La Mesíada, Friedrich Gottlieb Klopstock

[Messias]. Poema alemán en hexámetros de Friedrich Gottlieb Klopstock (1724-1803). Consta de veinte cantos, cuyos primeros tres fueron publicados en 1748. en las «Contribuciones de Brema» por insistencia de Bodmer, que comprendió su importancia y que descubrió en ellos tam­bién la realización de sus ideales estéticos. Cantos sucesivos siguieron en 1751, y en 1755, en Copenhague. El poema se puede decir terminado en 1777, pero la edición definitiva lleva la fecha de 1781. Ya des­de 1739 estaba en la mente y en el corazón del joven Klopstock, y la lectura del Pa­raíso perdido (v.) de Milton solamente sir­vió como impulso a su estructuración en verso.

Un resumen y un comentario del poema lo encontramos en el X libro de Poesía y verdad (v.). Según Goethe, Klop­stock, educado con seriedad y profundidad desde la infancia, consideraba como algo sumamente importante su propio ser y todo lo que hacía, y por lo tanto dirigió su atención al mayor motivo que es posible tratar. El Mesías, un nombre de infinitos atributos, debía ser glorificado nuevamen­te por él» introduciendo en su poema todo lo que de divino, de angélico y de humano había en su joven alma. Alimentándose de la Biblia (v.), vive con los patriarcas, pro­fetas y precursores como si fuesen perso­nas de su tiempo, y los llama para formar una aureola alrededor del único, cuya humillación ellos contemplan con estupor y a cuya exaltación participarán gloriosa­mente. El poema empieza la noche después de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén; en el Huerto de Getsemaní, Cristo se prepara, orando, a cumplir el sacrificio para la redención de la humanidad. Án­geles y demonios en el cielo y en la tierra preparan el drama de la Pasión y Muerte del Mesías. Mientras Satanás pronuncia su condena, el ángel rebelde Abbadón no con­siente en ella y será un testigo contrito de toda la Pasión.

Los hombres, actores del drama del Calvario, se mueven sostenidos por el propio ángel o por el propio demo­nio, mientras el Mesías sufre el tormento del alma. Tiene lugar la última Cena y los sacerdotes deciden dar muerte a Jesús. El canto V, que describe a Jehová que juzga a la humanidad y al Redentor que se dobla bajo la inmensa carga de los pecados del mundo, es uno de los ‘más bellos. Callan los demonios y cantan himnos de gloria los ángeles. Siguen los cantos de la Pa­sión hasta el X de la Crucifixión, muy con­movedor, donde Klopstock hace mover al­rededor de la cruz todas las almas, desde las todavía no juzgadas que aguardan con horror su próximo juicio, a las que conti­núan esperando la propia encarnación. Los últimos diez cantos tratan del Redentor triunfante, hasta su aparición en el Monte Tabor, juez de cada uno de los hombres. Sigue la bajada de Jesús al infierno, donde cumple la eterna condena, para elevarse más tarde al cielo, llevando a los elegidos hacia las beatitudes paradisíacas. Cristo muestra a Adán algunas escenas del Juicio Universal, aparece ante los discípulos y en el último canto sube al Cielo y se sienta a la diestra del Padre.

Son bellísimas en el poema las figuras de Eva y María, sím­bolos del sentimiento maternal, aunque no tengan, en la estructura exquisitamente lí­rica del poema, un relieve ni una precisa fisonomía que quizá las humanizaría de­masiado. La aparición del poema en el mundo literario y religioso de su tiempo fue un verdadero acontecimiento, tanto porque representó la liberación de la tor­mentosa inquietud del fanatismo pietista, por una fe sana, lejos de dudas y nieblas filosóficas, como porque estilísticamente el autor hizo del hexámetro un metro pura­mente alemán dando nuevo vigor a la len­gua poética. Hacia el fin de su vida sintió KIopstock que le empezaba a fallar la unión espiritual con la nueva generación; ya los románticos, los Schlegel, Tieck y todos los renovadores y partidarios de Schleiermacher y de Novalis perdieron el contacto con este poema; sin embargo sigue repre­sentando una curva decisiva en la literatura alemana y fueron suficientes pocos dece­nios para que fuese revalorizado tanto en su importancia histórica como en su valor político. [Trad. en verso de Patricio de la Escosura (París, 1842) y en prosa de Ceci­lio Navarro (Barcelona, 1873)].

G. F. Ajroldi

Cristo muere; la tierra tiembla, las ro­cas se agrietan, las tumbas se abren, el sol se oscurece; todo es grande y sublime. ¿Por qué? El efecto es el que ha de ser, los pobres seres humanos, limitados en sus débiles sentidos, están asustados; estreme­cimientos, asombro. Pero que un ángel espere desde hace tiempo para salir, y aguarde el momento en que una estrella se coloque delante del sol, y he aquí que toda esta acción tan grandiosa, pierde su im­portancia. (Herder)