El Fin del Paganismo, Gastón Boissier

[La fin du paganisme]. Obra de Gastón Boissier (1823- 1908), publicada en 1891. No es propiamen­te una historia, sino más bien una inves­tigación sobre la relación del Cristianismo con el arte y las ideas antiguas, y sobre lo que de ellas persistió a través de la lite­ratura cristiana.

El gran acontecimiento del siglo IV es la «Victoria del Cristianismo», al cual está dedicado el primer capítulo, con un análisis de los motivos que empu­jaron a Constantino a promulgar el edicto de Milán y a Juliano a su desgraciada ten­tativa de restauración pagana. Pero, al es­tudiar las relaciones entre «El Cristianismo y la educación romana» (cap. II), el autor hace notar que la Iglesia, incluso en el mo­mento de su victoria, no intentó hacer pe­netrar en las escuelas sus ideas y sus es­critores, y que los jóvenes continuaron sien­do educados según los clásicos latinos. Se dejó así una puerta abierta a través de la cual pasó toda la antigüedad pagana. Las «Consecuencias de la educación pagana so­bre los escritores cristianos» (cap. III) son finamente observadas en sus manifestaciones literarias, que Boissier examina detallada­mente: la intransigencia de Tertuliano no le impidió escribir una obra impregnada de cultura pagana; la influencia de la lite­ratura clásica no está disimulada en Minucio Félix y San Agustín; San Jerónimo, en el desierto, flagelaba su carne, pero leía aún a Cicerón y a Plauto, y llenaba sus obras de erudición clásica; San Ambrosio estruc­tura sobre el modelo del De Officiis los De­beres de los ministros de Dios (v.).

Sola­mente más tarde Casiodoro pensó en una escuela cristiana, pero la idea no encontró aplicación. Particularmente «La poesía la­tina cristiana» (cap. IV) merece ser estu­diada porque sirvió más que la prosa cris­tiana para ganar para el Cristianismo a los intelectuales. El material fue creado en el entusiasmo y la pasión de los dos primeros siglos (Evangelios apócrifos, Cantos Sibili­nos), pero debían pasar bastantes siglos an­tes de que fuese madurando su forma. Juvencio, traductor de los Evangelios en ver­sos latinos, San Sulpicio, cantor de San Martín, Paulino de Ñola, San Ambrosio, Prudencio, se expresaron por medio de poe­sías líricas, himnos y poemas fieles a la re­tórica clásica. La «Sociedad pagana a fines del siglo IV» (cap. V) estudiada por Bois­sier en las cartas de Quinto Aurelio Símaco, no difería mucho de la de los siglos pre­cedentes y no estaba tan corrompida como se pretende. El culto pagano era aún fer­voroso en Roma: si bien no nos han lle­gado escritos contra el Cristianismo, la hostilidad se expresaba generalmente con un silencio despectivo hacia la nueva religión en las obras filosóficas (Macrobio) y en la misma elocuencia oficial. La última resis­tencia del paganismo se manifestó contra el traslado de la estatua de la Victoria desde el Senado, que suscitó una clamorosa polémica y defensa del antiguo culto bajo el que se había forjado la grandeza de Ro­ma. La oposición pagana se alimentaba es­pecialmente de la tan extendida creencia de que el cristianismo era la causa de los males del Imperio.

De manera que la pri­mera parte de la Ciudad de Dios (v.) de San Agustín refuta esta idea, introduciendo en la historia el concepto de un plan de la Providencia divina. Boissier, examinando las causas de la decadencia romana, niega que sean imputables al Cristianismo y las considera muy anteriores a éste; por el contrario, en cuanto a la cultura, gracias a los escritores cristianos se produjo un renacimiento literario después de la deca­dencia del siglo III. Pero la Iglesia, cuando vio que el Imperio estaba perdido, separó su causa de la del Imperio como organismo que se sentía con fuerzas suficientes para sobrevivir y salvó, por lo menos, lo que de la civilización romana se podía salvar. El autor no se propuso examinar todos los problemas anejos a la caída del mundo an­tiguo y, siguiendo su método de hacerse contemporáneo de la época, vivifica el es­tudio con la penetración psicológica y el genial análisis de las manifestaciones lite­rarias de la época. Limitada así la obra, el resultado es una penetrante reconstrucción de la vida espiritual en los últimos siglos del Imperio y, a pesar de los progresos de la crítica más reciente, continúa siendo fa­mosa y clásica.

P. Onnis