De Vulgar Elocuencla, Dante Alighieri

[De vulgari eloquentia]. Tratado latino de Dante Alighieri (1265-1321), ideado y compuesto en los primeros años del destierro (1303-04), contemporáneo o poco anterior a la redac­ción del primer libro del Convivio (v.), don­de, desde otro punto de vista pero con evi­dente analogía de conceptos, se aborda el mismo problema de la lengua y del arte en lengua vulgar.

En la lúcida concisión de un pensamiento, que se organiza en esta obra dialécticamente sobre sí mismo con lógica y ceñida necesidad, en las actitudes estilísticas que secundan con pausas o cláu­sulas rítmicas («cursus») el giro del período y el animado tono de la discusión, este tra­tado se revela como fruto de una sólida cultura escolástica y estilística. El fin di­dáctico en que se inspira lo coloca en la línea de la retórica tradicional («eloquen­tia», «arte del decir»), e iba, según el pro­pósito de Dante, dirigido exclusivamente a los poetas provistos de cultura y de ingenio para que en sus composiciones no proce­diesen «casualiter», con pleno abandono a la inspiración, sino que la dominasen «regulariter», con magisterio de arte, señoreando al mismo tiempo la materia y lo real. Dante concibió su obra como síntesis y suma de todas las diversas experiencias de lengua y de estilo, en prosa y en verso, por las cua­les había pasado su arte; aquí la justifica en sí mismo, en su valor formal y expan­sivo; la declara e ilustra dentro del des­arrollo histórico de la lengua y de la cul­tura literaria italianas.

Con todo, aquel tra­tado, comentado con bello ímpetu demos­trativo, quedó bruscamente interrumpido a medio capítulo decimocuarto del libro se­gundo, precisamente cuando la enseñanza de la expresión de arte en vulgar («doc­trina vulgaris eloquentiae») comenzaba a desenvolverse y a concretarse con gran riqueza de argumentaciones y de ejemplos. Tal como ha llegado hasta nosotros, esta obra nos quita la posibilidad de fijar con exactitud su fisonomía particular y deter­minar todo lo que falta a su acabamiento, aun sabiendo por explícitas referencias (II, IV, 1; VIII, 8) que por lo menos se iba a extender a un cuarto libro. La primera impresión de la obra es la que cuidó Jacopo Corbinelli en París en 1577. La materia o «subiectum» que Dante pone como fun­damento a su tratado es la «locutio vulga­ris»: el lenguaje humano entendido en su universalidad, como medio de expresión y de comunicación de hombre a hombre; «naturalis» en cuanto responde a los fines in­manentes de la naturaleza humana orde­nada esencialmente a la vida social o polí­tica, pero obra del espíritu y de la libertad que se une al esfuerzo de la naturaleza y la continua en su propia finca.

Junto a la «locutio vulgaris» se coloca, pero no siem­pre, una «locutio secundaria potius artificialis»: el lenguaje de la cultura, expresión de una determinada civilización, como des­envolvimiento propiamente humano y principalmente intelectual, moral (práctico o artístico) y espiritual, en la más genérica aceptación de la palabra. Este lenguaje de la cultura se llama también «grammatica», como forma lingüística ideal que se con­quista con largo adiestramiento y asiduo estudio, imponiéndose como norma a los que, en la viva realidad del lenguaje, adquieren conciencia de su valor expresivo. Para dar sustancia de verdad a estos dos conceptos («locutio vulgaris» y «locutio secundaria»), Dante procede con razonada demostración que ocupa todo el primer libro y declara su carácter específico de intro­ducción general. El lenguaje, como activi­dad espiritual que presupone el pensamiento, sólo es necesario al hombre; no a los án­geles, que en su bienaventuranza celestial poseen una recíproca intuición de sus pen­samientos; tampoco a los brutos, que son guiados por el instinto.

Solamente el hom­bre, que es un compuesto de alma y de cuerpo, necesita de la palabra, un «signum», intelectual y sensible a un tiempo, del que se sirve para hacer presente a los demás su propio verbo interior («ratio») y despertar en los demás la misma actividad de pen­samiento, de manera que el que escucha piense lo que piensa la inteligencia del que habla. Animal naturalmente sociable, el hombre tiende a manifestarse expresando su persona moral con aquella actividad del pensamiento («forma locutionis») que fue creada junto con el alma primera. Por lo que es razonable suponer que Adán, creado en estado de gracia, fue el primero que habló y manifestó con la palabra su alegría y su gratitud hacia Dios creador. De esta misma actividad de pensamiento, que fue un don gratuito de Dios y por la cual el primer hablante se reveló espontáneamente como persona unida a Dios por amor, se sirvieron los descendientes de Adán hasta Cristo, porque el lenguaje de la gracia fuese tam­bién el lenguaje humano del Hijo de Dios. El idioma que Adán formó con sus labios entró en la corriente de la historia con la lengua del pueblo hebreo: el hebraico.

Pero aquella naturaleza orgullosa, que hizo a los hombres rebeldes contra Dios en tiempos de la torre de Babel, quebrantó la unidad espiritual de la primera familia humana. Los diversos grupos de constructores de la torre, apegados apasionadamente a sus fines particulares y subjetivos, no se entendieron ya entre sí. De este modo la primera «forma locutionis» propia de la persona moral sólo se continuó en el pueblo elegido, mientras junto a ella surgieron otras «formae locutionis» nacidas del orgullo y del egoísmo. Éstos originaron nuevos idiomas, como ex­presión común de cada una de las unidades sociales que se constituyeron vitalmente por obra de la razón. Estas comunidades se dispersaron en varias direcciones por toda la tierra; y la que se difundió en Europa trajo con ella un solo idioma, entonces diferenciado en triple variedad («tripharium»): al Norte, el alemán, con sus nume­rosos vulgares; al Sudeste, el griego; al Me­diodía, un tercer idioma, que a su vez se diferencia en los tres vulgares: de «oc», de «oil» y de «si».

Este último «idioma tripharium» no pudo haberse constituido en tiempo de la confusión babélica de las lenguas, pues se opone a tal hipótesis la co­rrespondencia de muchas voces en los tres distintos vulgares, correspondencia de la que se deduce claramente una anterior unidad. Si después observamos el vulgar de «si», lo diferenciaremos en otros vulgares particula­res. El lenguaje humano — excepto el que fue creado junto con el alma del primer ha­blante— se reconstituyó, pues, como medio de comunicación de hombre a hombre des­pués de la confusión de las lenguas; y como el hombre es un animal extremadamente inestable y mudable, su lenguaje, en cuanto efecto de la libre actividad del espíritu, continuamente se diferencia por alejamiento de tiempos y lugares, como en el tiempo y en el espacio se diferencian y transforman usos y costumbres. Para salvar esta ines­tabilidad surgieron los que determinaron las formas en que se realiza artísticamente la expresión («inventores gramaticae facullatis»), no siendo la gramática sino «cierta identidad de lenguaje inalterable en tiempos y lugares diversos». Un lenguaje literario o «secundario» en cuyas formas expresivas concuerda, como libre actividad del espí­ritu que crea, una vasta comunidad de hablantes oponiéndose al arbitrio individual.

Este lenguaje permite a los hombres en­tenderse entre sí aunque pertenezcan a regiones diversas y transmitir su pensa­miento a los descendientes más lejanos. Se aclara de este modo el concepto de len­guaje, en su universalidad de naturaleza, y el de lengua literaria o «grammatica», cuyas formas ideales, en la viviente realidad del lenguaje, coinciden con las formas históricas, Dante pasa a comparar entre sí las tres lenguas literarias (francés, provenzal e italiano) nacidas en el seno del triforme idioma de la Europa meridional. Hace notar’ acto seguido que la lengua literaria italiana, por. el hecho de los codi­ficadores del uso («gramaticae positores»), ha tomado «sic» como adverbio de afirma­ción. Con todo, reconoce a la lengua de «oil», en virtud de su fácil y agradable posición, el mérito de la prosa narrativa y didáctica; a la de «oc», como más dulce y más perfecta, la gloria de haber servido a los primeros poetas en vulgar, y a la de «si» un doble mérito: primero, porque los que adquirieron conciencia de su valor y le tomaron cariño versificaron con dulzura de acentos y con nobleza de pensamiento, como Ciro da Pistoia y su amigo (Dante); segundo, porque muestra apoyarse sobre todo en la lengua literaria («gramática»), esto es, en el latín, que es común y que supera las tres lenguas vulgares.

Con estos dos criterios, que son de arte y de mayor adherencia de las formas expresivas vulga­res a las formas literarias del latín, Dante pasa revista, comparándolas entre sí, a las variedades dialectales del vulgar itálico («vulgare latium»), individuales cada una dentro de los límites señalados por la geo­grafía y por la historia. Las variedades principales son catorce, y éstas se diferen­cian en variedades secundarias, y cada una de ellas en ulteriores variedades, hasta el punto que pasarían del millar. En medio de tanta variedad de hablas regionales, comar­cales y locales, Dante se pone en busca de una lengua que corresponda por sí misma a las exigencias de una lengua literaria que sea verdaderamente italiana («decentiorem atque illustrem Italiae loquelam»). Y aquí es donde se revela el espíritu infor­mador del tratado, el espíritu de Dante, que en el vulgar itálico, como él mismo afirma en el Convivio (I, XIII, 4 sig.), siente vibrar la vida de su alma, profundamente arraigada en la vida de su nación, y por ello en la historia del espíritu italiano.

A esta luz, y en armonía con los dos crite­rios antes fijados de estilo y de lengua, Dante examina cada uno de los dialectos italianos en la espontaneidad de sus expre­siones concretas y la particularidad de sus pronunciaciones, y los condena todos, aun­que reconociendo que a la lengua literaria de Italia se han ido aproximando todos los que se levantaron del lenguaje regional o comarcal. En primer lugar, el de los poetas de la corte de Federico II y de Manfredi, los dos príncipes que favorecieron todo cuanto en las cosas humanas es obra de la razón y de las virtudes, por lo que lo mejor que llevaron a cabo entonces los italianos salió de su Corte, y como su título era de rey de Sicilia, se llamó siciliana la primera producción poética en italiano. La perfec­ción artística Dante la reconoce a los flo­rentinos Guido Cavalcanti, Lapo Gianni, «otro» (él) y Ciño da Pistoia; a los boloñeses Guido Guinizelli, Guido Ghisilieri, Fabruzzo y Onesto; a los faentinos Tommaso y Ugolino Bucciola y a Ildebrandino da Padova. En cuanto a los dialectos septen­trionales fronterizos, Dante niega que pue­dan elevarse al habla verdadera italiana («vere latium»), a causa de su contigüidad con hablas extranjeras, porque lo que Dante busca es un lenguaje literario que sea, por sí mismo, espiritualmente italiano («latium illustre»); el cual es, existe, dando muestra de su presencia en cualquier ciudad italiana, sin ser de ninguna.

Italianidad del lenguaje, la cual es un «unum in multis»: algo que no se puede captar en su esencia simplicísima sino trascendentalmente, por medio de sus manifestaciones concretas, como se­ñales exteriores que declaran su existencia. Italianidad que se revela en las costumbres, en las disposiciones naturales y en el len­guaje de todos los italianos, constituyendo por sí misma la esencia propia de aquel vulgar «illustre, cardinale, áulico e curíale», por el cual se miden, se pesan y se compa­ran los diversos vulgares comarcales de Italia. En orden a su esencia (el «quid»), este vulgar debe llamarse «illustre» porque, sublimado por el arte, se ilumina e ilumina, esto es, se manifiesta en sus propias capa­cidades expresivas dominando los ánimos, mientras da luz de gloria a los que lo cul­tivan y se sirven de él. Son ejemplo de ella Ciño da Pistoia y su amigo (Dante). En orden a su operación, este vulgar debe llamarse «cardinal» en cuanto obra como eje o quicio (cardinale); o sea que con sus propias virtudes, como verdadero «pater familias», saca a los dialectos comarcales de su selvatiquez o incultura y los eleva a una esfera superior de cultura, que es pre­cisamente la «civilitas» italiana.

Y puesto que ese lenguaje es manifestación de «ci­vilitas», que es «forma rationis», debe tam­bién definirse «áulico» y «curíale». Esto es: «culto civil», como lo es el lenguaje de la corte («aula»), que es la casa común del reino y la gobernadora augusta de todas sus partes. Es «curíale» porque el expre­sarse civilmente es un deber que brota del propio seno de la «civilitas», la cual es vida de razón y de virtud; un deber moral que las «curias» sancionan como equilibrada norma de obrar («curialitas»), y que en Italia es dictado por su curia más alta. Verdad que en Italia no existe, como en Alemania, una curia unificada por un solo príncipe; pero existen sus miembros, los cuales están unificados por la luz de la razón natural, que es un don gratuito de Dios. Esta razón natural a la que Dante alude es aquella que actúa virtualmente en las cosas humanas, estrechando entre sí a los hombres en organismos sociales, cada vez más vastos y complejos, de la «domus» a la «civitas», del «regnum» al «imperium» (Convivio, IV, 4; Monarchia, I, 5). El vul­gar que pertenece a toda Italia y en el cual versificaron maestros ilustres de distintas regiones, es el «vulgar latium»: el len­guaje de la «civilitas» italiana; el «vulgar itálico» que Dante exalta en el Convivio (I, XII, 5), en cuanto por él se siente uni­do, en una vida que es de historia, de usos y de costumbres, «con los padres y con los propios ciudadanos y la propia gente».

Fijados los caracteres del vulgar ilustrado, Dante pasa, en el segundo libro, a hacerlo objeto de su arte del decir («eloquentia»). El vulgar ilustrado, que se puede usar tanto en prosa como en verso, exige hombres que concuerden con él por semejanza de natu­raleza y sean con él excelentes por ingenio y doctrina. Esta conformidad («convenientia») se requiere también en cuanto a los temas que deben tratarse, los cuales no pueden ser sino el máximo y el óptimo se­gún la triple naturaleza del hombre (ve­getativa, sensitiva y racional) ordenada a un triple fin: útil, deleitable y honesto; esto es: «salus, venus et virtus», proeza en armas, gozo en amor, rectitud de la volun­tad («drittura»). Tres motivos poéticos, en el primero de los cuales se distinguió Bertrand de Born, en el segundo sobresalieron Arnault Daniel y Ciño da Pistoia y, en el tercero, Giraut de Bornelh y Dante. Entre las formas métricas acostumbradas: canción, balada y soneto, solamente la primera conviene al vulgar ilustre, porque es propio del estilo más elevado o trágico; mientras las otras dos convienen al estilo mediano o cómico, debajo del cual está el estilo hu­milde y elegiaco.

Distinción de estilos san­cionada por retores antiguos, pero ligada en el Medievo a tres firmas literarias que son, por otra parte, tres actitudes de la conciencia estética. Puesto que la poesía es «invención o creación de la fantasía ex­presada en versos con bello estilo y arte musical», la canción, que es la forma lírica más noble, no debe ser compuesta «al aca­so». Debe ejemplarizarse sobre el modelo de los grandes poetas latinos, «regulares», puesto que «los grandes han poetizado con lengua y arte regular». Ideal dantesco de una poesía en vulgar «itálico», que se eleve a las alturas de la poesía clásica, imitándo­la en lo que es su principio interior («for­ma»); esto es, creando de nuevo en noso­tros mismos la actividad del poeta creador, mientras tenga la belleza de la obra como fin en sí y «supremo» («lo bello stile che m’ha fatto onore»). Mas para hacer esto son necesarios, dice, inspiración natural, férvido ingenio, largo ejercicio de arte como regulación impresa en la materia e inmediata intuición acerca de lo que debe hacerse («scientia») en el orden operativo: y por esto «hábito» o virtud de la inteli­gencia, que es propiamente la virtud de arte.

Después de haber declarado de este modo su poética, Dante pasa a tratar del endecasílabo como el verso que mejor con­viene a la canción por su duración rítmica y la posibilidad que ofrece al pensamiento, a la construcción de la frase y a la elec­ción de los vocablos. Si se le asocia al heptasílabo, y aunque lo subordine así, el endecasílabo adquiere relieve y vigor. En relación con el estilo trágico, Dante fija no sólo el tipo y el carácter de la «construcción» — organismo de la frase en que se aúnan profundidad de pensamiento y elegancia de forma — sino también los criterios de selección de cada palabra. Fi­nalmente puede exponer con abundancia de ejemplos la teoría de la canción como con­junto artístico de estrofas, la naturaleza de la estrofa y los elementos de que está constituida la música, la disposición de las rimas y el número de los versos. Pero al llegar aquí la obra se interrumpe brusca­mente.

Y con todo, aunque incompleta, de esta manera sigue siendo un documento precioso de la que fue la primera fase del pensamiento de Dante, desterrado de Flo­rencia y ahora peregrino por toda Italia. Sobre el fundamento de una viva expe­riencia y de vasta información literaria, con originalidad de investigaciones y de lógicas deducciones, él va aplicando^ a la historia del lenguaje y a la formación de los idiomas o lenguas comunes el concepto aristotélico-tomista de la «civilitas»; pre­misa de ulteriores desenvolvimientos de pensamiento, que informarán el Convivio, la Monarchia y la Divina Commedia. El sentimiento de italianidad que anima el pri­mer libro con la investigación del «vulgar ilustre», se asocia en Dante al amor de la poesía, como inspiración de orden natural que la belleza suscita: ya sea ésta la belle­za que en las cosas nos deleita como un bien del alma, ya la belleza que en la acción nos exalta como un bien de la vo­luntad: un bien moral (v. Rimas). Pero aquí Dante se destaca entre los poetas italianos como el cantor de la rectitud («dirittura») y se alaba de ello en nombre de aquel vulgar ilustre que glorifica a sus culti­vadores; una experiencia que él compren­de que tiene deber de exaltar, puesto que «por la dulzura de tal gloria» se siente su­perior a los dolores del destierro: «huius dulcedine gloriae nostrum exilium postergamus».

M. Casella

El libro De vulgari eloquentia no es una «flor de retórica», como se acostumbraba entonces, un amontonamiento de reglas abs­tractas tomadas de los antiguos, sino verda­dera crítica aplicada a su época con juicios nuevos y sensatos. La base de todo el edi­ficio es la lengua noble, áulica, cortesana, ilustre, que se halla por todas partes y no está en ninguna, de lo cual quiso dar ejem­plo en su Convivio. (De Sanctis)

[El De vulgari eloquentia] notabilísimo como ciertamente es, con todo no inau­gura, según se ha dicho, por las noticias que ofreice sobre las varias hablas de Italia, la moderna filología, nacida del moderno sentimiento histórico, ni contiene nada re­volucionario ni siquiera importante para la filosofía del lenguaje, pero es menester con­siderarlo, por una parte, como documento de la formación espiritual de la nacionali­dad italiana, y por otra, sobre todo, como documento de la formación artística de Dan­te, que en aquel libro estableció y defendió un ideal de lengua y de estilo, el «vulgar ilustre», conforme a su propio sentir, como lo fue en tiempos recientes, y con diverso sentir por Manzoni, el ideal de la «lengua viva florentina». (B. Croce)