Vida de Santa Teresa de Jesús, Teresa de Cepeda y Ahumada

Obra de Santa Teresa de Jesús (Teresa de Cepeda y Ahumada, 1515-1582) escrita en­tre 1561 y 1565, y conservada en un manus­crito autógrafo de El Escorial; apareció impresa por vez primera, junto con otras obras suyas, en 1589 en Salamanca, en una edición preparada por fray Luis de León.

Conocida generalmente por el Libro de la Vida, entre los muchos títulos que le dio la autora, tenía preferencia por el que apa­rece en una carta a don Pedro de Castro: De las misericordias de Dios. La misma Santa confiesa en el prólogo —«…para que con toda claridad y verdad yo haga esta relación que mis confesores me man­dan» — que la escribió por obediencia, pero aún no sabemos con seguridad ni el motivo ni el nombre del consejero. Parece que el primero en moverla a tal acción fue el padre Ibáñez, pero intervino también el consejo del inquisidor don Francisco de Soto y Toledo. El libro estaba terminado en 1562, pero su arreglo y corrección la ocupó hasta 1565. Circuló manuscrito por numerosas manos, no sólo entre religiosos y letrados, sino también entre las grandes damas de la corte, hasta que vino a parar ante el tribunal de la Inquisición. Exami­nado por varios censores y tras un informe del gran teólogo padre Domingo Báñez, que sólo encontró un defecto, el gran número de apariciones y visiones, fue considerado de «doctrina muy segura, verdadera y pro­vechosa».

No se trata de una autobiografía al modo de las memorias y recuerdos que aparecen en las letras actuales; se aparta de ellas en que por encima del relato perso­nal o histórico encontramos las observa­ciones de carácter piadoso y la confesión de la propia experiencia religiosa; en rea­lidad sigue la línea de las Confesiones (v.) de San Agustín. En el prólogo la autora señala los tres puntos de que trata la obra: el relato de «mis grandes pecados y ruin vida», los favores que el Señor le concedió y la detallada descripción del modo de oración. Hay que señalar que la obra, por es­tar escrita antes, no habla de los últimos veinte años de su vida, los más importantes, y sólo llega hasta la primera fundación. Pese a las abundantes digresiones de carácter devocional, el crítico alemán Pfandl ha señalado que todo cuanto allí se narra «aparece tan íntimamente unido con el constante ajetreo de su existencia, se pre­senta con tanta gracia y sencilla naturali­dad, en un tono familiar tan desenfadado, entretejido con tantos episodios y sufri­mientos, empapado de tan buen sentido, que la plasticidad de los acontecimientos junto a la descripción de los fenómenos religiosos adquiere la forma encantadora de una novela de apariencia autobiográfi­ca».

La obra está dividida en cuarenta ca­pítulos; la relación de la vida se rompe dos veces. La primera, del capítulo XI al XXII, resulta un verdadero tratado de la oración, en el que habla de los cuatro gra­dos de la oración; la otra, más corta (capí­tulos XXIV al XXXIX), es una larga disqui­sición sobre los medios de que se vale Dios para hablar al alma, a la que aporta su propia experiencia. Los capítulos XXIII y XXX, en que reanuda el relato, están titulados con frases muy parecidas: «En que torna a tratar del discurso de su vida», «Torna a contar el discurso de su vida». El libro es de gran interés para el estudio del fenómeno místico por recoger descripciones apasionadas de sus experiencias en el ca­mino hacia la unión divina, éxtasis, visio­nes, etc. El interés literario reside en la forma casi ingenua y lograda con que apa­recen combinadas las más elevadas expe­riencias y teorías místicas con anécdotas superficiales de su vida diaria, pero con todo es el estilo lo que le da su merecida categoría estética.

Santa Teresa no necesita forzar nunca su expresión; al escribir re­chaza todas las técnicas retóricas, escribe como habla; la palabra es un medio de acceso a su interioridad y al mismo tiempo le permite verter ésta al exterior; su obra no tiene otro fin que mostrar al lector el contenido de un alma, la «totalidad vital» que la agita: de ahí la perfectísima con­junción de los dos planos, el del conte­nido y el de la expresión, el del significado y el del significante.

La M. Teresa, en la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza y claridad con que las trata excede a muchos ingenios, y en la forma del decir y en la pureza y facilidad del estilo y en la gracia y buena compostura de las palabras y en una elegan­cia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ello se iguale. (Fray Luis de León)

Su estilo es llano, sencillo y casero y jun­tamente alto, misterioso y divino. (Fray Jerónimo de San José)

No hay en el mundo prosa ni verso que basten a igualar, ni aun de lejos se acer­quen a cualquiera de los capítulos de la Vida; autobiografía a ninguna semejante, en que con la más peregrina modestia se na­rran las singulares mercedes que Dios le hizo y se habla y discurre de las más altas revelaciones místicas con una siencillez y un sublime descuido de frases que deleitan y enamoran. (Menéndez Pelayo)

La Vida de Teresa, escrita por ella misma, es el libro más hondo, más denso, más pe­netrante que existe en ninguna literatura. (Azorín)