Serie de veintisiete composiciones musicales para voces solas con texto sagrado latino, un tiempo atribuidas a Giovanni Pierluigi da Palestrina (15259-1594), y ahora por la mayoría a Marcantonio Ingegneri, que nació entre 1545 y 1550, y murió en 1592.
Hasta fines del siglo pasado, los Responsorios fueron divulgados, especialmente en Francia, con el nombre de Palestrina; pero esta atribución estaba basada en copias tardías por más que llevaban la fecha de composición de 1555. Después, en 1897, fue hallado un ejemplar impreso en Venecia en 1588 y que contenía los mismos Responsorios — con leves variantes — bajo el nombre de Ingegneri, junto con otras obras suyas. Su título latino es el siguiente: Responsoria Hebdomadae Sanctae Benedictus et Improperia quatuor vocibus et Miserere sex vocibus Marci Antonii Ingegnerii nunc primum in lucem edita.
Pero su atribución no fue aceptada por todos, y la cuestión quedó mucho tiempo en suspenso. Hoy, la paternidad de Ingegneri es admitida por la mayoría; con todo, y no sin razón, el musicólogo Tierzot negó que Ingegneri, cuyas obras ya conocidas pertenecen a aquella tendencia que Monteverdi, su discípulo, definía como «nueva música», esto es, profana y patética, sea el autor de obras como los Responsorios, que son manifestaciones de las más puras de la tendencia anterior y antitética. Tal vez sólo cuando sean divulgadas otras composiciones sacras de Ingegneri se podrá tener una base más segura de juicio. El texto de los Responsorios está sacado del relato evangélico de la Pasión de Cristo, según el Breviario romano, y, como dice su título, toda la serie está destinada a los oficios litúrgicos de la Semana Santa.
Cada responsorio consta de dos partes, la primera de las cuales es a cuatro voces, la segunda a tres (una sola vez a dos); después de la segunda suele repetirse el último pasaje de la primera (este esquema es típico del responsorio del siglo XVI). El estilo es de la más pura polifonía vocal sacra, aunque a menudo fundido con la forma homófona, esto es, de acordes y pausas simultáneas en todas las voces. Su armonía es, en conjunto, sencilla y está basada en la consonancia. La belleza de la obra consiste más bien, en buena parte, en la sencillez casi elemental de los acordes consonantes y en la diáfana pureza de las combinaciones de voces agudas: la evocación del largo martirio de Jesús queda, por ello, como envuelta en una atmósfera misteriosa y solemne, desde la oración en el monte de los Olivos hasta la crucifixión («Tenebrae factae sunt») y a los apéndices meditativos «O vos omnes» y «Ecce quomodo moritur».
Todo esto, a decir verdad, tiene más de Palestrina que de Ingegneri. Los cromatismos que aparecen con aspectos insólitos en Palestrina, en general no turban la armonía artística de esta obra, pero le añaden un matiz singular que sólo en la última parte quizá genera alguna singularidad o estridencia. En esto el problema estilístico sigue ciertamente en pie todavía. Pero, en conjunto, los Responsorios, sea quien sea su autor, forman una obra unitaria, altamente expresiva y singular. En ciertos momentos pueden producir una impresión uniforme y estática, pero interesa tener en cuenta que son ejecutados por grupos, no en serie ininterrumpida. Pasajes particularmente bellos son, además de los ya citados, los primeros versículos a tres voces («Vigilate et orate», «Ecce appropinquat hora», «Vere languores nostros», etc.), y el «Caligaverunt oculi mei», como también el «Plange quas virgo», el más atrevidamente cromático.
F. Fano

