Cartas a un Joven Poeta, Rainer Maria Rilke

[Briefe an einen jungen Dichter]. Son diez cartas, escritas entre 1903 y 1908 por Rainer Maria Rilke (1875-1926) a Franz Xaver Kappus, alumno de la escuela militar frecuentada años antes por el propio poeta. El joven, al enviar al autor de Mir zu Feier (v. Poe­sías juveniles) algunas de sus poesías, las acompañó con una carta en la que le abría su alma como nunca había hecho con nadie. Rilke contestó, y así dieron principio estas cartas que, separadas del «corpus» del epis­tolario rilkiano, fueron publicadas en 1929. Cartas que figuran entre las más bellas de las muchas que Rilke escribió y consti­tuyen un breviario espiritual de valor in­estimable. El joven se dirigió al poeta para pedirle su opinión sobre sus poesías y para que le confirmara en su vocación. «Nadie — responde Rilke — puede darle consejo ni prestarle ayuda. No hay más que un medio: penetre en sí mismo y pregúntese por la necesidad que le impulsa a escribir… Confiésese a sí mismo: ¿moriría si no se lo de­jaran hacer? Y si puede contestar a una pregunta tan grave con un fuerte y sencillo “Debo hacerlo”, entonces construya su vida según esta necesidad». Rilke afirma, ade­más, la necesidad de desconfiar de la iro­nía; de juzgar las obras de arte, hechas de una soledad infinita, sólo con el amor; de dejar a los juicios su desarrollo propio si­lencioso; de considerar los problemas como estancias cerradas, como libros escritos en una lengua desconocida, que por lo tanto hay que amar por sí mismos, sin apresurar ninguna solución. Junto a la cuestión del arte y en conexión con ella está la cues­tión sexual: como en otro tiempo la Dio- tima (v.) del Banquete (v.) de Platón, Rilke afirma que «sea del espíritu o de la carne, la fecundidad sólo es una», y que «la voluptuosidad de la carne pertenece a la vida de los sentidos como la mirada límpi­da, como el puro sabor de un fruto sobre nuestra lengua.

Es la oferta que nos brinda un conocimiento sin límites, un conoci­miento de todo el universo, el conocimiento mismo…». También en estas cartas se halla enunciada la concepción rilkiana de un fu­turo en que los sexos se complementarán: «La gran renovación del mundo consistirá sin duda en esto: el hombre y la mujer, libres de todos sus errores, de todas sus dificultades, ya no se buscarán como seres opuestos… Unirán su humanidad para so­portar juntos… El amor ya no será el co­mercio de un hombre con una mujer, sino el de una humanidad con otra… Será aquel amor que preparamos: dos soledades que se protegen, se completan, se limitan, inclinándose una hacia la otra». Es también con­tinua la exhortación de Rilke a la soledad, vista como único medio de lograr la ma­duración de sí mismo, de la propia vida y de la propia muerte: como único camino para llegar a Dios: «Sabemos pocas cosas, pero que debemos atenernos a lo difícil es una certeza que no nos debe abandonar. Como en la muerte — que es difícil —, en el amor — que también es difícil — el que proceda gravemente no tendrá el socorro de ninguna luz, de ninguna respuesta pre­parada de antemano, de ningún sendero previamente trillado… En la medida en que estamos solos, el amor y la muerte se pa­recen». [Trad. de A. Assa Anari (Barce­lona, 1949)].

G. Zampa