Del Uso de los Principios Teleológicos en Filosofía, Immanuel Kant

[Über den Gebrauch teleologischer Prinzipien in der Philosophie]. Escrito filosófico de Immanuel Kant (1724-1804), publicado en 1788.

¿Qué es el juicio teleológico de finalidad objeti­va? Ésta es la pregunta que Kant se plan­tea. La visión teleológica es una represen­tación simbólica que nos permite interpretar el mundo sensible en sus relaciones con el mundo ideal, como dirigido por un siste­ma de fines que tienen en éste su principio supremo. Nosotros captamos directamente sólo en nosotros mismos una acti­vidad final, como seres que obran por mo­tivos morales, y extendemos esta interpre­tación a la vida de los seres orgánicos más cercanos a nosotros y finalmente a la na­turaleza en que la ciencia reconoce un mecanismo para integrar su interpretación causal con la final. ¿Tenemos derecho a hacerlo? Si en la naturaleza hay una fina­lidad, es material, esto es, perteneciente a cosas reales, a fenómenos que no son cons­trucciones de nuestro espíritu. La existen­cia real de los fenómenos se explica por causas mecánicas o relaciones necesarias de antecedentes y consiguientes.

Explicar­los también por la finalidad es suponer que a la necesidad mecánica se añade y sobre­pone una causalidad ideal. La experiencia nos conduce a admitir el concepto de una finalidad objetiva y material, esto es, de una finalidad de la naturaleza, sólo cuando tenemos que juzgar de una relación de causa a efecto que no podemos comprender sin suponer en la causalidad de la causa misma la idea del efecto, como la condición de la posibilidad de este efecto, esto es, el principio que determina su causa a pro­ducirlo. Pero esto puede suceder de dos maneras: o se considera el efecto como una producción inmediata hecha con arte o sólo como una materia destinada al arte de otros seres posibles de la naturaleza; y por consiguiente como un fin o como un medio para la finalidad de otras causas. Esta sublime finalidad se llama «utilidad» (para los hombres) o bien «conveniencia» (para todas las demás criaturas) y sólo es relativa, mientras la primera es una fina­lidad interior de la naturaleza.

Ni cuando el hombre, gracias a la libertad de su cau­salidad,, halla las cosas de la naturaleza úti­les para sus propósitos, a menudo extrava­gantes, pero a veces también razonables, no se puede admitir aquí tampoco un fin de la naturaleza para tales propósitos (por ejemplo, el caballo para viajar) porque la razón humana hace servir las cosas para fines a los cuales el hombre mismo no estaba destinado por la naturaleza. Sólo si se admite que deben existir hombres sobre la tierra, entonces no pueden faltar por lo menos los medios sin los cuales los hombres no podrían existir no sólo en cuanto animales, sino también como seres racio­nales; pero en tal caso también aquellas cosas de la naturaleza que son indispensa­bles para tal fin deben ser consideradas como fines de la naturaleza. De este modo vemos que la finalidad exterior (la utilidad de una cosa para otra) no puede ser con­siderada como un fin exterior de la natu­raleza, sino con la condición de que la existencia de la cosa a que se refiere de cerca o de lejos sea también un fin de la naturaleza.

Pero esto no puede ser nunca demostrado por la mera contemplación de la naturaleza, y por esta causa la finalidad relativa, aunque nos haga pensar en la hipótesis de los fines de la naturaleza, no puede dar lugar a ningún juicio teleológico absoluto. La explicación causal y la teleológica pueden y deben existir sólo cuando se entiende la concepción teleológica como una visión de la realidad natural desde el punto de vista de lo suprasensible, esto es, de la razón, la cual no nos da conocimien­tos objetivos, pero nos permite vislumbrar, en una visión simbólica, la verdad más alta en torno a la realidad. Un juicio de finalidad absoluta es emitido por nosotros cuando observamos que una cosa es a un mismo tiempo causa y efecto de sí misma: una relación recíproca de causa y efecto entre sus partes. El ser organizado y que por sí mismo se organiza: he aquí el tipo del fin absoluto en la naturaleza.

Pero el juicio de finalidad nos permite compren­der las relaciones de causalidad recíproca de las partes en el ser viviente,, sin que podamos saber jamás si esta explicación es la verdadera y si la naturaleza tiene verdaderamente intenciones. Es un juicio regulador, no constitutivo ni determinante: nosotros no tenemos un concepto de la vida ni de la causalidad de sus fenómenos. El problema de la naturaleza y del sentido de la finalidad hallará más tarde su plena interpretación crítica en la Crítica del Juicio (v.).

G. Pioli