Ramayana

[Las gestas de Rama]. El Ramayana es el segundo poema épico de la India, en muchos aspectos diferente del primero, el Mahábhárata (v.), del cual son propios el carácter enciclopédico, la inmen­sa extensión y el encerrar en sí casi todo el «corpus» de las leyendas sagradas y pro­fanas de la India antigua, además del saber teológico y filosófico del mundo brahmánico.

El Ramayana  , en cambio, tiene un ca­rácter unitario y, en la forma bajo la cual ha llegado hasta nosotros, se presenta co­mo un poema de cerca de 24.000 estrofas, dividido en siete partes, de las cuales la primera y la última fueron añadidas más tarde. Otras adicciones ha descubierto la crí­tica europea, pero la unidad del poema resulta de la uniformidad de su estilo épico, de su metro constante, de su lengua, hasta el punto de dar valor a la tradición indígena que hace autor del Ramayana a un solo poeta, Válmiki.

Éste lo compuso con fines artísticos, dando el primer e in- superado ejemplo del género literario «kávya», por el cual fue llamado «ádikavi», primer poeta. Nada sabemos de él, pero ha quedado como modelo admirado e insuperado de esta especie de poesía en que la forma es lo esencial, mientras la substancia es, por decirlo así, lo accesorio; más que las cosas dichas importa el cómo son di­chas: el «Kavi» debe, sobre todo, su fama al hábil uso que sabe hacer del «alamkára» (ornamentos retóricos), como símiles, me­táforas, juegos de palabras, descripciones, aliteraciones, hipérboles, metonimias, etc. De esta y otras particularidades de la poe­sía clásica artística hallamos ya en el Ramayana los gérmenes y numerosos ejemplos: es justo, pues, llamarlo el «ádikávya», el primer poema (artístico). Pero como el Mahábhárata, también el Ramayana es poema popular, en cuanto uno y otro pertenecen a todo el pueblo hindú y han tenido in­fluencia sobre el pensamiento y el arte del pueblo en medida superior a otra poesía cualquiera.

En los versos de introducción al poema narra cómo el propio dios Brahmá exhortó a Válmiki a cantar la gesta de Rá­ma, prometiéndole que «mientras se alcen los montes y los ríos corran, vivirá, por ti compuesta, del gran Ráma la historia»; la profecía se ha cumplido: hoy, después de dos mil años, el Ramayana es celebrado por todo el pueblo hindú, es leído pública­mente con ocasión de las fiestas religiosas más solemnes, y de ella se representan epi­sodios y escenas: Ráma (v.) ha quedado como ideal del guerrero; Sita (v.), de la esposa fiel y virtuosa; de sus aventuras han tomado los más grandes poetas hindúes y especialmente los escritores dramáticos, sus más altas creaciones. Como dice el tí­tulo del poema, «las gestas de Ráma» son su argumento. Rama es el hijo del rey Dasaratha, de Ayodhya, la moderna Oude, al noroeste de la India; famoso por su valor y todas sus virtudes desde sus años juve­niles, casado con Sita, hija del rey Janaka de Mithilá, y destinado a suceder a su pa­dre, a causa de una intriga en la corte es desterrado por catorce años a las selvas, donde tiene por compañeros a su esposa Sita y a su hermano Laksmana.

Durante el destierro, Sita es raptada por Rávana, rey de los ráksasa (demonios) y transpor­tada a la isla de Lanká, donde permanece prisionera. Rama, después de haberse alia­do con el ejército de los «vanara» (monos), uno de los cuales, Hanumat, hijo del viento, consigue acercarse a Sita, prisionera en el palacio de Rávana, declara la guerra a éste, lo derrota y lo mata. Luego Ráma regresa y asciende al trono de Ayodhyá junto con su amada Sita, la cual, sometiéndose a la prueba del fuego, ha dado solemne testimo­nio de haber conservado su pureza. De las diversas interpretaciones de la leyenda de Ráma que se han propuesto, la más lógica parece ser aquella que la concibe como la realización épica de un mito atmosférico- agrícola, descubriendo en Ráma al dios Indra-Parjanya (el Júpiter de la lluvia hindú) y en Sita — conforme al significa­do de la palabra en su común acepción — el surco al que la lluvia hace fecundo. En cuanto a la cronología, el Ramayana definitivo, el cual se remonta verosímil­mente al siglo II d. de C., es anterior a la versión definitiva del Mahábhárata, en que hayamos insertado un resumen de aquél; es, sin embargo, probable que el nú­cleo más antiguo del Mahabhárata sea an­terior al núcleo del Ramayana.

Italia ha dado la primera y, durante algún tiempo, la única traducción completa del Ramayana y además la «editio princeps», obra insigne del abate Gaspare Gorresio (París, vol. I-X, 1843-58, y XI, 1867). Hay también una ver­sión francesa de M. Fauche (París, 1854-1858) y una en verso, y en inglés, de Ralph Griffith (Benarés y Londres, 1870-74). [La primera traducción al castellano, vertida del francés, es la de Juan Guixé (París, s. a.)].

P. E. Pavolini