[De nova Hierosolyma et ejus doctrina caelesti, ex auditis e coelo]. Este libro del filósofo sueco Emmanuel Swedenborg (1688-1772), apareció en Londres, en 1758, en latín.
Fue traducido y publicado en francés por Le Bois des Gnays a mediados del siglo pasado. Swedenborg completa en La nueva Jerusalén la doctrina ya expuesta en los Arcanos celestes (v.). Recuerda en primer lugar los puntos esenciales de aquella doctrina: la enseñanza de la Iglesia actual, que tiene su fundamento en la interpretación del sentido literal de la Escritura, es viciosa, debe desaparecer inmediatamente.
Con ella desaparecerá la Iglesia, que ha sido ya juzgada y condenada a muerte. La interpretación simbólica de la Biblia reúne las visiones de la mística, y es sobre esta base que él entiende el cielo, al que llama el «Nuevo Cielo» y la «Nueva Tierra». La nueva Jerusalén representa sobre todo el aspecto político y moral de la doctrina de Swedenborg.
Moral y política, por otra parte, parecen confundirse en una misma cosa para él. Las reglas éticas propuestas en La nueva Jerusalén son las siguientes: leer y meditar a menudo la palabra de Dios; someterse a la voluntad de la Divina Providencia; observar en todo la decencia; tener constantemente la conciencia limpia; cumplir perfectamente las obligaciones públicas y los deberes del cargo que se desempeñe y ser en todo útil a la sociedad.
En cuanto a la aplicación política de estas reglas, es tan pura y simple como las reglas mismas: el orden establecido por las leyes del universo físico apunta, sobre todo, a asegurar su propia conservación. Conviene lo mismo al mundo moral y al mundo político, que, por otra parte, constituyen, como se ha dicho, una misma cosa.
Para mantener las leyes en pleno vigor, se precisa de las autoridades. Para mantener a las autoridades en los límites del derecho y de la razón, son necesarias las leyes. Así, la realeza está constituida por el rey, rodeado de sus funcionarios; la realeza no reside en la persona. Es la ley la que atribuye al rey la realeza.
La ley debe ser hecha, no por el rey, sino por los sabios, hombres instruidos y piadosos; y el mismo rey deberá someterse a ella. La realeza consistirá en gobernar el reino de acuerdo con las leyes, que el mismo rey respetará en primer lugar. No puede menos que sorprender el escuchar estas palabras pronunciadas en tiempos de Luis XIV.
Pero debe notarse, tras leer las últimas páginas de La nueva Jerusalén, que Swedenborg se contenta con codificar la práctica sueca que él podía admirar a diario. Esta doctrina moral y política seguirá siendo la doctrina constante de Emmanuel Swedenborg.

