Del Bien, Sforza Pallavicino

[Del bene]. Obra filosófica en cuatro libros, del cardenal Sforza Pallavicino (1607-1667), publicada en Roma en 1644. La forma es dialogada, y en ella se intro­ducen el cardenal Alessandro Orsino, el ca­ballero Gherardo Saraceni, su gentilhombre, el literato Antonio Quarengo y el jesuita Andrea Eudemonioannes. El objeto del diá­logo es la naturaleza del Bien respecto al Ser y la Persona; a qué cosas conviene; cuál es el órgano que nos es dado para co­nocerlo. No es menester indicar qué solu­ciones ofrece el autor a todos estos proble­mas, examinados por él a la luz de la filosofía aristotélica y de la filosofía católica, e incluso, se puede decir, de los Ejercicios espirituales (v.) de San Ignacio de Loyola; pero entre el centenar de conclusiones a que llega, las más notables por ciertos ras­gos de modernidad bajo el aspecto filosófico, ético y teológico, serán señaladas aquí ais­ladamente. Él admite seis principios incapa­ces de prueba, o de sola evidencia moral, sobre los cuales se funda la opinión verdadera la mayor parte de veces. El prin­cipio de contradicción es estéril. Cinco proposiciones fundamentales que sostienen la certidumbre del discurrir humano son: que nada sale a luz por sí mismo, sino que es producido por distintas causas; «de la misma causa no pueden salir nuevas mane­ras de efectos»; si dada una cosa viene a existir siempre otra, la primera es la causa de la segunda; las causas inmediatas (ex­cepto la voluntad) de las cuales siempre en el pasado derivaron ciertos efectos, las pro­ducirán también en lo futuro; los efectos que siempre se produjeron de ciertas causas serán por ellas producidos en el porvenir. Sin estas categorías formales no se da, según Pallavicino, ninguna inducción válida. Están fundadas en la regularidad de la naturaleza y constituyen una justificación de la induc­ción. He aquí cómo el intelecto obtiene alguna nueva verdad de las relaciones del sentido.

Dios concurre inmediatamente a las operaciones de las criaturas. La permisión del pecado es honesta en Dios porque es ocasión de mayor bien que mal; ni siquiera los ateos pecan sin advertir que desplazan a Dios, conocido por ellos como Naturaleza; el hecho de que el hombre saque de todas las cosas del mundo siempre algún prove­cho no demuestra que el mundo esté hecho principalmente para él (en esto se adelanta a Hume); el hombre ha sido hecho por la Naturaleza como el más necesitado de los animales, para beneficio suyo; Dios no pue­de ser fin de tal modo que las criaturas sean medios en orden a él; todo bien no es deseable, sino en orden al deleite; el ser no es siempre por sí mismo objeto deleitable; la ciencia sí; la primera aprehensión es un bien deseable por sí mismo y el fin de la poesía; los deleites del espíritu en buena parte reciben su dulzura de algún error del intelecto; los dolores del cuerpo, dada en lo demás la paridad, son más ásperos que los del espíritu; la privación de los dolores del tacto es necesaria para la felicidad; los placeres del sentido no deleitan casi de otra manera, sino mediante algún dolor; pero la felicidad no puede consistir en ellos (se anticipa a Leopardi), y los deleites del espíritu en buena parte reciben su dulzura de algún error del intelecto; ningún estado es más contrario a la felicidad, a la virtud y a las decantadas ventajas del siglo de oro, que el del campesino: «Es verdad esta paradoja: los poderosos suelen ser mejores que los demás». La forma de todo el tratado es selecta, elegante; el pensamiento aquí y allá anuncia ya — como incidentalmente he­mos señalado— el pensamiento moderno; la erudición no es pesada, ni jamás inopor­tuna; «está dispuesta a la manera de los bailarines en la danza, y no como el pueblo en la muchedumbre». El autor, con honroso escrúpulo, advierte que, usando de una especie de anacronismo, tal vez pondrá en boca de sus personajes algún pensamiento «parto de intelectos modernos».

G. Pioli