Sermones de Tauler

[Prediche]. Los sermones del místico Johannes Tauler (ha­cia 1300-1361) se dirigen sobre todo al círcu­lo de los «Amigos de Dios» («Gottesfreunde»), que él fundó con Heinrich von Nordlingen. De los 144 sermones que han llegado a nosotros con su nombre, sólo 81 son admi­tidos como genuinamente suyos, recogidos por F. Vetter, de los manuscritos de Engelberg, Heidelberg, Estrasburgo.

Prevalece en ellos, sobre la base de la interpretación ale­górica de los textos bíblicos reducidos a símbolos de situaciones espirituales, el afán de la unión con Dios, que ha de alcanzarse «recogiéndose en el fondo más profundo del alma, y allí hundiéndose en el espíritu de Dios, verdadero fondo de nosotros mismos»; «volviendo al más íntimo fondo… donde el Padre engendra a su hijo»; donde los que allí penetran, se encuentran en paz aun en medio de la guerra; unión con Dios, que nos acerca a Él más que la plegaria: «ver­dadera fiesta de la vida eterna». El camino más breve para lograr esta unión es «des­cender dentro de sí, hundirse en el. abismo divino y convertirse en una unidad única, en una nada dentro de otra nada; la nada de que habla San Dionisio (el falso Areopagita), cuando dice que Dios no es nada que se pueda llamar, entender o compren­der». Este proceso se realiza en el «gran silencio», vaciando el propio ser para que Dios lo llene por completo. «Calla, porque si tú quieres hablar, la palabra del nuevo nacimiento deberá callar. Vacíate si quieres estar lleno; sal de ti, si quieres entrar en ti mismo» (San Agustín). «Quien vuelva a menudo a este su más íntimo fondo y se sienta con él en perfecta unión, a éste le será concedida más de una vez la visión de este mismo fondo; y a través de ella la esencia de Dios le aparecerá más clara que la luz a sus ojos sensibles…». «Hay que perderse a sí mismo… renegando de sí mismo y de todo lo demás, lo exterior e in­terior». De cuando en cuando, la serenidad y la luz mística de la unión con Dios se rompe por «un tormento interno: las ti­nieblas íntimas. El que se abandone a ellas será devorado en carne y sangre…

Dios viene con terribles pruebas y con extraños y admirables modos que nadie conoce sino quien los experimenta: sólo Dios sabe a dónde va… Invierno, nevadas y tormen­tosas tinieblas y abandono… Pero cuando soplen los terribles vientos de la tempestad y el abandono interno y hayan pasado las externas contrariedades del mundo, de la carne y del enemigo, hallarás la verdadera paz que nadie puede turbar: la paz donde no existe paz; en la alegría, el dolor; en la muerte, la vida y la victoria». Pues «no desciende la angustia sobre el hombre, sin que Dios se proponga ayudarlo para un nuevo renacimiento… El más pequeño dolor que te hiera, Dios lo habrá previsto, y su amor conoce el fin de ese dolor. Pero si alguna criatura intenta quitarte tu afán, cualquiera que sea el nombre de esta cria­tura, no hará sino arruinar en ti el naci­miento de Dios. Al hombre interior que quiere abandonarse por completo a Dios para que le dé su alegría y su paz, nada le está reservado sino Dios mismo», el cul­minar su elevación, cuando se reconstituya su estado de preexistencia a la creación, en el que era idéntico con Dios. Vibrantes de pasión humana resuenan, irrumpiendo a través de la trama de los silencios místicos, notas escapadas de los últimos rincones en los que el hombre se creía identificado con Dios, mientras el alma callaba. «Vosotros, caros hijos, no sabéis lo que es el amor. Creéis que es amor cuando experimentáis grandes sensaciones, placeres y alegría; el amor es bien distinto; cuando en medio de las penas y en el más completo abandono sintáis algo que arde en vosotros…, cuando en medio de las penas sintáis el deseo de fundiros en otro ser, y ardiendo por las privaciones, un deseo de consumiros, y todo esto en un abandono inalterado: esto es el amor y no lo otro que vosotros creíais». «Lo que debe llevarte al interior de tu propio fondo es el amor herido…

Después de que, descendiendo al profundo y desconocido abismo, llegues al amor prisionero… Des­pués viene el amor tormentoso, y por úl­timo el amor loco… El fuego del amor, cuando se adueña del hombre, produce un tumulto en todas sus fuerzas; él se lamen­ta suspirando por el amor, sin saber que ya lo posee. El amor te devora la médula y la sangre; tú no debes huirle, sino seguirle en todas sus tempestuosas explosio­nes… Nada puede entonces el hombre. Pero entonces llega el Señor, dice una palabra más noble y más útil que cien mil palabras de todos los hombres… ‘Tú debes ser trans­formado en mí’. Hijitos, a esto no se llega más que a través de este camino del amor». En esta unión con Dios, en este «perderse en nosotros mismos para encontrarnos en Él», al menos después de la muerte, nota fundamental de la mística, y no sólo de la de Tauler, se efectúa la vuelta a Dios, y se cierra el ciclo; el cual se distingue del de Plotino porque el «descendimiento» de Dios no se verifica por emanación, sino por crea­ción, pero que casi nada tiene de específi­camente cristiano, como bien poco de es­pecíficamente eclesiástico (él puso a los «Gottesfreunde» fuera de la autoridad’ de la Iglesia) tiene la predicción de Tauler. En ella resuenan influencias de Eckhart, del que Tauler fue discípulo, afinidades con el espíritu de Suso (Seuse), amigo suyo; de­pendientes todos de la inspiración común de los escritos del pseudo-Dionisio Areopagita. De la predicación de Tauler escribió Heinrich von Nórdlingen: «Él vive en la verdad que enseña, tan intensamente como ningún maestro ha vivido».

G. Pioli