Arquitectura de Vitruvio

[De Archi­tectura]. Obra en diez libros de Marco Vi­truvio Pollión compuesta probablemente hacia el 27 a. de C.; es el único tratado orgánico de su género que la antigüedad nos ha transmitido. El texto que tiene el carácter manual de resumen y divulgación, y refleja los procedimientos de la arqui­tectura romana durante el último siglo de la república, es a veces incompleto y oscu­ro. El autor, anciano ya y enfermo, dedica la obra a Augusto, su bienhechor. El li­bro I comienza por consideraciones acerca de las cualidades y de los deberes del ar­quitecto; acerca de la naturaleza de la ar­quitectura, entendida como ciencia y como arte y de sus varios aspectos; la «aedificatio» implica, en efecto, la construcción de edificios públicos, clasificados según su ob­jeto sea la «defensio», la «religio» o la «opportunitas»: y la construcción de edifi­cios privados «gnomónica», «machinatio». Luego alude al problema urbanístico; elec­ción de lugares propios para la fundación de ciudades; trazado de las calles; cons­trucción del recinto de murallas defensivas; distribución de los edificios dentro del re­cinto. En el libro II, después de indicaciones históricas acerca del desarrollo de las construcciones de los primeros tiempos de la humanidad, Vitruvio trata de la elec­ción y el uso de materiales de construc­ción y de las estructuras murales, con ejemplos prácticos de aplicación en obras romanas y griegas. En el libro III el autor describe los diversos tipos de templos dan­do normas de proporción y de simetría para las planimetrías y para cada una de sus partes, y ocupándose en particular de los de orden jónico. La columna asume en su concepto importancia capital en relación con las proporciones del templo que están concebidas matemáticamente. El libro IV trata de templos dóricos, corintios, tosca- nos, con preceptos técnicos y rituales de construcción. El libro V está dedicado a los edificios de utilidad pública; el foro, la basílica, el erario, la cárcel, la curia, los teatros, los pórticos, los baños, la palestra y los puertos.

Vitruvio se confirma como experto técnico donde trata de los teatros y de los puertos y hasta se encuentra inno­vador cuando cita y describe sumariamente una obra suya: la basílica de Fano. En el libro VI, discurriendo acerca de los edifi­cios privados, Vitruvio se libera de los tratadistas griegos y piensa las razones técnicas y las diferencias de clima y de costumbres que han determinado disposi­ciones diversas en los edificios privados griegos y romanos. En el libro VII el autor da preceptos prácticos para el acabado (en­jalbegados, pavimentos, decoraciones escul­pidas y pintadas), que confieren a los edi­ficios «venustatem et firmitatem». Estudioso de hidráulica y constructor de conductos hidráulicos, Vitruvio trata en el libro VIII también de estas materias. Siguen en el libro IX problemas geométricos y astronó­micos aplicados a la «gnomónica». Final­mente, en el libro X, volviendo a basarse en los griegos, el autor habla de mecánica y de máquinas de paz y de guerra. El pen­samiento de Vitruvio se inspira en concep­tos de racionalismo aritmético de origen pitagórico complicados con principios prác­ticos. En efecto, en su juicio interviene continuamente el elemento de la experien­cia, en el arte de construir. Desde un, punto de vista teórico sus ideas son algo confusas y su interpretación de algunas categorías sobre las que el autor parece fundarse no tiene nada de segura («ordinatio», «dispositio», «distributio», «euritmia», «simmetria»).

El tratado tuvo suerte variada a través de los siglos, pero no ejerció una verdadera acción sobre el pensamiento artístico hasta León Battista Alberti (siglo XV) y los tra­tadistas del Renacimiento; y tuvo, gracias a la imprenta, vastísima difusión (edición príncipe: Roma, 1486). Sobre todo en el siglo XVI, la fama de Vitruvio se elevó aún más allá de los méritos reales de su obra; adquirió valor de rígido canon de la ar­quitectura antigua y, como tal, fue enten­dida en su contenido normativo. C. Selvelli

*    La más famosa traducción italiana del tratado de la Arquitectura de Marco Vitrubio Polión es la de Cesariano (1483-1543): Di Lucio Vitruvio Pollione e Cesare Augus­to de Architetture… translato in vulgare sermone commentato et affigurato da Cesa­re Cesariano, cittadino mediolanense, professore d’architettura, etc. Fue publicada en 1512, en Como, con adiciones arbitra­rias de Benedetto Giovio y de Mauro Bono. Ésta difiere de las precedentes ediciones, no sólo por su rica presentación tipográfica, sino por representar el primer ensayo de traducción en lengua italiana del tratado, y por la amplitud de su comentario. En cuan­to a la lengua, le fueron reprochadas su premiosidad y su oscuridad. A pesar de sus defectos, la edición está realizada con buen método, y revisada sobre los códices; de manera que constituye un notable progreso con respecto a las precedentes. Además, su comentario muestra la vasta erudición de Cesariano, con frecuentes citas de los clá­sicos, especialmente de Plinio. Sobre todo vale por las múltiples informaciones auto­biográficas que iluminan de rechazo el am­biente artístico lombardo, que había en los comienzos de Bramante, a quien Cesariano llama su maestro. El comentador no se de­tiene sólo en los monumentos arquitectóni­cos con referencias a edificios de Parma, Plasencia, Pavía, Trezzo d’Adda, etc., sino que recuerda también obras de arte figura­tivo. La noticia acerca de las pinturas de Pisanello en el castillo de Pavía, luego des­aparecidas, reapareció más tarde en el Anó­nimo Morelliano, que trata vastamente de él Por otra parte, un localismo muy fer­voroso impulsa al autor a valorar exce­sivamente a los artistas lombardos contem­poráneos considerados por él «iguales a los antiguos». La edición vitruviana cuidada por Cesariano tuvo vastísima influencia en las que siguieron, hasta que la célebre traduc­ción veneciana de Daniele Barbaro vino a constituir una verdadera superación de la de Cesariano. Entre las demás traduccio­nes, numerosísimas, son notables las de G. B. Caporali (Perugia, 1536), del citado Barbaro (Venecia, 1556, después reimpresa), las de Rusconi (Venecia, 1590 con 160 lá­minas), y de Galiani (Nápoles, 1758). La primera traducción castellana es la de Mi­guel de Urrea (Alcalá de Henares, 1582). La mejor, cuya edición es una obra maestra de la tipografía española, la de José Ortiz y Sanz (Madrid, 1787).

C. Baroni