Simposio o de la virginidad, San Metodio de Olimpo

Es el principal escrito de San Metodio de Olimpo, obispo mártir bajo Maximino Dacias, en el año 311. La figura de San Metodio es una de las más carac­terísticas y más interesantes del episcopado oriental en vísperas de la conversión de Constantino. Su profunda y perseverante fe milenarista, esto es, su creencia en que Cristo había de volver triunfante del Cielo, para inaugurar sobre la tierra transfigurada un reinado de mil años de bienaventuranza no sólo espiritual sino también sensible, ha comprometido su memoria.

Eusebio, que llama a uno de los principales representan­tes del milenarismo en el siglo II, Papías de Gerapolis, corto de inteligencia, no se digna siquiera nombrar en su Historia ecle­siástica (v.) a este obispo anatolio contem­poráneo suyo, tardío secuaz de Papías. Y también la transmisión manuscrita de las obras de Metodio ha sufrido la consecuen­cia de ello. Nos hablan de él San Jerónimo en el De viris illustribus (V. Hombres ilus­tres), y el historiador eclesiástico Sócrates, los cuales nos dicen que fue escritor agra­ciado y de buen gusto, preocupado por la forma e imitador, por extraña paradoja, de Platón. En su redacción griega original exis­ten hoy completos muy pocos escritos suyos. Algunos han sido conservados en una ver­sión paleoeslava que Bonwetsch ha exhu­mado pacientemente en los años de su pro­fesorado en Dorpat. El Simposio o de la virginidad, concebido y dictado, como se adivina, sobre el modelo del Banquete (v.) de Platón, es, entre sus obras conservadas en griego, la más significativa.

El autor imagina en ella que la virgen Gregorium (se comprenderá que el apelativo de «vi­gilante» está bien aplicado a una virgen concebida según el modelo de las vírgenes prudentes de la parábola evangélica) cuenta al autor Euforio (el propio Metodio) de un banquete que se ha celebrado en los jardi­nes de Areté (la Virtud), en el cual diez vírgenes en larga conversación glorifican la castidad virginal. Tecla, a quien Areté con­fiere la palma del triunfo, entona un finí­simo himno a Cristo, figurado como el es­poso, y a la Iglesia su esposa. Esta obra, hoy publicada en edición crítica en la co­lección de los escritores griegos de los tres primeros siglos, de Berlín, es, sin duda, uno de los más insignes documentos literarios de la antigua literatura cristiana.

E. Buonaiuti