El Cultivo de los Huertos, Walafrido Estrabón

[Liber de cultura hortorum]. Poemita didascálico en 444 hexámetros compuesto por Walafrido Estrabón (o Strabo, hacia 808?-849). Sue­vo de origen, vivió durante el renacimiento carolingio y fue educado en el monasterio de Reichenau. Es un cálido y cariñoso elo­gio de la humilde huerta del monasterio, que renace a nueva vida después de los hie­los invernales, librada de las molestas orti­gas, cavada, rastrillada y estercolada por obra solícita del propio autor, y pronta a re­cibir, ya limpia y abundante en semillas, la caricia de los rayos del sol y de la luna, de los tibios vientos y de las lluvias primave­rales.

Crecen ufanas las tiernas plantas, ba­ñadas por el rocío, regadas por la experta mano del monje, como ornamento del fértil huertezuelo. Y Walafrido las contempla y examina atentamente una a una: «pequeñas cosas» para él tan grandes, dignas de «inmenso honor». Así se describen, con alu­siones a sus propiedades medicinales y a su uso, veintitrés plantas o flores: la salvia, la ruda, el abrótano, la calabaza, el melón, el ajenjo, el marrubio, el hinojo, el gladio­lo, el hibrisco, el perifollo, el lirio, la ador­midera, el amaro, la menta, el poleo, el apio, la betónica, la agrimonia, la ambrosía, la reguilla, el rábano y la rosa. La conclu­sión es inesperadamente cristiana: compa­rando la rosa con el lirio, el poeta ve en aquélla la sangre de los mártires y en éste la pureza de la fe. Siguen dieciséis versos con dedicatoria a Grimaldo, obispo de San Gall y antiguo maestro de Walafrido. La composición, tan apreciada por los huma­nistas, aun revelando de vez en cuando la artificiosa erudición de la escuela, está, sin embargo, penetrada de un espontáneo y vi­vo sentimiento de la naturaleza, expresado con una técnica del verso nada común, fru­to de asiduas e inteligentes lecturas de Vir­gilio y Ovidio. El tema es el propio de los repertorios clásicos: Virgilio (Geórgicas), Columela y Sereno Sammónico.

G. Billanovich