Astronomía Nueva [Astronomía nova, seu physica coelestis tradita commentariis de motibus stellae Martis ex observationi- bus G. V. Tychonis Brahe], Armonía del Mundo [Harmonices mundi libri V], Epitome de la Astronomía Copernicana [Epitome astronomiae copernicanae ], Tablas Rodolfinas [Tabulae rudolphi- nae]., Juan Kepler

Son las obras más importantes, mutuamente relacionadas, de Juan Kepler (1571-1630), publicadas respectivamente en Praga en 1609, en Linz en 1619, en Linz y en Francfort en 1618-1621, en Ulm en 1627. Todas las obras de Kepler han sido reco­gidas en una edición completa, incluyendo la correspondencia y una vasta bibliogra­fía, bajo el título Johannis Kepleri Opera Omnia, impresa en Francfort del 1858 al 1871. Desde el primer momento, el planeta Marte pareció a Kepler el más adecuado para revelar los movimientos de los cuer­pos del sistema solar, en especial porque sobre esta materia se disponía de las nu­merosas observaciones de Tycho Brahe. Como no era posible admitir que estas ob­servaciones estuviesen erradas en más de una cierta cantidad, Kepler comprendió que la órbita de Marte no podía ser circu­lar y, tras largas y pacientes fatigas, en­contró que «el radio vector heliocéntrico del planeta, barre en torno al sol áreas pro­porcionales a la unidad de tiempo».

Esta es la ley de las áreas, conocida con el nom­bre de «segunda ley de Kepler», si bien en orden cronológico es la primera. En cuan­to a la órbita exacta del planeta, primero pensó que se trataba de un óvalo aplasta­do, luego se convenció de que era una elipse, formulando entonces su primera ley: «la curva descrita por cada uno de los pla­netas es una elipse en la que el Sol ocupa uno de los focos». La historia completa so­bre esta investigación, con los resultados obtenidos, mezclados con numerosas digre­siones, está expuesta en la Astronomía Nova, la principal obra de Kepler, que ya deja entrever la ley de la gravitación uni­versal. Explica, en efecto, que debe existir una fuerza desconocida además de la atrac­ción terrestre y que, por esta fuerza, dos cuerpos cercanos que se hallen fuera de la esfera de atracción de un tercer cuerpo de la misma naturaleza, se atraen en razón di­recta de sus masas, y que si la luna y la tierra no estuviesen sostenidas en sus ór­bitas respectivas por «alguna fuerza vital, u otra, deberían precipitarse la una sobre la otra». Kepler intentó establecer una re­lación entre la gravedad terrestre y la fuer­za de atracción que el sol ejerce sobre los planetas. Pero después se desvió suponien­do una analogía entre la atracción universal y la magnética. La tercera ley se halla ex­puesta en Harmonices mundi, dedicada al rey de Inglaterra Jacobo I, a la que puso este título porque el autor creía que la re­lación entre la velocidad afélica y la perihélica, o sea, la relación entre las velo­cidades extremas de cada planeta, debía ser armónica en el sentido musical; así, por ejemplo, para Saturno hallaba que debía ser la tercera mayor (4:5), para Júpiter, la tercera menor (5:6), y así para los demás. Esta música celeste sólo puede ser oída desde el sol.

Pero en medio de éstas y otras divagaciones, expone su «tercera ley» en esta forma: «los cuadrados de los tiempos de las revoluciones de los planetas en tor­no al Sol, son entre sí como los cubos de sus distancias medias al Sol». También aquí alcanzó la victoria la tenacidad de Kepler, y con razón expresa en nobles y exaltadas palabras su gran entusiasmo, en las páginas donde expone sus resultados finales. Estas leyes permiten deducir la posición de cada planeta en el plano de su órbita respecto al Sol y a la dirección perihélica, por la cual se suelen ahora contar las anomalías, en tanto entonces se prefería contarlas por la dirección afélica. Todo esto, que derivaba de las investigaciones de Copérnico, de Galileo y suyas, está recogido en su atrayente obra titulada: Epitome Astronomiae Copernicanae, notabilísima también tanto por el desenvolvimiento que se da por primera vez a la «astronomía física», como por exten­der al sistema de Júpiter las leyes por él descubiertas de regulación de los movi­mientos de los planetas. La primera de una serie de efemérides calculadas por estos principios va dedicada a Napier y a Mer- chiston porque en ella utilizaron estos as­trónomos por primera vez los logaritmos que a partir de entonces se difundieron rá­pidamente en alemania.

Sobre la base de sus tres leyes, Kepler pudo calcular exacta­mente la órbita de Marte, y la de los de­más planetas, terminando así una serie de tablas ya iniciadas por Tycho Brahe, que las quería llamar «Rudolphinae» en honor de su protector Rodolfo II. Kepler las com­pletó, conservando el nombre, y tras varias dificultades pudo publicarlas en 1627. Son éstas las primeras tablas celestes fundadas en la nueva hipótesis heliocéntrica del mo­vimiento elíptico. Con esta obra, Kepler, que por ella se sitúa junto a Copérnico, Galileo y Newton, abrió el camino a la nueva astronomía, que después de él estuvo en condiciones de hacer, gracias también a los medios instrumentales que él mismo per­feccionó, rápidos e importantes progresos.

G. Abetti