El Carácter de la Filosofía Moderna, Benedetto Croce

[Il carattere della filosofía moderna]. Obra de Benedetto Croce (1866-1953), pu­blicada en 1941, que reúne varios ensayos, ya publicados en «Critica» o en otras re­vistas. Este libro, más que un tratado doc­trinario, es una continua llamada al deber que tiene todo hombre, por la humanidad que hay en él y en sus semejantes, de ser absolutamente sincero, renunciando a las ilusiones cómodas, a las adaptaciones útiles y a las soluciones fáciles. Ilusión cómoda, porque permite hurtarse a la conciencia de la trágica realidad de la vida — que es eter­na lucha y contraste, pero que en la lucha es creadora de todos los valores —; es la ilusión de la trascendencia, ilusión en que incurren todas las filosofías que, fundándose en la concepción de lo absoluto, como unidad situada fuera y por encima de la distinción, vienen a negar la necesidad dia­léctica de la superación de la distinción, del hacerse del espíritu. La filosofía no puede ser otra cosa sino filosofía del espíritu; y la filosofía del espíritu no puede ser, con­cretamente, sino pensamiento histórico «en cuyo proceso ella representa el momento… de la reflexión metodológica». Esta concep­ción de la realidad como historia, excluyen­do toda idea de trascendencia, niega tam­bién la legitimidad de aquella tendencia al «misterio» que informó la época del Romanticismo y que perdura en. las per­versiones decadentes del Romanticismo, que exaltaron la vitalidad bruta como fuerza para substituir al espíritu, y que constitu­yen la teoría y el programa de algunos filó­sofos de hoy. El haber descuidado el mo­mento de la distinción en la unidad, con­figurando ésta como unidad que pesa so­bre la multiplicidad en vez de moverse o articularse en ella, ha dado por resulta­do que todas las doctrinas panlogistas, panestéticas y voluntaristas, hayan ido a pa­rar, en último análisis, a una especie de misticismo: que no es doctrina filosófica, sino actitud práctica de renuncia y quietud.

Han ido a parar a él también esas filosofías que, llamándose historicistas, han dado al historicismo «el aspecto de una aquiescencia al hecho, el aspecto de un inerte misticis­mo del hecho». Afirmar que la realidad es racional, y que toda la realidad o racio­nalidad es historia, no significa excluir la posibilidad del juicio moral, lo cual sería negar lo más sagrado que hay en el hom­bre: la conciencia del fin humano. Es exi­gencia insuprimible de la existencia huma­na, la cual de otro modo se negaría a sí misma como conciencia sometiéndose al determinismo material de los hechos, oponer el «deber ser» al «ser»; el mirar como culpa, y con remordimiento, las acciones que nos han alejado del fin moral. Precisamente porque esta exigencia moral es insuprimible y el juicio que se refiere al hecho es siem­pre juicio moral, y no aceptación de la ne­cesidad mecánica, es insuprimible la exi­gencia y la aspiración a la libertad. El concepto de libertad es esencialmente con­cepto de valor moral: históricamente se actúa en ciertas formas políticas o econó­micas, las cuales pueden y deben ser supe­radas como formas contingentes, pero no negadas en su principio, porque superación y desarrollo no puede ser negación de un valor, sino únicamente la negación de una parcial concepción de aquel valor, el pro­fundizar y aclarar un concepto que es esencial para el proceso de la civilización.

Y si la filosofía no es ni puede ser sino metodología de la historiografía, su come­tido consiste en sacar a luz aquellos valores que, de diversa manera y en diversa medida, se han desarrollado en la historia, que es a un mismo tiempo realidad de hechos y conciencia humana. Su cometido consiste en definir los conceptos, comprender y juz­gar la vida, llevar a ella luz de verdad, esto es, conciencia de humanidad. A menudo, se reprocha a la filosofía moderna el no ser «filosofía de estos tiempos», pero si con ese término se entiende requebrar, adular y teorizar ciertas actitudes de la vida actual como el impulso vital y el culto de lo irra­cional, es menester confesar que, hasta en sus fórmulas teóricas, esta supuesta «filo­sofía de nuestros tiempos» no es una filoso­fía, sino la vida misma en su tentativa de forjarse un ideal; y sus teorías y polémicas tienen el mismo valor filosófico de las ar­gumentaciones oratorias, válidas en la prác­tica, pero no válidas en el mundo de la verdad.

E. Codignola