Arte Poética, Paul Claudel

[Art poétique]. Conjun­to de tres tratados del poeta francés Paul Claudel (1868-1955), publicado por primera vez en el año 1907. El primer tratado, Co­nocimiento del tiempo, había aparecido en China en 1904 y estaba fechado en Kouliang el 12 de agosto de 1903. El segundo, Tratado del conocimiento del mundo y de sí mismo, aparece fechado en 1904, en Foutchéou. Finalmente, el tercero, Desarrollo de la iglesia, había sido escrito en Francia, por los meses de abril a julio de 1900. Es­tos tres tratados se incluyen entre la pri­mera y la segunda parte de la primera de las Cinco grandes Odas, «las Musas». En la existencia de Paul Claudel, este período fue particularmente trágico y desgarrado, sin que, por otra parte, nada de esto se deje traslucir en los tratados, que asumen una forma estrictamente didáctica. De este pe­ríodo data la Crisis del mediodía (v.). El primer tratado, así como los diferentes ar­tículos del segundo, que destacan del resto por su importancia y extensión, van pre­cedidos de «Argumentos» analíticos, donde se resumen los principales temas y la mar­cha del pensamiento. El título global Arte poética es expresión que no debe tomarse en el sentido horaciano o en el de Boileau.

La traducción alemana de Robert Grosche, Ars poética mundi, responde mucho mejor, con su título latino, al contenido de la obra, que, en realidad, trata de apreciar la creación tal como ha salido de las manos del divino Poeta (creador, hacedor) y tal como puede apreciarla, en suma, un colega. De aquí, que el conocimiento poético di­fiera radicalmente del científico o del metafísico. Claudel comienza por el «conoci­miento del tiempo», es decir, de ese mo­vimiento perpetuo y circular que anima el conjunto de la creación visible, del que los hombres se sirven para marcar el tiem­po, y que pone de relieve la insuficiencia de la creación, cuyo testigo y cantor a la vez es el hombre. Si algo de lo que pasa, de lo que transcurre, fuese suficiente, no transcu­rriría, no pasaría en modo alguno. Ahora bien, no sólo ese algo pasa, transcurre, sino que para «ser» tiene necesidad de todo lo demás. El conocimiento del tiempo es, en principio, el conocimiento de esta simulta­neidad total que hace, por ejemplo, que a la misma hora en que Napoleón perdía la batalla de Waterloo, en el Océano índico un pescador de perlas emergía de su pro­longado buceo. En una hora dada se en­cierran, a la vez, todas las horas y el poeta se esfuerza en percibir esta hora integral que, al mismo tiempo, es una hora única, empresa fabulosa que jamás logrará alcan­zar. Acabando este primer tratado, Claudel escribe: «Nada me resta por añadir salvo este discurso surgido en el silencio y la ignorancia, donde, sola, no puede resolverse esta última pregunta: en fin, el sentido, ese sentido de la vida que llama­mos el tiempo, ¿qué es, pues? Todo movi­miento — ya lo hemos dicho — es desde un punto y no hacia un punto; de él es de quien surge la señal de partida y a él a quien se liga toda la vida extendida sobre el tiempo, como arco que, sobre la cuerda, inicia y acaba su curso. El tiempo es el medio ofrecido a todo lo que habrá de ser, a fin de no ser ya; es la invitación a morir, a desintegrar toda frase en el ajuste expli­cativo y total que consume la palabra ve­nerante al oído de Sigé el Abismo».

El segundo tratado descansa, en parte, sobre un juego de palabras que ya arranca de su mismo título: «conaitre» (conocer), es «conaitre», o sea nacer («naitre») con. Na­cemos, existimos, en cierta relación con todas las demás criaturas, de suerte que, de un extremo a otro de la creación, no cesa de haber continuidad. Tenemos intereses co­munes con una inmensa serie de existen­cias complementarias, y la vocación del poeta estriba precisamente en captar estas concomitancias, origen y justificación de toda metáfora. El tratado aparece dividido en cinco capítulos; el primero se ocupa del conocimiento en general, el segundo del de los seres vivos, el tercero del intelectual, el cuarto de la conciencia, es decir, del co­nocimiento del hombre sobre sí mismo y, finalmente, el quinto de este conocimiento del hombre después de haber ocurrido su muerte. Quedaría fuera de lugar tratar aquí de analizar en detalle esta suma poética en la que se encierran todos los principios de la poesía claudeliana. Una cita bastará para sugerirnos el tono de la obra: «Paciente lector, rastreador de huellas equívocas, el autor que hasta aquí te ha conducido es­grimiendo sus argumentos, como hacía Caco con las bestias robadas que arrastraba hasta su caverna, te invita al sosiego. ¡Qué es­curridiza es la cola de la vaca bicorne! ¡Vuelve el animal maltratado a su legítimo establo y que él te remunere con los col­mados dones de la leche y del estiércol! Para mí, las manos libres; recupero la pipa y el tambor, y cierro tras de mí la puerta de la Logia de la Medicina. ¡Cómo! ¿Que yo le prometí proporcionarle el conoci­miento de sí mismo, cuando, para eso, bas­ta esa mano que cierra al extremo de su brazo?» El tercer tratado, menos impor­tante, es una especie de aplicación de los principios planteados a un caso particular, el desarrollo de la iglesia; no de la iglesia como comunidad de fieles, sino de la man­sión en donde se reúnen.

Claudel compara y opone la iglesia cristiana al templo pa­gano; éste era la morada del dios, celosa­mente cerrada a los fieles que se reunían a su alrededor y no en el interior, en tanto que aquélla es una encrucijada de caminos, un lugar de reunión y de comunión. No se sabría alabar suficientemente la importan­cia del Arte Poética, no ya en relación a la obra de Claudel, sino también con respecto a la evolución de la poesía contemporánea. Aquí están las lecciones de Mallarmé, los ejemplos de Rimbaud, todo el esfuerzo poé­tico que desde Baudelaire desemboca en una visión cósmica que se corresponde, al mismo tiempo, con la de la filosofía escolástica, ya que Claudel había leído y meditado larga­mente a Santo Tomás de Aquino antes de escribir su obra. El estilo es una mezcla sabrosa y única de un didactismo harto seco, a veces, y arranques poéticos que de súbito interrumpen, inician o acaban el pá­rrafo. Las enseñanzas del Arte poética se nos aparecen, en otra forma, en las Cinco grandes Odas y es imposible compren­der a fondo los procedimientos dramáticos de Claudel, si no se ha meditado sobre el Arte Poética, cuya estilo, por otra parte, se asemeja al de los poemas del Conoci­miento del Este, escritos por la misma época o un poco antes. El Arte poética es, a la vez, la obra más densa y, en opinión de la mayoría, la más importante del autor del Escarpín de raso (v.)