[Della pittura e scultura]. Lecciones de Benedetto Varchi (1503-1565), publicadas en Florencia en 1549. Fueron dictadas en la Academia florentina el segundo y tercer domingo de cuaresma de 1546, y forman parte de una serie de lecciones en la misma Academia «sobre diversas materias poéticas y filosóficas», más tarde (Florencia, 1590) recogidas en un volumen, aunque algunas de ellas todavía están inéditas.
Las otras se ocupan de la naturaleza, de la generación humana, de la generación de los monstruos, del alma, del calor, del amor, de los ojos, de la belleza y gracia, de la poética y de la poesía. Dentro de tal diversidad de temas, no resultan más precisas las lecciones de pintura y escultura. La primera es una disertación sobre el soneto de Miguel Ángel: «Non á l’ottimo artista alcun concetto»; y podría parecer una de las habituales y ociosas disertaciones de aquella abandonada cultura del siglo XVI, toda ella artificio retórico. ¿Por qué los amantes son desgraciados, si la naturaleza creada por Dios es perfecta? Varchi halla la respuesta en Miguel Ángel: la imagen yace en el mármol, y si el escultor no sabe animarla, la culpa es del escultor, no del mármol.
Y Varchi añade: lo mismo ocurre con la cosa amada; si el arte encuentra en ella el dolor, suya es la culpa, porque ignora el arte del amor. Pero sería ingenuo creer que aquella sociedad se – divirtiera con tales sutilezas. El soneto de Miguel Ángél sirve al académico florentino para hacer la apología de la escuela contra el arte. Del mármol, sigue diciendo con palabras de Miguel Ángel, pueden salir toda clase de figuras, «y sólo llega a lo bello la mano que obedece al intelecto», esto es, explica Varchi, aquel que además del arte, posee también la práctica. No sólo habla de Miguel Ángel, sino también de Aristóteles y de Platón, de Avicena y de Petrarca. La segunda lección trata de la «superioridad de las artes y de cuál es más noble, si la escultura o la pintura». Está dividida en tres «disputas»; la primera para definir el arte más noble y para establecer la medida de esta nobleza; la segunda para discutir si es más noble la escultura o la pintura; la tercera para definir en qué son similares y en qué diferentes los poetas y los pintores.
Pero esta elevada retórica (que mide la nobleza de las artes atendiendo a su fin y da la palma a la medicina, a la que sigue inmediatamente la arquitectura, y luego la escultura y la pintura porque adornan a la arquitectura, después la magia y por fin renuncia a establecer otras jerarquías, entre la astrología y la física, entre la equitación y la cinegética, entre el arte de la zapatería o el de la guerra o la música; y que entre la escultura y la pintura se somete a la autoridad de Miguel Ángel, favorable a la escultura, contra la opinión de Alberti y de Castiglioni) tiene también su finalidad: la de aprisionar al arte en la dorada prisión de una organización mundana.
R. Giolli

