Apocalípticos e integrados (Umberto Eco)

 

A Umberto Eco se le conoce por estas tierras, en líneas generales. Todos hemos leído “El nombre de la rosa” para poder decir después lo buena novela que es (y, efectivamente, lo es). Incluso la hemos comprado en edición barata en alguna feria del libro del parque. “El péndulo de Foucault” ya es menos leído, pero quien más quien menos sabe que después de las primeras cincuenta páginas volando agarrados al péndulo como un auténtico Pinito del Oro de la postmodernidad literaria, encontraremos una gran novela con templarios y ordenadores a partes iguales. “La isla del día de antes” es más propia ya de científicos (a mi me costó grandes esfuerzos, la verdad, y me aburrí soberanamente entre tanta agua y tanto reloj… ¿acaso estaremos más agarrados a la pata de la vida si tenemos más relojes cerca?). Luego ha parido “Baudolino”, libro excelente.

Bien, ya que todos conocemos las novelas de Eco como si las explicarámos en clase a alumnos locos por no oírnos, quiero “hacerme Eco” de otra obra suya que se conoce algo menos, pero que también se cita cuando uno se quiere poner pedante, que es “Apocalípticos e Integrados” (por cierto, lo triste del eco es que repite nuestras mismas tonterías, no es innovador…). En ella, además de otras variadas reflexiones, maravillosas para que un pedante las arroje a la cara de su incauto oyente, define el modo de enfocar la cultura tanto del apocalíptico como del integrado: el apocalíptico tiene la impresión de que, culturalmente, todo se cae, que ni la novela ya es lo que era, ni la poesía, ni la cultura en general. Nada levanta cabeza desde hace siglos. En el fondo, entiende la cultura como un reducto de elites y es un nostálgico de esas épocas en que la cultura estaba en los monasterios y en cuatro bibliotecas particulares. La cultura nos separa de las hordas iletradas (¡Ortega, ven a mi!), la generalización es encanallamiento y Gutenberg un traidor (nota molesta: cuidado con la nostalgia, que puede hacernos añorar tiempos que nunca existieron). Cuentan de D’Ors, el Xenius de España y Cataluña o al revés, que cuando dictaba una carta a su secretaria (éstos tenían secretaria siempre) le pedía que la leyera y le preguntaba “¿la entendió usted, señorita?”. Cuando la chica contestaba que sí, el Xenius, muy serio, comenzaba a dictar otra que sustituyera a la anterior. Por supuesto, ininteligible. ¿Sus palabras al alcance de cualquiera? No, degradarse lo justo, no más. Entronca con el comentario típicamente apocalíptico de que un libro científico o poético, si lo entienden demasiados lectores, no puede ser bueno.

El integrado considera que lo que se entiende por cultura de masas también es cultura: el cómic, la música que no es clásica, etc., y está más a favor de crear bibliotecas públicas que de criticarlas por sus escasos fondos. Es una actitud ante la vida. Eco está con el integrado. Yo también. Aunque debemos ser integrados lúcidos, pues de lo contrario acabaremos comulgando con ruedas de molino y tragándonos sapos culturales de considerable tamaño. Así, además de una actitud favorable a la difusión de la cultura a los más amplios sectores sociales (que no es degeneración cultural, que no…), hay que predicar con la actitud.

Por otra parte, si pensamos racionalmente, podemos llevarnos sorpresas: por ejemplo, nadie en su sano juicio literario nos criticará por llevar a Tolstoi debajo del bracete por el paseo marítimo y, de vez en cuando, incluso, abrir el libro y leer algo, para dar ejemplo al tendido. Bien. ¿Y acaso las novelas de Tolstoi, además de suponer un impresionante fresco histórico, no vienen a ser, en su afán por reflejar la sociedad rusa y sus sentimientos, excelentes dramones bien escrito, bastante parecidos a lo que en el fondo pretende cualquier culebrón televisivo, realizado con menos medios y asento de ayá, m’hijita? Pensémoslo: ¿qué es mi admirada Anna Karenina sino un hervidero de pasiones y convencionalismos sociales?. ¿Acaso la Doña Flor de Jorge Amado no dio para un culebrón de muchos capítulos sin que la patética serie repercutiera negativamente en la novela? Posiblemente animara a alguien a leer la novela. Eso está bien: es mejor cultura que divulgación cultural, de acuerdo, pero es mejor divulgación cultural que nada.

Habrá límites, claro: no podemos medir por el mismo rasero a Georgie Dann y a Manuel de Falla, o comparar la canción de Dinio con la música de su paisano Silvio Rodríguez, por poner ejemplos más actuales. El integrado corre el riesgo de comulgar con ruedas de molino a nada que se distraiga. Debemos asumir la responsabilidad de no caer en ello, por muy integrados que seamos. Es un deber que debemos asumir cada mañana.

El otro día, sin embargo, me puse apocalíptico yo también y escribí un versito titulado “En breve espacio de tiempo”. Decía así: “Las Autoridades Sanitarias advierten / de que la reflexión, / cuando es demasiado intensa, / y las inquietudes intelectuales en general / perjudican seriamente a la salud”. / Acabaremos encontrando este recordatorio / en cada libro. / Al ritmo que vamos…”. Y es que tampoco se puede ser integrado sin interrupción, después de lo que uno ve a veces…

Antonio José Quesada Sánchez
Rebelión

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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