De la Consolación de la Filosofía, Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio

[De consolatione philosophiae]. De las numerosas obras de Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio (hacia 480-524), ésta es la más interesante y universalmente cono­cida. Fue impresa por primera vez en Nuremberg en 1473; las mejores ediciones son las de Jena (1841) y Leipzig (1871). Fue es­crita en la cárcel y, por lo tanto, entre 523 y 524, y consta de 5 libros, en los que, alternándose prosa y verso, se desarrolla un diálogo entre el autor y su visitante, la Filosofía, que, mientras él está buscando en la poesía alivio a sus miserias, se le aparece bajo la figura de una mujer de venerable aspecto, con ojos llameantes y dotados de sobrehumana agudeza, arrea­da con un precioso vestido, en cuyo borde inferior está escrita una P y en el supe­rior una T. Estas letras, que sin duda sim­bolizan la división platónica de la filosofía en práctica y teórica, están unidas por pel­daños, que recuerdan el otro concepto pla­tónico complementario de la ascensión de la práctica a la teoría.

Boecio, tras identifi­car a la visitante, se lamenta de los males en que ha caído y ella le contesta que en realidad él ha tenido de la fortuna más bie­nes que males. La culpa es de él mismo, ante todo porque ha confiado en ella, que es inconstante y falsa, después porque ha atribuido valor a bienes, como la fama, el poder, el deleite, que producen desventura, no felicidad. Aquella fortuna que el mun­do juzga adversa, aprovecha, al contrario, mucho más que la próspera, porque libera al alma, elevándola a la verdad y a la virtud, a la verdadera felicidad y a Dios, aspiración suprema del pensamiento huma­no. A Dios (que evidentemente presenta aquí analogía con el concepto platónico del Sumo Bien) deben referirse todas las co­sas, y así también la felicidad y la infeli­cidad nuestras. Pero si Dios rige el mundo — objeta Boecio — el vicio debería ser siem­pre castigado y premiada la virtud. La Fi­losofía contesta que la injusticia de la dis­tribución es sólo aparente: la Providencia proporciona los bienes y los males según los méritos y nosotros lo entenderíamos si pu­diésemos conocer la causa de todo. Como las vicisitudes del mundo pueden tener ori­gen tanto en Dios como en el hado y de­ben cumplir su ciclo, así nuestra adversa fortuna puede tener origen en el hado y en Dios, el cual dará finalmente la justa recompensa. Si el mundo es regido por Dios — replica Boecio — no debería haber mar­gen para el azar.

La Filosofía le explica entonces que respecto a Dios nada está en poder del azar, pero muchas cosas semejan estarlo con respecto al hombre. La pres­ciencia de Dios, que es infalible, se conci­ba no obstante con la libertad humana. Tal como en la mente humana hay grados y modos de conocimiento superiores a otros, y que no son comunes ni a todos los hom­bres ni a los hombres y a los animales, así también hay que admitir que en la mente divina, tan superior a la nuestra, puede haber acuerdo entre la presciencia del fu­turo y la libertad humana. En nosotros mis­mos la debilidad de los sentidos no justi­fica la negación de la imaginación, ni la debilidad de la imaginación la negación del razonamiento, ni la debilidad del razona­miento la negación de la inteligencia; del mismo modo, por el hecho de que nuestra inteligencia sea débil no tenemos derecho a negar a Dios una inteligencia más alta. A la nueva objeción de Boecio, de que se disminuye la presciencia divina haciendo causa de ella las futuras acciones humanas, la Filosofía opone que «la facultad precognoscitiva de la sabiduría divina, abrazando todas las cosas, les da ella misma su propia ley, pero sin estar totalmente ligada a las cosas futuras. Cualesquiera que sean éstas, permanece inviolada para los mortales la libertad de albedrío».

Prever un aconteci­miento no es producirlo ni forzar su pro­ducción; con todo, el conocimiento ante­rior, sin necesitar los hechos, es un signo de esta necesidad. Pero cuando el cono­cimiento, en lugar de anterior, es contem­poráneo, no condiciona en absoluto lo que conoce; ahora bien, el conocimiento de Dios es atemporal: Dios ve en un presente eter­no. «Por encima de todo está, como espec­tador, Dios presciente de todos los aconte­cimientos, y la eternidad, siempre presente en su visión, se concierta con la futura cua­lidad de nuestros actos dispensando recom­pensas a los buenos y castigos a los mal­vados. No en vano se le dirigen esperanzas y plegarias, que, si son rectas, no pueden ser ineficaces. Oponeos, pues, a las culpas, cultivad las virtudes, levantad el ánimo a las rectas esperanzas, elevad al cielo hu­mildes plegarias; grande es para vosotros la necesidad de ser buenos, ya que obráis ante los ojos de un juez que lo ve todo.» Con este conmovido llamamiento, que re­cuerda el final del Fedón (v.), se cierra la obra del «último de los romanos», que du­rante todo el Medievo fue considerada co­mo la suprema expresión del pensamiento latino y se convirtió en uno de los libros más populares. Se perciben en ella ecos de la filosofía neoplatónica, especialmente de Proclo, y continuas referencias a la doc­trina estoica y especialmente a Séneca, pero, cosa extraña, no hay ninguna alusión di­recta a las doctrinas cristianas, lo que se ha querido explicar diciendo que Boecio había querido demostrar cómo, aun prescindiendo de las verdades reveladas, la razón natural es bastante para justificar una actitud fuerte y resignada frente a la desventura, dan­do así a esta justificación un valor univer­sal.

Otros sostienen que la obra es incom­pleta, otros también que es alegórica. Co­mo quiera que sea, y aunque revela una sólida fe en la Providencia, raramente ésta se identifica con un Dios personal, antes a menudo se diluye en el panteísmo; y la obra entera, aun conteniendo palabras y frases que implican un conocimiento de los escritores cristianos, podría ser atribuida a un contemporáneo de Cicerón o de Séne­ca. Ella inspiró, sin embargo, toda la lite­ratura y la filosofía cristianas de Occidente, desde el siglo VIII al XIV, hasta que su brillo palideció con el naciente resplandor del Renacimiento. En efecto, muchos ele­mentos del De consolationé serán absorbi­dos en las grandes síntesis de los siglos XII y XIII; Dante sacó de ella consuelo en los años siguientes a la muerte de Beatriz, y muchos motivos de inspiración para la Di­vina Comedia, como ya se habían inspirado en ella los poetas provenzales, y se inspi­raron más tarde el Petrarca en el Desprecio del mundo y Boccaccio en el Ameto (v.).

Para nosotros la obra tiene valor sobre todo en cuanto señala el punto de contacto entre el pensamiento del paganismo y el cristia­nismo; y fue durante siglos el vehículo por el cual la filosofía se mantuvo en occidente. [La primera traducción peninsular de la Consolación de la Filosofía es la catalana de Fray Antonio Ginebreda, divulgada en numerosos manuscritos de la segunda mi­tad del siglo XIV. La edición príncipe se publica en Valencia, 1489. De esta versión proceden las primeras traducciones caste­llanas de Sevilla (1493, 1497, 1499). La primera versión castellana directa es la de Fray Alberto de Aguayo (Sevilla, 1518), encomiada por Juan de Valdés en el Diá­logo de la Lengua. En el siglo XVII apa­recen la de Fray Agustín López (Vallado- lid, 1604) y, sobre todo, la de Esteban Ma­nuel de Villegas (Madrid, 1665), en prosa y verso].

M. Venturini

Un áureo volumen que podría haber sido compuesto por Platón o Cicerón en sus momentos de reposo. (Gibbon)

*   Una de las más conocidas versiones de la obra de Boecio es la inglesa, hecha pro­bablemente después de 897, por el rey an­glosajón Alfredo (muerto en 901), el cual, sin embargo, en lugar de hacer una traduc­ción precisa, se aprovechó de ella con el fin de poder expresar su propio pensamien­to: el título de la versión es Los consue­los de la filosofía [The consolations of philosophy]. En algunos pasajes, el rey se iden­tifica con el filósofo y se extiende sobre temas metafísicos; en otros, como en el famoso capítulo XVII, reflexiona sobre pro­blemas varios, por ejemplo, su deber hacia el Estado: «Tú sabes, oh razón, que la avi­dez y la grandeza de este temporal poder jamás me han atraído mucho, ni deseé ávi­damente este reino terreno, sino como ins­trumentos y materiales para la tarea que me fue confiada, a fin de que virtuosa y opor­tunamente pudiera guiar el poder que me fue concedido.»

El espíritu de la versión está más de acuerdo con el Cristianismo que la doctrina neoplatónica de Boecio: Al­fredo habla de Dios y de Cristo donde Boe­cio habla del «bien», del «amor» o del «ver­dadero camino»; sustituye además el tér­mino «sustancias divinas» por «ángeles». Hasta las adiciones menores son interesan­tes. Los pasajes meditativos están impreg­nados de un profundo fervor religioso. Pue­de también ocurrir que las partes que nos­otros creemos originales se basen en co­mentos o escolios latinos perdidos; en todo caso, el prefacio nos informa que Alfredo tradujo el libro «vertiendo a veces las pa­labras, a veces el sentido, como mejor supo, entre las múltiples ocupaciones de su rei­nado». Los dos principales manuscritos se encuentran en los códices Bodleiano y Cottoniano.

A. P. Marchesini