De las Enseñanzas de la Literatura, Ferdinando Ranalli

[Degli ammaestramenti di Letteratura]. Obra en cuatro libros publicada en 1854 y, en tercera edición, con un «Apéndice de suplementos y de correcciones y rectifica­ciones», en 1863. Con la intención de ofre­cer ejemplos literarios a las escuelas de retórica, el autor fija las «máximas funda­mentales» del arte de escribir. Entendido el estilo como un ornato formal que repro­duce la vida íntima de un literato sólo por el hecho de adaptarse a una franca tradi­ción, Ranalli sistematiza con amplia inves­tigación los ejemplos que hay que conside­rar como modelos.

Entiende el purismo en su acepción más amplia (por lo que acoge, junto a los autores del «Trecento» — el si­glo de oro del idioma italiano, según el padre Cesari— a los mayores del «Cinquecento»), y con ello va contra la costum­bre de estudiar gramáticas normativas y «todos los preceptos de Bembo, de Buommattei y de Corticelli», pues «no basta po­seer las palabras selectas, sino que es pre­ciso un sentido capaz de dar aspecto, luz y actitud a las palabras, lo cual constituye verdaderamente el arte». En la exigencia de un estilo seguro, condena a quienes no se disciplinan con una larga y meditada familiaridad con los autores italianos, hasta el punto de que «no es maravilla que al agitar la pluma sobre el papel, surjan feal­dades ampulosas, más o menos horribles, como si las letras no estuviesen presididas por las musas, sino por las erinnias o las bacantes».

Después de haber estudiado el origen y la modalidad del lenguaje «pro­pio» (o corriente en su exactitud), Ranalli examina con abundancia de argumentos re­tóricos (que no excluyen los reflejos de la tradición filosófica napolitana) el «valor del lenguaje figurado» (o literario en su ele­gancia), «la adaptación o temperamento del lenguaje propio figurado» y entonces trata de «la variedad del hablar» y de la «ele­gancia», riquísimas en variaciones y ejem­plos de naturaleza esencialmente retórica. Con estas páginas termina el libro primero de la primera parte («Del arte de escribir»), «donde se trata de los elementos del bien hablar y escribir». El libro segundo, «don­de se trata de los géneros de la escri­tura y de los estilos de los escritores y del modo de aprovecharse en los estudios de las letras humanas», muestra en el autor un amplio conocimiento de las letras ita­lianas, encaminado a ofrecer modelos para todos los géneros de escritura, ya se valore la imitación de la naturaleza en la esfera de una tradición retórica que asciende a los modelos medievales y a los humanistas, ya se hable «de lo sublime, de lo mediano y de lo tenue», o se discuta sobre el género «de escritura que mejor sirve para conmo­ver, o género persuasivo» y luego «de la escritura didáctica o de enseñanza», o di­serte sobre los géneros narrativo, poético y prosaico y, en fin, de los diversos estilos y de la «imitación de los autores», peligro­sa si exagera la admiración por los mejo­res, pero necesaria para hacer «aprovecha­ble» la lectura de los libros, el ejercicio de la memoria, el ejercicio de escribir y otros similares.

También se divide en dos libros la segunda parte, «De las varias clases de composiciones», que además de una inves­tigación puramente paradigmática, demues­tra en Ranalli el fruto de largas lecturas de los clásicos, y penetra en los moldes de la retórica tradicional, sea que, para la pro­sa, hable de la oratoria y de los especiales usos de la elocuencia, sea que discuta sobre la historia (inserta entre las «composicio­nes en prosa de género narrativo»), las ins­cripciones, la novela, la novela corta, los viajes, las leyendas y luego, pasando a las composiciones de género didáctico, exa­mine el diálogo, el tratado, las historias literarias, la elocuencia académica, la epís­tola, los diarios, los diccionarios y otros similares. El autor tiene una mayor rigidez en emplear sus conceptos críticos en lo que se refiere a las composiciones en poesía, desde la lírica hasta la épica, desde la tra­gedia hasta la comedia, la sátira y los poemas científicos. Dedica un examen espe­cial a la Divina Comedia, que «reúne todos los fundamentos de la poesía», por lo cual brinda la ocasión de examinar en conjunto cuanto se ha expuesto en el curso del tra­tado.

La obra de Ranalli, aparte de algunas innovaciones al purismo tradicional, sobre todo por la manera de distinguir estiles y géneros, es la de un epígono del purismo, que tenía que ceder lentamente ante las más sencillas realizaciones artísticas de los románticos y las formulaciones críticas desde Gioberti hasta De Sanctis y las investi­gaciones históricas de Carducci y de Bartoli.

C. Cordié

La voz de Ranalli ha quedado sin eco, en el desierto; el mundo avanza y le vuel­ve la espalda y si alguien mira hacia atrás, es para bautizarle como el último de los puristas. (De Sanctis)