Diálogo atribuido a Platón (427-347/348 a. de C.), colocado por Trasilo al principio de la octava tetralogía, por lo que precede a la República (v.). En realidad es más bien un monólogo de Clitofón que, a petición de Sócrates, le expone las razones de su crítica a la enseñanza socrática. Sócrates — afirma Clitofón— siempre ha exhortado a la virtud, predicado la mortificación del cuerpo, con todos sus deseos, en favor del alma, que es la parte verdaderamente preciada del hombre; añadiendo que el mal es ignorancia y que la virtud se puede enseñar. Y Clitofón, admirando mucho esta exhortación y por estar muy deseoso de escuchar su continuación, se había dirigido, primero a los discípulos de Sócrates para obtener una explicación: ¿el intento de Sócrates era puramente exhortativo? O, en caso diverso, ¿cuál era el plan de enseñanza de la justicia por él celebrada como guía de la virtud? Las respuestas habían sido imprecisas; uno de ellos había afirmado, al fin, ser la justicia el arte de producir la amistad en las ciudades, una amistad que, en cuanto conformidad de pensar, fuese ciencia; pero también esta explicación era insuficiente, por ser demasiado genérica.
En cuanto a Sócrates, directamente interrogado varias veces, había hecho consistir la virtud en perjudicar a los enemigos y favorecer a los amigos, pero más tarde también había dicho que el hombre justo no perjudica nunca a nadie; de manera que Clitofón, cansado de no obtener explicaciones, se ha convencido de que, o Sócrates no sabe hacer otra cosa sino exhortar, o no quiere comunicar lo que sabe. Y él está dispuesto a dirigirse a Trasímaco o a otros, para resolver sus dudas, si Sócrates no se decide de una vez a hablar claro. Mientras que los antiguos no discutieron la autenticidad de este diálogo, los modernos han adoptado a este propósito tres actitudes esencialmente distintas: la más usual se inclina a considerarlo completo, pero apócrifo, pues parece imposible que Platón hubiese podido exponer a Sócrates a aguantar, sin réplica, un ataque tan violento; la segunda defiende su autenticidad, y la tercera, la menos frecuente, lo considera auténtico pero incompleto. Estos diversos pareceres se compensan entre sí, pues todos se fundan en argumentos plausibles, pero no perentorios. Nada definitivo puede sugerir el examen de la forma literaria del diálogo. Pero parece admisible ver, en el Clitofón, sólo el principio de un diálogo que Platón después dejaría abandonado; puesto que parece obvio pensar que ni un supuesto adversario de Sócrates se hubiera contentado con su limitado triunfo, obtenido poniendo en escena al gran filósofo y limitándose a escuchar pacientemente la larga discusión de su adversario.
G. Alliney

