Disputaciones contra la astrología, Giovanni Pico della Mirandola

[Disputationum in astrologiam líbri duodecim.]. Obra publicada en 1496. La Astrología parte del supuesto que el universo celeste y terreno forman un todo orgánico. Y como los astros y el cielo son más sensibles y más fieles, en ellos es donde mejor se pueden conocer los hechos huma­nos ya acaecidos y la previsión o la causa inmediata de nuevos hechos. La afirmación del valor científico de la Astrología, que por otra parte no fue ajena al desenvolvi­miento de los estudios astronómicos, se apoya en la tradición estoica, pasada al neo­platonismo, del determinismo universal, que se difundió mucho en el Renacimiento.

Contra ella expone Pico, una serie de ar­gumentos de valor diverso. Uno de los principales es el de asegurar que los filó­sofos han condenado siempre la Astrología, que tampoco encuentra apoyo en la opinión corriente porque carece de coherencia lógi­ca y porque a menudo degenera en absur­dos y en discusiones inútiles. Además la Iglesia y la Religión no pueden tampoco estar de acuerdo con los prejuicios de la Astrología, razón por la cual la autoridad religiosa, además de la civil, la han conde­nado siempre. El argumento más fuerte es uno predilecto del autor; el de la dignidad del hombre, libre árbitro de su propio des­tino. Repugna pensar que el hombre, ser espiritual, esté fatalmente determinado por los astros que son seres materiales. Añade que, aunque acaeciera inevitablemente lo que se prevé interrogando a los astros, sería mejor no preverlo, por lo que la Astrología es una ciencia inútil.

Si Rogerio Bacon afir­ma que la Religión es compatible con la Astrología, es porque «coeli enarrant gloriam Dei et opera manus ejus annuntiant firmamentum». Pico se apoya en San Pablo que opone la Religión a la Astrología como la luz a las tinieblas. Y en fin, si el influjo de los astros es real y eficaz, ¿por qué ra­zón dos gemelos nacidos a la misma hora, o por lo menos concebidos en el mismo instante, tienen diferente destino? Eso sig­nifica que, sin duda, el influjo de los cielos es muy vago e indistinto y por tanto que no son éstos la causa de los acontecimien­tos humanos, que dependen de otros mu­chos motivos particulares.

S. Ruta