El Ensayador, Galileo Galilei

[Saggiatore (II)]. Obra impresa en Roma en 1623 al cuidado de la «Accademia dei Lincei» y dedicada por los académicos a Urbano VIII, con dos composiciones poéti­cas en alabanza de Galileo, una en latín, por Giovanni Faber, y otra italiana por Francesco Stelluto. El título completo es: El Ensayador en el cual con balanza exqui­sita y justa se ponderan las cosas conte­nidas en la Libra astronómica y filosófica de Lotario Sarsi Sigensano, escrito en forma de carta al ilustrísimo y reverendísimo Monsing. D. Virginio Cesarini académico Lin­ceo, etc.

De las cuatro obras principales de Galileo, ésta, por su contenido científico es mi y inferior al Nuncio sidéreo (v.), al Diá­logo sobre los dos mayores sistemas (v.) y a los Discursos y demostraciones mate­máticas (v.); pero en la literatura italiana ocupa un lugar de excepcional importan­cia, sobre todo por la eficacia de su estilo polémico que, Con dialéctica estricta, y en una forma mordaz y humorística se propo­ne demoler las bases en que se funda su adversario. Las causas de esta polémica, la cual, aunque al decir de Niviani, fue la raíz de todos «los sinsabores que padeció el señor Galileo desde aquella hora hasta sus últimos días, bajo eterna persecución en toda acción y discurso suyos», deben buscarse en la aparición de tres come­tas ocurrida en 1618, de los cuales el de noviembre, de excepcional resplandor pasó sucesivamente por las constelaciones de Bootes, de la Balanza (Libra) y del Escor­pión.

Una lectura pública celebrada en Roma por el P. Horacio Grassi, del Cole­gio Romano de los Jesuítas e impresa con el nombre de Disputatio Astronómica, sus­citó una réplica indirecta de Galileo, el cual, por medio de su discípulo Mario Guiducci expresó sus opiniones en un Discur­so de los cometas (1619). En este discurso el autor comienza por desechar las opinio­nes más conocidas y se inclina a la de los pitagóricos, los cuales opinaban que aque­llos fenómenos eran meras apariencias de­bidas a los rayos solares sobre la tenue materia evaporada por la tierra. Esta opi­nión, manifiestamente equivocada y soste­nida también en el Ensayo estaba mucho más alejada de la verdad que la de Grassi, el cual, basándose en la pequeñez del para­laje, opinaba que el cometa tiene origen celeste y, como Ticón (Thyco Brahe), que posee un movimiento circular. Contra este Discurso, el padre Grassi, con el nombre de Lotario Sarsi Sigensano, reaccionó con la Li­bra Astronómica. Entonces Galileo se dispu­so a la réplica, apostillando un ejemplar de la Libra que ha llegado hasta nosotros, pero no expuso hasta mucho después, con su Ensayador, sus contrarréplicas, rebatidas lue­go por Grassi con la Ratio vonderum Librae et Simbellae, apostillada también por Galileo, quien ya no insistió más.

En el En­sayador el motivo irónico está tomado de la palabra Libra «balanza romana grosera» cuando se la compara con una balanza de ensayador, «las cuales son tan exactas que yerran menos de una sexagésima de gramo», y de las picaduras del escorpión las cuales hallan antídoto y remedio frotando las he­ridas con el mismo escorpión «con lo que el veneno reabsorbido por el propio cadá­ver me deja sano y salvo». Precedida de una alusión a las «animosidades en difa­mar, defraudar y vilipendiar» todo lo apreciable que él había producido con las obras de su ingenio, esto es, reprobando el plagio de Capra al apropiarse del invento de sus Operaciones del compás geométrico (v.) y la audacia de Simón- Mago al declararse autor del descubrimiento de los satélites de Júpiter, Galileo inicia la parte crítica fun­damental del Ensayador. Esta consiste en tres «Exámenes» de las tesis de Grassi; el segundo examen está subdividido en tres cuestiones, y el tercero en cuatro proposicio­nes. En el primero Galileo, con poco acier­to, denigra la demostración de Ticón relati­va al paralaje del cometa, sosteniendo erró­neamente que el paralaje no tiene valor para designar el lugar de los cometas por­que éstos no son más que apariencias, y discute acerca de su movimiento, afirman­do que no se efectúa ni por círculos ni por parábolas.

En cambio lleva ventaja cuan­do combate a Sarsi, el cual creía que el aumento proporcionado por el telescopio dependía de la distancia, y cuando afirma que el catalejo no aumenta el tamaño de las estrellas fijas. En el segundo examen aporta nuevos argumentos acerca de la na­turaleza, el lugar y la forma de los come­tas, pero, en general, partiendo del erróneo principio de que son meras apariencias debidas a los rayos solares, las razones que aporta son inadecuadas para debilitar la tesis de su adversario, aunque seducen por la forma irónica y la destructora dialéctica intercalada de demostraciones geométricas, aptas a lo sumo para descubrir el error en el razonamiento formal del adversario, pero no para determinar el valor de las premi­sas. En el tercer examen, después de refu­tar la doctrina aristotélica de la multipli­cidad de los orbes sólidos de los planetas, pasa a discutir acerca de la relación entre frotamiento y calor, y sobre los experimen­tos efectuados por Grassi a propósito del arrastre de los fluidos por la rotación dé superficies sólidas.

Parece inclinado a acep­tar la existencia de una sutilísima substan­cia etérea entre las esferas terrestres, pero no ve bien clara la adherencia entre cuer­pos sólidos y fluidos y por ello niega la producción de calor por ese frotamiento, llegando inclusive a concluir: «de los cuer­pos que frotándose no se gastan nada, como ocurrirá con dos espejos perfectamente li­sos, el tacto nos muestra que no se calien­tan; de los que se gastan notablemente, como un hierro cuando se lima, estamos seguros de que se calientan: luego de aque­llos que dudemos si al frotarse se gastan o no, si comprobamos por el tacto que se calientan debemos decir y creer que tam­bién se consumen». Conclusión ésta poco lógica, y menos aún propia del proceder del científico, pero necesaria para llegar a la otra conclusión que el calor es «una porción de cosa que no tiene peso alguno, antes bien, es ligerísimo y en el aire se ele­va velozmente».

Lleva ventaja y puede ironizar contra Sarsi cuando éste para sos­tener la tesis de que el frotamiento en los fluidos puede generar calor, recurre a tes­timonios históricos, entre ellos el de los huevos cocidos por los honderos babilonios mediante la rápida rotación de la honda; pero, en substancia, aunque esta parte de la obra es una de las de lectura más agra­dable, no nos da la medida del valor cien­tífico del gran florentino; y aun concedien­do todo lo que se debe a- las condiciones de la física experimental de su tiempo y reconociendo en otros muchos pormenores la elegancia de exposición, la genial capa­cidad especulativa aplicada a la investiga­ción de las verdades ocultas, hemos de ad­mitir que los méritos indiscutibles de esta obra están contrarrestados por no pocos defectos, tal vez causados también por un abandono excesivo a la polémica agresiva.

P. Pagnini

En la prosa de Galileo se percibe su edu­cación humanística y filosófica, y me atre­vería a decir que se explica en ella tam­bién la causa de la simpatía que sintió por el ritmo del Ariosto pero más aún se per­cibe la conciencia amorosa de un descubri­miento cotidiano del mundo, por medio del método que cambia todos los conocimien­tos al cambiar la doctrina o sus máquinas. Me atrevería a decir que se percibe en ella la presencia mágica del telescopio. (F. Flora)