[Laudi]. En la edición impresa florentina de 1490 son un centenar, de las que pueden considerarse auténticas con certeza noventa y tres; pocas más parece que puedan sumarse a éstas, entre las muchas atribuidas al beato de Umbría (h. 1230-1306) que no figuran en aquella antigua edición, la cual nos ofrece, a falta de una moderna edición crítica, una recopilación casi completa y suficientemente segura de la poesía lírica de Jacopone.
Esta colección se distingue netamente de los laudarios contemporáneos, voces de una religiosidad colectiva, característicamente populares en el contenido y en la forma; porque Jacopone, lejos de ser, como pareció en un tiempo, el «juglar de Dios» que se hace intérprete de los sentimientos populares en sus laudas compuestas para el pueblo, es, a su modo, un poeta artístico dotado de una cultura literaria y, lo que más importa, un espíritu excepcional, que ha vivido una experiencia religiosa propia de la que ha hecho tema de su lírica. Como aquellos más humildes autores de laudas, Jacopone no perseguía tampoco el hecho estrictamente poético, sino que escribía las suyas, como dice su editor del siglo XV, «para utilidad y consuelo de aquellos que desean por vía de Cruz y de las virtudes seguir al Señor», ya sea haciéndose monitor y reprensor de sus semejantes, ya sea que intentase transportar en verso su propia experiencia de místico. Por esto las laudas tienden ora a un tono netamente didascálico («Or vedette» [«Ahora ved»], «Oh, guarda» [«Oh, mira»], «Pensa» [«Piensa»] es la constante advertencia que en ellas resuena), ora a la apasionada invectiva, ora en fin a la expresión superabundante y tumultuosa propia de una « desmesura» de afecto que ignora, y quire ignorar, la mesura de la poesía.
Pero si raras veces la pasión de Jacopone se purifica y se calma en un canto sereno, halla en su violencia una expresión inconfundible, y por así decirlo, relampagueante de poesía, que hace de estas laudas una obra única en la literatura italiana. Odio y amor,, odio de sí mismo y amor de Dios, son los términos opuestos en que el ardiente fraile ve cifrada su experiencia y su «filosofía»; aversión y amor, exclusivos y extremados, informan la mayor parte de sus laudas. Seguidor de San Francisco y militante entre los «espirituales», defensores de la más estricta observancia de la regla franciscana, Jacopone hace suya la voluntad de sufrimiento, única en la que el alma puede encontrar la «perfecta leticia»; pero, desconocedor de la superior serenidad del Maestro, exaspera aquella humildad en un afán nunca saciado de humillación, en el «odio» a sí mismo, que, mucho más que la «perfecta leticia», pasa a ser el tema de su meditación y ¿un de su vida.
Aquel odio le hace invocar, en un ardor de purificación, males sobre males («Oh signor per cortesia,/mandami la malsania!») y le inspira en medio del horror de la cárcel en que su gran adversario, el papa Bonifacio VIII, le ha encerrado, el grito de triunfo y de burla de sus propios dolores y su propia humillación : «O mira- bil odio mio d’onne pena hai signorio. / Nullo recepì ingiurio: vergongna t’è esaltazione…/Questa pena che m’è data trent’an- ni è che l’aggio amata:/Or è gionta la giornata d’esta consolazione… / Fama mia t’aracomando al somier che va ragliando…» [«O admirable odio mío, de toda pena tienes señorío./No recibí injuria ninguna: la vergüenza te es exaltación.. ./Esta pena que me es’ dada, hace treinta años que la amo:/ ahora ha llegado el día de esta consolación…/Fama mía, te encomiendo al asno que va rebuznando…»]. Y semejante odio, como se comprende, no se puede limitar a su persona, sino que afecta a toda la naturaleza humana, débil y pecaminosa, que las laudas no se cansan de descubrir en todas sus fealdades físicas y morales con sutileza psicológica, imágenes crudamente realistas y una ironía voluntariamente ruda y grosera. Obsesionado por el mal que siente en sí y en los demás, ¿cómo podría un espíritu semejante usar de moderación frente a sus adversarios, los franciscanos degenerados, los prelados políticos y mundanos, y Bonifacio VIII, el pontífice a quien no ha querido reconocer y que le ha excomulgado? La invectiva surge terrible de su pluma («Fansi chiamare Ecclesia le membra d’Anticristo» [«Hácense llamar Iglesia los miembros del Anticristo»]), y el sarcasmo resuena en su epístola de reto y amenaza al pontífice: «O papa Bonifazio molto hai iocato al mondo :/Penso che giocondo non te porrai partire» [«Oh papa Bonifacio, mucho has jugado en el mundo,/pero pienso que no podrás marcharte de él tan alegre»].
En tan gran encarnizamiento contra sí mismo, contra sus enemigos y contra el mundo, Jacopone es presa de vez en cuando de una angustia sin nombre : la ironía y el sarcasmo se convierten entonces en desolada constatación («O vita penosa continua bat- taglia./Con quanta travaglia la vita è menata… Non è nel mondo cosa che piaccia./ E questa traccia non è mai finita» [«Oh vida penosa, continua batalla./Con cuánto trabajo se lleva adelante la vida… No hay en el mundo nada que guste/y este camino no se acaba nunca» ] ), y la invectiva contra sus adversarios en el lamento de la Iglesia abandonada («Piange l’Ecclesia, piange e dolura / Sente fortura di pessimo stato…/ O’son li patri pieni di fede?…/0’son li profeti pieni di speranza?… O’son gli apostoli pieni di fervore?…» [Llora la Iglesia, llora y sufre / y siente el agobio de su pésimo estado…/¿Dónde están los padres llenos de fe?…/¿Dónde están los profetas llenos de esperanza?… / ¿Dónde están los apóstoles llenos de fervor?…»], y en la pavorosa representación del mal triunfante («Or se parrà chi averà fidanza/La tribulanza ch’è profetizzata/Da onne lato veggiola tuonare./La luna è scura, el sole ottenebrato/Le stelle del cielo veggio cadere…/ O sire Dio, chiporrà scampare?… / L’acque del diluvio son salute,/Coperti i monti, somersa onne cosa/Aiuta, Dio, aiuta lo notare!» [«Ahora aparecerá quien tenga confianza./La tribulación que está profetizada/la veo tronar por todos lados./La luna está oscura, el sol cubierto de tinieblas./Veo caer las estrellas del cielo…/Oh señor Dios, ¿quién podrá salvarse?…/Las aguas del diluvio son salvación./Cubiertos los montes, todo sumergido/i ayuda, oh Dios, ayuda a este escribano!»]; en semejantes momentos salía de su corazón la imagen del Juicio Universal, del alma que da al cuerpo el tremendo anuncio («O corpo enfracedato/io so l’anima dolente :/Lievate amantenente ché sei meco dannato/L’agnolo sta a trombare voce de gran paura» [«Oh cuerpo marchito, yo soy el alma doliente/levántate en seguida que estás condenado conmigo./El ángel va a trompetear voces de gran pavor»]), de la confusión frente al tribunal de Dios («Chi è questo gran sire rege de grande altura?/ Sotterra vorria gire, tal me mette in paura» [«Quién es este gran señor, rey de gran altura?/Bajo tierra quisiera estar, tal es mi pavor» ] ) ; «Ove porria fuggire da la sua faccia dura?/Terra, fa copretura! ch’io noi veggia adirato» [«¿Dónde podría huir de su dura faz?/Tierra, cúbreme para que no lo vea airado»].
Pero Jacopone es también el poeta del amor, del amor de Dios, en el que la persona humana halla a la vez la exaltación y el aniquilamiento («l’alta nichilitade» ) y que le infunde en el ánimo ora una embriaguez sin par, ora un medroso terror. Surge así el breve canto: «O iubilo del core che fa cantar d’amore» [«Oh júbilo del corazón que hace cantar de amor»] y la extensa lauda «Amor de caritate», que traduce el anhelo del alma por confundirse con la divinidad («Amor de caritate perché m’hai sin ferito ?/Lo cor tutt’ho partito ed arde per amore… Jesù speranza mia ab issarne en amore» [«Amor de caridad, ¿por qué me has herido así?/’El corazón tengo partido y arde por amor… Jesús, esperanza mía, abísmame en amor»]); nace de ello una de las obras más delicadas y poéticas de Jacopone, el llanto del alma que invoca en vano el amor de su Dios («Piangi dolente anima predata» [«Llora, doliente alma arrebatada»]), y la originalísima disputa; «De la diversità de contemplazione de Croce» [«De la diversidad de contemplación de la Cruz»]), en la cual dos frailes, ebrio el uno de santa alegría, y turbado y casi deshecho el otro por la contemplación de la Cruz, expresan el drama místico de Jacopone en sus alternativas de deseo y miedo, de la primera alegría y de la turbación final del abandono amoroso.
Pero en ninguna lauda quizás el encuentro del hombre con Dios, en sus opuestas notas de exaltación y turbación, se traduce en una forma tan sensible y potente como en los versos «De la Beata Vergine Maria» : «O Maria co facivi quando tu lo vidivi?/Or co non te morivi de l’amore afocata ?/Co non te consumavi quando tu lo guardavi? / Ché Dio ne contemplavi en quella carne velata…?»] [«Oh María, ¿qué hacías cuando lo veías? ¿Cómo no moriste sofocada de amor ?/¿ Cómo no te consumías cuando lo mirabas/al contemplar a Dios en aquella carne velada?…»]. Un acento muy distinto tendrá este mismo motivo cuando lo tome la balada de Giovanni Dominici (1356-1419) «Di Maria dolce con quanto de- sio/Miravi il tuo figliuol Cristo mio Dio» [«Di, dulce María, con cuánto amor/miré a tu hijo Cristo mi Dios»], que un tiempo se atribuyó a Jacopone, pero que en su sencilla humanidad está tan lejos de la mística embriaguez de éste. La palabra de Jacopone es siempre palabra declamada, marcada por el ardor de un alma que se dirige a un interlocutor, y espontáneamente tiende a la forma del diálogo, del drama, en el que el ánimo atormentado del fraile puede expresar mejor la plenitud de su afecto. Incluso la materia más abstracta, como el misterio de la Redención, asumía forma dramática en la mente de Jacopone. Puede decirse que esta forma, a la que no fue extraño el ejemplo de la poesía profana, era la forma natural de su espíritu.
No debe por lo tanto maravillarnos el encontrar entre tantos diálogos un auténtico drama, la lauda «Donna del Paradiso» conocida también con el nombre de El llanto de la Virgen (v.), que es la obra maestra de Jacopone, la obra en que su poesía relampagueante en otras laudas con sentencias, imágenes y motivos singulares, puede manifestarse en una forma más cumplida. Porque en el drama de la Pasión, que traduce con escorzos audacísimos y admirable densidad de acentos, encuentra todos los motivos de su meditación y de su poesía: la congoja por el mal del mundo y la voluntad exasperada de sufrimiento, que le inspiran la representación del pueblo bestializado y la lenta y cruel descripción de la crucifixión, el amor infinito de María, que del dolor saca nuevas llamas, y la alteza de Cristo, que aun en su Pasión está por encima del hombre y aun del mismo dolor de su Madre.
M. Fubini
La poesía de Jacopone es realidad todavía natural, aún no espiritualizada, del arte; es materia en bruto, toda discorde, que da algunos rasgos bellísimos, pero nada acabado y armónico. (De Sanctis)
Tanta alegría como hay en el Cántico, hay atormentado pavor en las Laudas. El temblor cálido de la adoración franciscana se convierte en espasmo en Jacopone da Todi. (M. Bontempelli)

