El Alma y la Vida, Juan Luis Vives

[De anima et vita]. Tratado de psicología empírica des­criptiva, del humanista Juan Luis Vives (1492-1540), impreso en Basilea en 1538. Está dividido en tres libros, en los cuales el estudio de los sentidos, de las actividades intelectuales y racionales, de los sentimien­tos y de las pasiones se enlaza con el de la fisiología y el examen de los problemas filo­sóficos y éticos correspondientes. El cometi­do asignado a la psicología es el de estudiar empíricamente los hechos y los procesos del alma, partiendo del concepto de vida: en algunos seres sólo vegetativas, en otros sen­sitivas, intelectivas, racional (hombre). En ningún ser viviente falta el alma, esto es, «un principio activo esencial que habita un cuerpo apto para la vida» (definición que coincide con la aristotélica). Pero «lo que es el alma no nos interesa saberlo; nos in­teresa muchísimo «cómo es», y sus opera­ciones… y cuáles sus acciones para la for­mación de las costumbres; para que, des­echado el vicio, sigamos la virtud». La fe­nomenología sensible comprende los cinco sentidos, el sentido interno, la imaginación, la memoria, la fantasía y la estimativa: cuyo fin consiste, respectivamente en recibir, con­servar, perfeccionar y juzgar los datos sen­soriales. Aunque virtualmente múltiple, el alma es una en todo ser viviente y reside en todo su cuerpo. En el segundo libro se estudian las operaciones de la inteligencia, de la voluntad, de la memoria, de la ra­zón; sus leyes, los obstáculos que se oponen a su ejecución, etc. La inteligencia sirve para conocer lo que merece ser deseado.

Puesto que el espíritu cambia siempre el objeto de su pensamiento, es necesario cierto depósito en que conservar los anti­guos objetos al presentarse otros nuevos — como un tesoro de lo que está ausente, para reproducirlo y representarlo cuando es menester—; función de la memoria, tipos y diversos grados de la memoria. Observa­ciones acerca de la asociación de las ideas. Estudio de la razón. Los animales carecen de ella porque sería superflua ya que «por impulso de naturaleza tienden a lo que para ellos es un bien —(gran cantidad de ejemplos) — mientras que al hombre le ha sido dada para fines superiores, esto es, co­nocer, amar y servir a Dios: de lo cual son ‘incapaces los brutos»: «El genio confina con la locura» («Nullum excellens ingenium sine mania»). Diversidad de genios e ingenios: intuitivos, analíticos, prontos, reflexivos, poéticos y prácticos; lingüísticos, artísticos, matemáticos, médicos, etc. «Nadie puede alabarse de haberlo recibido todo; nadie lamentarse de no haber recibido nada». Sigue una discusión acerca del problema de la inmortalidad del alma — partiendo del principio aristotélico de que «las relacio­nes de toda cosa con su propio ser son idénticas a las relaciones con sus operacio­nes» — a la cual aporta «los argumentos que se le presentan», con observacio­nes agudas y analogías originales; por ejemplo, la que hay entre el nacimiento y la muerte. Hubiera sido desproporcio­nado un prodigio, como el de una vida humana, para tan pocos años de vida te­rrena. No se pueden disociar religión, pro­videncia e inmortalidad; quien se refiere a una, se refiere a todas. En efecto, es propio de los malvados temer una vida futura; los buenos no pueden concebir una providencia divina sino existe nada des­pués de la muerte.

No es posible que la fe en la inmortalidad, necesaria para elevarse en el camino de la virtud, sea ilusión: Dios hubiera necesitado de la mentira más que de la verdad, en su economía, para persuadir al bien. La inmortalidad no es artículo de fe, porque para persuadirnos de su existencia basta la ciencia, que no po­see para sus propias verdades argumentos superiores a éstos. Combate la doctrina de la «doble verdad», según la cual la inmor­talidad se admitiría por fe, siendo inde­mostrable por la razón. El libro III, con­sagrado al estudio de los sentimientos y de las pasiones, es el más importante, porque en él se busca la génesis psicológi­ca de cada uno, su aspecto y sus conco­mitantes fisiológicos y fisonómicos; se ilus­tra su casuística, se comenta su valor ético, y se describen los temperamentos caracte­rizados por ellos. Se desprende su clasi­ficación del deseo, o del temor, o de la aversión al bien o al mal, presente o futu­ro: conflictos y complicaciones recíprocas. Así, por ejemplo, del amor son amplia­mente descritos la psicología, los reflejos fisonómicos y el aspecto fisiológico; su in­fluencia sobre el carácter y las costumbres (transformación del débil, del perezoso, del pusilánime, etc.). Interesantes y agudas ob­servaciones y análisis hallamos en lo to­cante a su patología, los sentimientos de veneración y reverencia, favor y benevo­lencia, alegría y gozo (en el primer en­cuentro con el bien), que con su posesión se torna deleite o goce (de la inteligen­cia o de los sentidos). Así, para estos últi­mos, se observa que los goces del tacto y del gusto no son duraderos: la comida, las bebidas, el trato sexual, la música y los espectáculos, pronto hartan; lo mismo su­cede con la posesión de dinero, poder, ho­nores y gloria; mientras que los de la con­templación nos eternizan (Aristóteles).

Pero el hombre carnal no percibe los goces del espíritu. Ofrece interés especial la fisiología y patología de la risa y del llanto. «Hasta aquí del hombre: ahora de la atrocísima y crudelísima fiera», de cuyas pasiones de aversión el autor estudia los varios gra­dos, formas y consecuencias. Entre ellas la ira (fisiología y fisonomía del iracundo, causas, modos de colmar la ira: el más efi­caz, tener baja estimación de sí mismo y estar persuadidos de que casi todos los hombres juzgan injustamente las cosas, y los que nos desprecian merecen desprecio, o más bien compasión); el odio («para calmarlo hay que tomar en su mejor parte lo que hacen o dicen los demás»; su remedio: «el desprecio de las cosas, y elevar el alma a las cosas celestes y eternas»); la envidia, la venganza y crueldad (al ejecutar, por ejemplo, los verdugos —o por omisión — faltando al propio deber de justicia—, etc.); el temor, el pudor, la soberbia y la espe­ranza — lo único que queda en la caja de Pandora, imagen de la vida humana—. Por toda la obra está difundido un concepto bio­lógico de la psicología, que renueva los mo­tivos del De Anima de Aristóteles y de la Escolástica con el reconocimiento de la solidaridad de lo psíquico y lo fisiológico de lo sensible y lo racional, de conciencia y ética; de donde la denominación dada al autor de precursor de la antropología del siglo XVIII, y de padre de la psicología moderna.

G. Pioli