absoluto, la Verdad, como objeto absoluto, entidad contrapuesta’ al espíritu del hombre, y, por ello, trascendente. El catolicismo y la filosofía escolástica han sido para Gentile la más alta manifestación de la espiritualidad religiosa; del mismo modo el racionalismo, el idealismo — para los cuales no existe nada fuera de lo inmanente, única realidad del mundo, y éste es, propiamente, el acto del espíritu subjetivo y humano —, son el más alto grado alcanzado por el espíritu filosófico. Entre ellos hay oposición, y no es posible conciliación alguna sino rompiendo la objetividad religiosa y resolviéndola en la inmanencia del espíritu, o sea en filosofía.
El Modernismo ha realizado, en cambio, el esfuerzo desesperado de conciliar Edad Media y Edad Moderna, religión y ciencia, religión y filosofía. Con Blondel y Laberthonniére ha buscado en la vida del espíritu, en la acción entendida como acto, el esfuerzo, lo concreto y la intimidad del espíritu para sí mismo, el fundamento de la vida del espíritu, para buscar a Dios; al llegar a este punto hubiera debido detenerse en el subjetivismo, o bien pasar al hegelianismo, pero ambas posiciones no eran católicas. Blondel y Laberthonniére, en cambio, continúan considerando a Dios como trascendente; por esto en realidad no lo pueden alcanzar, y, por lo tanto, no se mueven de la sustancia de los místicos escépticos agnósticos y, a pesar de sus intenciones, ateos. Lo mismo cabe decir de los métodos de filosofía y de historia sagrada; Loisy, el P. Semeria, Buonaiuti, quieren hacer una historia científica, o sea sin partir de la fe; pero verdadera historia, observa Gentile, no es posible hacerla sin una interpretación conceptual «a priori»; por lo tanto, o hacen esta historia como católicos, y entonces su historia no puede ser verdadera historia, o la hacen como ateos, y entonces es justa la condena eclesiástica.
Así las actitudes prácticas democráticas (Tyrrell) y laicizantes (Murri) del Modernismo están en neto contraste con el principio religioso de la trascendencia de Dios y de la revelación extrínseca. Por más que el autor ha captado con esta crítica el lado más débil del Modernismo, que fue una tentativa de compromiso dirigido a conciliar lo inconciliable, parte, sin embargo, de una radical falta de sensibilidad para los problemas religiosos, que le hace desconocer los aspectos fundamentales de la experiencia religiosa; por ello su crítica está a menudo constituida por juegos verbales que no penetran verdaderamente la cuestión.
G. Preti

