De la Filosofia, Aristóteles

Obra de Aristóteles (384-322 a. de C.), des­tinada al gran público, compuesta segu­ramente poco después de la muerte de su maestro Platón (347) y conservada frag­mentariamente. Debía tener forma dialo­gada, y estar constituida por un prólogo y tres libros. Empezaba con un bosquejo del proceso histórico del pensamiento filosó­fico y religioso desde Zoroastro y los an­tiguos magos persas hasta la Academia: primer ejemplo de una historia de la filo­sofía concebida críticamente con intento de establecer con precisión su cronología. La historia del pensamiento que Aristóteles intenta en esta’ obra, parte de la idea de que, en el tiempo, renacen periódicamente, en ciclos, los mismos motivos centrales: cada ciclo tiene su inicio en una inspiración del dios Apolo, que ha iluminado a los antiguos magos, a los fundadores de la religión órfica y a Sócrates, fundador del platonismo. Por otra parte, la religión astral de Zoroastro es comparada al dualismo platónico, espe­cialmente al desarrollado en las Leyes (v.). Aunque el autor se halla todavía, en esta obra, bajo la influencia de Platón y de la Academia, se manifiestan ya señales evi­dentes de separación entre el pensamien­to aristotélico y el platónico académico.

Efectivamente, a juzgar por el modo cómo se establecen las fechas, no parece que Zo­roastro y Platón sean considerados como estadios finales o culminantes de sus res­pectivos Ciclos históricos; y el segundo li­bro de la obra contenía ya un esbozo de crítica del dualismo de la teoría platónica de las ideas. El tercer libro, en realidad, desarrolla los conceptos de una teología astral de inspiración netamente platónica, en la que, sin embargo, los astros no son ya «divinos» e «imágenes» de lo divino, sino «dioses visibles» propiamente dichos. El cielo es divino, increado e imperecedero, contra lo que dice Platón en el Timeo (v.); el éter, y no el aire o el fuego, es el ele­mento celeste: y como en los demás ele­mentos — tierra, agua, aire y fuego — viven animales, también deben vivir en el éter; estos animales, viviendo en el elemento más sutil, rarefacto y puro, deben ser velocísi­mos, inteligentísimos y purísimos; esto es, dioses; así los cuerpos astrales — o sea, los astros — son seres vivientes, que se mueven eternamente y con perfecta regularidad, no por causas mecánicas, sino por obra de sus almas, las cuales obedecen espontáneamente a su ley interior, derivada del Dios tras­cendente a cuya perfección se esfuerzan en adecuarse. En cuanto llega al «templo del Cosmos», al indagar los astros y su natu­raleza, el alma debe estar llena de un sentimiento de devoción y debe recogerse com­pletamente en sí misma.

La obra culmina con la demostración de la existencia de un Dios perfectísimo, motor inmóvil del Uni­verso, trascendente, causa final y suprema de todo el devenir natural. Tal demostra­ción se funda en la concepción, que Aris­tóteles seguirá sosteniendo, aun en su ma­durez, de que en la naturaleza todo está dispuesto por grados, de modo que las rea­lidades situadas en grados inferiores tienden a las realidades de los superiores. Debe, pues, haber en la naturaleza un Ser situado en un grado supremo, perfectísimo, al cual tiende todo el Ser: éste «podría» ser Dios. Que realmente lo es, nos lo dice una cer­teza interior, subjetiva, que nace de aquel sentido de admiración y arrebato extático que el alma experimenta contemplando el cielo estrellado y de la experiencia del po­der adivinatorio del alma, la cual alcanza su verdadera naturaleza en los momentos en que se separa del cuerpo, como en el sueño y en la proximidad de la muerte. La obra refleja una concepción metafísica todavía próxima a la platónica, aunque ya en des­acuerdo con ella: por lo tanto, no la que más tarde su autor adoptará definitivamente y en la cual hará todos los esfuerzos para superar toda forma de trascendencia. Sin embargo, la orientación teleológica es ya aristotélica, como, bajo el barniz inmanentista, seguirá viviendo en Aristóteles la vena teológica y edificatoria que informaba este escrito. Es notable, sobre todo, para la his­toria posterior de la ciencia helénica, la teologización de la astronomía, que antes de Platón y Aristóteles se consideraba, por el contrario, la más atea de todas las cien­cias; aquí nacen esos presupuestos teológi­cos de los que tanto le costará librarse a la astronomía del Renacimiento, para lle­var la ciencia de la naturaleza a su fase positiva.

G. Preti