[A Priest to the Temple, or The Countrey Parson, his Character, and Rule of holy Life]. Pequeño tratado religioso-moral del escritor inglés George Herbert (1593-1633), publicado póstumo en 1652 en el volumen Herbert’s Remains.
Escrito entre 1630 y 1632, fecha del prefacio del autor, en ocasión de su nombramiento como párroco de Bemerton, pueblecito a unos tres kilómetros de Salisbury, este pequeño tratado fija las reglas de vida para un párroco anglicano ejemplar, definido por el autor, con palabras de San Pablo, como el delegado de Cristo para llevar al hombre a la obediencia de Dios, de la que se apartó con el pecado original.
Herbert comprende la alta misión del sacerdocio y quiere que aquel que lo abrace mantenga durante toda su vida la dignidad que le corresponde, aunque se limite a ser capellán privado de un noble. Según él la vida del párroco debe tener como características la santidad, la justicia, la prudencia, la templanza, el valor y la gravedad.
Su cultura ha de ser extensa, porque tiene el deber de ser el maestro, además de pastor y padre, de su grey. Debe también ser versado en derecho, para poder resolver pacíficamente las desavenencias entre sus feligreses, y en medicina, para poderlos socorrer en caso de urgencia.
La plegaria y la predicación serán su ejercicio más constante, y el púlpito «su alegría y su trono»; no debe olvidar la enseñanza catequística, administración de los sacramentos y la conversión de los incrédulos y de los de distinta confesión.
Puesto que la virginidad es preferible al matrimonio, Herbert reconoce que sería mucho mejor que un párroco anglicano fuese célibe, pero por razones de orden práctico, puesto que debe tratar con mujeres y muchas de ellas jóvenes, aconseja que esté casado; pero que escoja a la esposa «mejor con el oído que con la vista», «con el entendimiento mejor que con la pasión»; sus preferencias deben inclinarse hacia un carácter humilde y generoso, y no hacia la belleza, las riquezas o los honores.
Si el párroco es célibe, deberá tener servidores masculinos y procurar no hablar nunca solo con mujeres. Cuidará además de que su casa sea un modelo de orden, de simplicidad, de corrección y de hospitalidad; que la caridad sea la virtud predominante en el párroco rural; visitará a sus feligreses especialmente si están enfermos o afligidos, y los recibirá en su casa hospitalariamente por turno.
Procure también mantener las buenas costumbres del pueblo, y corregir las susceptibles de enmienda; evite y haga evitar la ociosidad, como madre que es de todos los vicios. Estas y otras parecidas son las reglas que Herbert pone como norma de la vida del párroco rural, y termina su librito tocando un tema predilecto de la casuística moral, la maledicencia.
La prosa del libro, sin dejar de ser un modelo de sencillez, recuerda a veces ciertas frases típicas y ciertos virtuosismos de las poesías del mismo autor. Es un libro dictado por el corazón, un espejo fiel de la tranquilidad campestre y de la sencillez de la vida que Herbert llevó en Bemerton después de su experiencia de la Corte. Constituye además uno de los primeros ejemplos de descripción de caracteres en la literatura inglesa.
B. Cellini

